Reflexiones sobre la Religiosidad Popular

por un grupo de tercerones





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Introducción

1. Punto de partida: el pueblo fiel.

El punto de partida de nuestra reflexión nos fue sugerido por el discurso del P. Provincial en la última Congregación Provincial, al referirse al pueblo fiel. Las frases que nos llamaron la atención fueron las siguientes:

Debemos reconocer “el sentido de reserva religiosa que tiene el pueblo fiel”.

Y al decir fiel, quiero referirme sencillamente al pueblo fiel, a aquel con quien tenemos contacto en nuestra misión sacerdotal y en nuestro compromiso religioso. Evidentemente que el pueblo es ya entre nosotros un término equívoco, debido a los supuestos ideológicos con que se siente o se pronuncia esa realidad del pueblo. Ahora sencillamente me refiero al pueblo fiel. Cuando estudiaba teología, cuando como ustedes, revisaba el Denzinger y los tratados para probar las tesis, me admiró mucho una formulación de la tradición cristiana: el pueblo fiel es infalible incredendo. De ahí en más saqué mi propia fórmula, que no será muy precisa, pero que me ayuda mucho: cuando quieras saberlo lo que cree la Iglesia Madre, anda al Magisterio (porque él es el encargado de enseñarlo infaliblemente); pero cuando quieras saber cómo cree la Iglesia anda al pueblo fiel.

“Nuestro pueblo tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, podernos hablar de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una con-ciencia…”

“Este pueblo cree en la Resurrección y en la Vida: bautiza a sus hijos y reza por los muertos…

Precisamente nuestra reflexión partió de la descripción de los valores religiosos que vamos descubriendo en el contacto pastoral con este pueblo fiel.

2. Cómo cree el pueblo fiel: sus expresiones, gestas, ritos.

Tratamos de descubrir la síntesis de vida cristiana que se trasmite en nuestro pueblo de padres a hijos.

Intentamos interpretar lo que piden y lo que son las personas que se acercan a nosotros, para servir mejor a ese pueblo fiel, y así elaborar una teología que sirva tanto, para nuestra vida religiosa como para ayudar al crecimiento de la misma en la gente.

A partir de aquí, nos recuperamos a nosotros mismos, pues sentimos esa doctrina como propia, y descubrimos la unidad piadosa de nuestro pueblo, más allá de los “sectores" sociales: al rascar la “pintura”, aparece el “rancho".

En el alma de nuestro pueblo, organismo vivo y no meramente funcional, nos encontramos todos, cualquiera sea nuestro “sector" social, nuestra educación, nuestra profesión, etc. La pastoral va bien encaminada cuando se integra en el pueblo organizado: la distinción entre interior y Gran Buenos Aires, entre “sectores" sociales, etc., resultan problemáticas secundarías respecto de esta unidad religiosa de nuestro pueblo.

Nuestro grupo, a pesar de la diversidad de origen, de formación, de edades, de acción pastoral, etc., se integró en una problemática común que nos ayudó a encontrarnos como personas y como grupo: la visita que hicimos, el 7 de marzo, a San Cayetano (Liniers) nos permitió apreciar “in situ" una expresión de fe popular, al participar de ella; experiencia que, a su vez, nos confirmó en nuestra unión.

3. Nuestro grupo de reflexión.

El Provincial, al iniciar nuestra Tercera Probación, nos habló de fundar (o re- fundar) la Compañía de Jesús en nosotros.

A partir de la experiencia de “compañeros de Jesús", vivida especialmente en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, sentimos que dicha fundación (o refundación) no puede darse fuera de la vida de nuestro pueblo, pues para cohesionamos como grupo, frente interno, tenemos que proyectamos en una misión, frente externo; y desde la nación, abrimos al continente y a la universalidad, descubriéndola en lo hondo de nuestra culturar popular.

La Compañía, como la Iglesia, es un organismo universal y no “internacionalista": respeta las individualidades cultural y hace en ellas su obra (Misiona guaraníticas, etc.).

4. Índole dé este trabajo

Las expresiones de nuestro trabajo son casi todas positivas, salvo alguna que otra negativa. Y esto es así porque creemos que nuestra gente ni es "ignorante'' (contra la concepción liberal) ni "alienada” (contra la concepción marxista).

Hemos insistido por esta razón en la descripción; y los elementos de reflexión teológica y de aplicación pastoral, aunque están indicados o insinuados, no han sido desarrollados ni explicitados por falta de tiempo, y porque las cuestiones que tratamos exceden a las personas concretas que forman este grupo de reflexión.

De aquí que no se puedan inducir generalizaciones indebidas, y que este documento deba ser completado con otras experiencias del mismo pueblo fiel.

En cuanto a los temas tratados, hemos considerado el bautismo, los difuntos, la eucaristía, los ritos penitenciales, el matrimonio y la familia, y el ministerio sacerdotal; pero sólo hemos redactado los tres primeros, o sea, las expresiones, gestos y ritos del nacimiento, de la muerte, y del crecimiento y cohesión de la Iglesia de vivos y muertos (eucaristía).

La cultura es un modo de vivir y de morir de un pueblo: nosotros la abordamos desde el punto de vista religioso y eclesial.

Todo este trabajo podrá parecer poco "científico" porque no maneja “datos" precisos, no hace “hipótesis”, ni establece “leyes”; pero, como dijo un escritor argentino, "la sociología en la Argentina se hace a ponchazos, porque trata de describir una opinión”.

Intentamos humildemente describir el “alma de nuestro pueblo” y su religiosidad, en base a las siguientes categorías: pueblo fiel (infalibilidad increcendo), doctrina (por oposición a teoría o ideología), y cultura nacional.

BAUTISMO

1. Expresiones y gestos del pueblo fiel.

En las diversas expresiones que utiliza la gente al llevar a los chicos a bautizar, advertimos la convicción de que no se lo integra realmente en b familia hasta que no está bautizado: para que deje de ser un animalito para que sea un hijito de Dios para que sea bueno para curar sus "espantos" para que sea sanito venimos a cristianarlo cómo no lo voy a bautizar, parece un cristiano (cuando se habla de un animal muy bueno) ya se está haciendo grande y no lo bautizamos venimos a olearlo (cuándo ya tiene el "agua del socorro")

Otras expresiones indican las nuevas relaciones familiares que se establecen, y que se aprecian: con padre... con madre cuántos ahijados tenés vos? Yo tengo como diez.

Otras expresiones, en fin, manifiestan que la “salud" del bautismo alcanza, a través de las bendiciones, a otras cosas: me bautiza el “Ceferino” ésta ya está "bautizada" me bautiza la vela?... la casa?

2. Ritos sacramentales

Consideraremos el agua, la luz, el óleo y la vestidura blanca; y junto con ésta, la fiesta, que tanta importancia tiene en esta circunstancia.

a. El agua.

El bautismo tiene un carácter de salud o de salvación que comienza con el "agua del socorro" y que se completa con el agua y el óleo del bautismo. Por eso, como dijimos, el bautismo hay que hacerlo cuanto antes.

Esta significación se retoma en la bendición de las imágenes, de las casas, etc.

b. La luz

Se la puede relacionar con la “tradición de nuestros padres”.

En algunos lugares, se regala a los papás la vela que se encendió en el bautismo. Esta luz se vuelve a encender en otras circunstancias: ritos de difuntos, primera comunión, tormentas, enfermedades... Por esto, conviene regalar estos cirios.

En el antiguo ritual, el padrino tenía que sostener el cirio. El padrinazgo es una institución de nuestro pueblo: establece nuevos lazos de parentesco. Suelen ser matrimonios amigos, gente de plena confianza (el catequista, la Hermanita, el cura…). Ser padrino es un honor. Los padrinos deben venir a veces de lejos y se los espera (condicionan la ceremonia). No convence mucho que tengan reemplazantes, y esto significa la fuerte relación que se establece. Los padrinos significan además la integración, no sólo a la familia, sino también al pueblo argentino que se opera en el bautismo. En algunas partes se manda a los chicos a pedir la bendición a los padrinos, los días de pascua o de navidad.

Normalmente, los padres van a la ceremonia. A veces falta el padre, porque está preparando la fiesta; pero los padrinos son insustituibles. A veces la mardrina tiene el chico en brazos.

c. El óleo.

La función de “olear" es típica del sacerdote. Esto indica que hay una función en el bautismo atribuida exclusivamente a él.

El primer óleo tiene el significado de ir contra todo mal (y forma parte de los exorcismos: “para quitarle los males”). El segundo óleo significa la incorporación al pueblo de Dios, con la dignidad de los hijos.

En algunas predicaciones se ha utilizado con éxito la cruz en la frente, como similar a la marca que se hace en los animales: significa la pertenencia al pueblo de Dios, y en algunas partes la hacen todos los circunstantes.

d. La vestidura blanca y la fiesta.

En algunos sitios, el chico ya va vestido de blanco.

Es signo de fiesta, y por esto, por más pobre que sea la familia, en el bautismo siempre hay un festejo posterior. Esto está ligado al pago del bautismo, y al padrino que se ve en la obligación de “ponerse".

Hay siempre regalos al chico o a los padres, y en algunas partes la medalla, que se regala, contribuye a mantener la memoria del rito. Se sacan fotos, que también contribuyen a esta memoria.

La fiesta del bautismo manifiesta la organización de la familia: la gente (parientes, etc.) viene de lejos, y siempre hay una reunión social.

Por necesidad, los bautismos se hacen, en muchas partes, en la fiesta patronal (presencia del sacerdote). En otras partes, existe una relación entre bautismo y el cumplimiento de las "promesas" en los santuarios, la mayor parte de ellos marianos (Pompeya, Lujan, Lourdes... Itatí, Catedral de Salta, etc.). La gente que no tiene relación con una parroquia, lleva a sus hijos a bautizar a estos santuarios, la mayor parte, como dijimos, marianos.

El bautismo tiene una gran primacía, posiblemente porque lo que une más a la familia es, además de la muerte, el nacimiento.

Sus efectos se continúan en otros sacramentales (bendiciones, agua bendita, velas), y en otros gestos (encender la vela en tormentas, enfermedades, etc.).

DIFUNTOS

La muerte es el hecho que más se recuerda, y que más une.

A su alrededor se encuentran expresiones y ritos: las expresiones son de aceptación, y los ritos son de despedida, de recuerdo, de oración, y también de vida.

Vamos a considerar pues estos tres aspectos: las expresiones de aceptación, la misma muerte, y finalmente la vida que se manifiesta en los ritos.

1. Aceptación de la muerte, en diversas expresiones populares:

Si Dios lo ha querido...

Él sabe lo que hace

Dios se lo llevó (sobre todo si es un “angelito") le llegó la hora

La familia tuvo un “atraso" pasó de largo (si muere de golpe). Se cortó (si muere después de una enfermedad)

Es el destino...

2. Ritos de difuntos.

La gente despide a sus muertos y los recuerda con diversos ritos, que son: velatorio, entierro, novenario y aniversarios.

a. El velatorio.

Al cura se lo llama al velatorio, y raramente cuando está enferma la persona (falta una pastoral de enfermos, que no asuste a la gente: saber dónde hay enfermos, visitarlos como amigos, orar con ellos y por ellos). El velatorio es un momento privilegiado para hablar, aceptando los sentimientos de la gente, y llegando así al corazón predispuesto de todos los presentes.

Los velatorios son distintos en los diferentes lugares.

En el norte está generalizado el ministerio de los “rezadores” y de las “lloronas", que no son entendidas por la gente de la ciudad: una vez, gente de Buenos Aíres, al ver una “llorona” tan ansiosa, le dio un calmante (no entendieron el rito).

En Santiago, el “rezador” tiene un ritual según las horas para el velatorio, que sólo él conoce.

Forma parte del rito de despedida el luto riguroso que mucha gente mantiene.

En ambientes populares, se suele llevar a los chicos a que vean al difunto (actitud realista).

Los parientes se acercan a besar al difunto, y le colocan objetos en las manos (rosario, cruces).

En muchos sitios, se pone un tacho con agua debajo del cajón (y esto, incluso en los barrios de Buenos Aires). Uno de los sentidos que se da, es para que el difunto tome agua: “el alma tiene sed”.

El velatorio del “angelito” tiene ritos especiales (ornamentación con colores) y no se lo pasa por la Iglesia, y se tocan “campanas de gloria”,

En los velatorios, se destaca el crucifijo (véase lo que luego se dirá, al hablar del entierro). Y el muerto está “iluminado” (“alumbrado") con una vela.

Las mujeres están adentro, y los hombres afueran. Se gasta por los difuntos: café, anis, asado… para los que vienen de lejos. El gasto es signo de generosidad (y también, como luego veremos, de vida).

b) El entierro.

El cajón lo llevan los amigos (muestra de solidaridad). En cambio en el cementerio, lo llevan los familiares.

En algunos sitios del interior, el cortejo da tres vueltas a la casa. En algunos barrios del Gran Buenos Aires, se da una vuelta a la manzana. Es la despedida del barrio.

Siempre se tiende a pasar al difunto por la Iglesia: en un barrio del Gran Buenos Aires sucedió que se había construido una capilla, y ya tenía una puerta muy hermosa, cuando alguien advirtió que “por esta puerta no pasan los muertos”, y la puerta no fue aceptada.

En algunos barrios, el cortejo va con campanilla; y la gente, al verlo pasar, saluda, e incluso se santigua.

En el Norte, está generalizada la gran cruz en el cementerio, en el medio de é): antes de enterrar a uno, se lo hace dar una gran vuelta alrededor de la cruz. Y las cruces chicas participan, en cada tumba, de la gran cruz.

Las inscripciones en las tumbas, que suele elegir la misma gente, son significativas del sentir popular: “mamita: estarás en el corazón de tus hijos”. También se pone un retrato del difunto en la tumba (paralelo entre estampita y retrato), y se lo lleva en la cartera.

Cuando el entierro es en la tierra, los primeros que la tiran sobre el cajón son los parientes.

Se toma “gracia” de las tumbas.

c. Los novenarios.

En el Norte, y en barrios del Gran Buenos Aires, se hacen novenarios: durante ocho días se reza, a la hora de la oración, un rosario por día; y el último día (Jujuy) se dicen cinco (o un número impar de) rosarios, a lo largo de toda la noche y a sus horas. Y el sacerdote suele ir a decir la misa después del primer rosario (recuperación de la eucaristía en el cuito de difunteo). El último día del novenario es el más solemne, y suele haber más gente que en el mismo entierro.

d. Los aniversarios.

El aniversario de la muerte, se encarga una misa qué debe ser ese día. Viene gente de muy lejos (la que no ha podido estar el día del entierro), y suele a veces confesarse (“quiero confesarme, Padre, porque hace un año de la muerte de mi madre”).

En la misa, la gente llora cuando se nombra al difunto (hay que nombrarlo). Y también en frases del prefacio (“al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”), y en otras.

Durante el primer año, las misas se encargan para el primer mes o para meses determinados.

Todos los lunes es conmemoración de difuntos; pero hay conmemoraciones anuales, corno el 2 de noviembre y el Viernes Santo (esto hay que relacionarlo con la devoción al Cristo yacente, muy extendida en el Norte: la gente va a la Iglesia Vienes Santo, y no el Domingo de Pascua Estos días la gente va al cementerio, y pasa mucho tiempo en él: en algunos sitios existe la creencia de que, cuanto más tiempo se “alumbre” a los muertos, más se los ayuda.

Se toma, como dijimos más arriba, “gracia” de la tumba, se reza por los muertos, y también se habla con dios: existe la convicción de que viven, y de que son intercesores por nosotras.

3. Signos de vida (más de supervivencia que de resurrección)

La vida se manifiesta en los cirios, en las flores y en el agua.

El culto a las "ánimas” manifiesta la relación del pecado con la muerte: se reza "por” el muerto. La gente que sueña con tos muertos, y la creencia del “alma en pena”, manifiesta lo mismo.

Otra manifestación de vida es la reconciliación entre los parientes, y las promesas de mantenerse unidos, cuando hay un muerto en la familia.

La gente gasta todo lo necesario, como en el bautismo, en el matrimonio, y en las fiestas, (esto es aprovechado por las empresas fúnebres). El gasto no sólo es signo de generosidad, como se dijo antes, sino también de vida, y de aprecio por ella.

EUCARISTIA

En este sacramento vamos a distinguir la misa, la comunión (o comuniones) y la homilía.

1. La misa

Es la plenitud de la comunidad. Esta "comunidad” se forma, en diversos grupos naturales, en las siguientes circunstancias:

Por un difunto, y alrededor de él para cumplir una promesa, para hacer peticiones (salud familia, trabajo)

En acción de gracias, a veces, a través de los "mediadores” populares (los santos, la “Madre María”, la Difunta Correa”.

La misa expresa y permite que se exprese, la solidaridad de la gente, al rezar juntos por Ios difuntos, en el saludo de paz, en las colectas, en las peticiones. Es también el momento de la oración vocal y del canto. En algunos lugares da resultado que, a partir de la consagración (exclusiva del sacerdote), toda la gente recé en voz alta, y junto con el sacerdote: esto no ha sido sino aprovechar la tendencia que tiene la gente a repetir las oraciones.

La misa va unida a las fiestas patronales y a las novenas de los santos patrones (en el interior, sólo esto por falta de sacerdotes), y a los aniversarios y novenas de los difuntos.

En algunas partes existe la creencia de hay que "pagar la misa” para que valga: se habla del "dueño” de la misa, y es difícil rezar una misa por varios, difuntos (en cambio, en los barrios del Gran Buenos Aíres, es más común tener una misa por varías intenciones). El sacerdote tiene que aceptar la ofrenda, porque ésta constituye un rito penitencial ordinario, que se añade al valor peculiar de la misa.

2. La comunión

No es lo mismo la “primera comunión” que las demás comuniones.

a. Primera comunión.

Existe la conciencia de llevar a la "doctrina" y prepararlo para la “primera comunión” (“ya tenemos las estampitas, y ahora hay que prepararlo”).

Los chicos deben ir bien vestidos; y a las chicas, en algunas partes, se les pone plata en la bolsita del traje de comunión. Se sacan fotos, igual que en el bautismo, y se suelen imprimir estampas.

Todo este ritual está ligado a la idea de que el día de “primera comunión” es i un día grande, y queda de él un gran recuerdo; aún después de abandonadas las prácticas cristianas, se lo recuerda (por ejemplo, en el hospital: “Hermanita, yo he tomado la comunión”) como el tiempo de pureza, “cuando era buena”, y en algunas confesiones se suele decir: “desde la primera comunión...”.

En un barrio del Gran Buenos Aires, hace cerca de diez años, la pastoral de la comunión partió de una constatación negativa: la falta de continuidad de la vida cristiana de los grupos que se preparaban anualmente para la "primera comunión”.

El punto de partida de la nueva pastoral no fue entonces el chico a quien los padres, sobre todo la madre, traían a la "doctrina” para que se lo preparaba, si no él "grupo natural” de los mismos chicos (“las barritas”). Se asumió el grupo, cada grupo, fundamentalmente el ya existente, y desde su propia vida, y sin hacerle abandonar sus intereses e inquietudes (en primer lugar, y a esa edad, el juego; y luego los intereses que se iban suscitando a medida que los miembros del grupo crecían), se les fue dando una visión cristiana. Y como la inquietud profunda de estos grupos naturales es el ser "compañeros” (la amistad), la comunión (ya no únicamente la "primera”) surge como la expresión natural y necesaria que los une con Jesús, el nuevo "compañero”, y con la comunidad mayor del barrio.

La otra constatación que se hizo fue de que, hasta ese momento, la catequesis del barrio era llevada por personas extrañas a él, de muy buena voluntad, pero que no lo conocían desde dentro y en su propia vida. Se vio pues la necesidad de que, en el proceso de los grupos naturales; (anteriormente descrito), surgieran los dirigentes y catequistas del mismo barrio. Ahora bien, es parte natural del proceso que el chico, al ir creciendo, sienta la inquietud de llevar a otros su experiencia grupal (de amistad, y de "compañerismo” con Jesús, vivido en la comunión, y en la misa del barrio). Esta inquietud es asumida por el sacramento de la confirmación, que hace de ella una "misión”.

Véase en Anexo, la descripción más detallada de esta experiencia pastoral,

b. Las otras comuniones.

Indica siempre una mayor participación en la misa, una mayor comunión o comunidad. Sin embargo, esta participación depende de la atención sacerdotal: por falta de catequesis o de sacerdotes, después de haber sido catequizados, muchos se sienten indignos y no comulgan; y en otros casos, toda la gente comulga, pero no se confiesa previamente (fiestas patronales, o novenarios de difuntos). Existen también los que preguntan si pueden (después de la “primera”) comulgar de nuevo. En Buenos Aires, en cambio, hay mucha gente que comulga a diversas horas y durante la semana.

3. La homilía.

Puede ayudar a reunir intereses: Cristo es superior a las posturas particulares que dividen.

La palabra del cura promueve la solidaridad y el servicio a los demás (barrio o pueblo).

La iglesia, como edificio, supera también las divisiones, y se la busca como lugar de encuentro.

ANEXO

Una experiencia barrial de pastoral de Comunión y Confirmación.

En un barrio del Gran Buenos Aires, el de Trujui (San Miguel, Pcia. de Buenos Aires), se comenzó, hace ya nueve o diez años, una experiencia pastoral alrededor de la Comunión y de la Confirmación.

El Barrio Trujui forma, con otros barrios, la Parroquia del mismo nombre. La experiencia que vamos a relatar se ha realizado en el Barrio y no en la Parroquia, aunque otros barrios de la misma Parroquia también participan.

El punto de partida de la experiencia fue la constatación, en primer lugar, de la falta de continuidad que se notaba en la vida cristiana del chico -o chica-, una vez hecha su primera comunión; y, en segundo lugar, de que los catequistas siempre eran extraños al barrio.

La solución de la falta de continuidad es el punto de partida de la nueva pastoral, mientras que la consecución de catequistas del mismo barrio es una consecuencia: al cabo de nueve o diez años, los que cuando tenían nueve o diez años han sido catequizados como se dirá, pasan a ser los catequistas de los nuevos catequizando.

Sin embargo, así como en la solución de la falta de continuidad interviene una manera de concebir la Comunión, no como “primera” sino como común, unión con el Señor y entre los mismos comulgantes, así también en la consecución de los catequistas en el mismo barrio: interviene una manera de concebir la Confirmación, no como un sacramento más, sino como un envío o misión en bien de los otros, una de cuyas formas es la de catequizar.

Por esta razón vamos a exponer esta experiencia pastoral en dos grandes partes, la una centrada en la comunión, y la otra centrada en la Confirmación; y a ambas agregaremos una tercera parte, sobre los momentos fundamentales, añadidos a esos dos sacramentos, que caracterizan la misma experiencia en su totalidad.

1. Una nueva experiencia de Comunión

1.1.Esta experiencia parte del hecho indicado rápidamente en la introducción de este Anexo de que una catequesis centrada en la “primera comunión” hace que la familia se interese porque el chico o chica vayan a la “doctrina”, de que los envíen a ella, de que aquellos se interesen por hacerla…,pero, una vez hecha, se olvidan del germen de vida cristiano recibido; más aún, cuando más adelante un sacerdote quiere resucitar la experiencia de chico, el muchacho o el hombre llegan a rechazarla como experiencia de vida, y a lo más la aceptan como experiencia de un momento, o como acto aislado (muerte de la madre,: matrimonio, etc.).

Además, los grupos que hacen la “primera comunión” son artificiales y no naturales: los chicos o chicas, se juntan, y en forma masiva, son 80,90 o 100 en un solo grupo, hasta haber hecho la “primera comunión”; y, una vez hecha, ésta el grupo desaparece y se forma otro y otro.

Y esto es así aún en los barrios o parroquias donde hay presencia sacerdotal o de Hermanas estable: la continuidad de esta presencia no da, como resultado, una continuidad del chico al adolescente, y de éste al adulto, sino que se sigue manifestando la misma discontinuidad en la vida cristiana de las personas.

1.2. La primera decisión que se tomó fue la de sacar, a la "primera comunión”, como objetivo único de la catequesis de los chicos o chicas; y en su lugar se puso, como objetivo primario, la constitución del grupo humano.

El primer plan de pastoral, publicado como volumen 6 de Catolicismo Popular habla entonces de los Centros juveniles de formación cristiana: decimos "juveniles”, pero entran en ellos desde los nueve años en adelante. Cada grupo lo forman entre trece o catorce miembros. Se respetan sus "líderes” naturales, sus inquietudes e intereses (juegos, etc.), su modo natural y espontáneo de relacionarse. Sólo se trata de darles, desde su misma vida grupal, una visión cristiana de la vida.

Los “grupos naturales”, en un barrio, son las "barras” que se forman, y que tienen el interés fundamental de ser “compañeros”, inicialmente en el juego. Suponemos que eso sucede alrededor de los nueve años, porque antes de esa edad el chico no está abierto a la realidad comunitaria. Y la visión cristiana de la vida le dice, a cada grupo, que Jesús es el "compañero” de todos ellos, y que la Comunión lo incorpora a la vida grupal.

Por ser, la Comunión, parte de un procesó grupa, el momento de su recepción lo fija el mismo grupo, y aunque en general suele ser al cabo de dos años, siempre se tienen en cuenta los intereses e inquietudes de cada grupo, o sea, su ritmo o tiempo.

La Comunión surge entonces como un paso y un medio expresivo de cada grupo, y no como su término; y por eso el grupo continúa recibiéndola. Los intereses cambian a medida que el chico avanza y comienza sus estudios, o se superponen: pero la razón de la Comunión es siempre la misma (o sea, la cohesión del grupo), y por eso se la sigue recibiendo.

1.3. El momento de la Comunión es también el de la integración en la comunidad mayor, la del Barrio o Parroquia. La “primera comunión” como las demás, siempre se realiza en la misa comunitaria, donde la comunidad recibe al "grupo”, y donde éste experimenta la comunidad mayor de la que es parte integrante.

La comunión significa estar con el hermano, conocerlo, amarlo, comprometerse y luchar con él: y hermano no es solamente el miembro del propio grupo sino también los demás.

2. Una nueva experiencia de la Confirmación.

2.1. La constatación inicial fue, como dijimos, la falta de catequistas del mismo barrio: los catequistas eran personas ajenas al barrio, de muy buena voluntad, pero que no lo conocían por dentro, y que tenían poca, o insuficiente continuidad en su trabajo.

El verdadero catequista es el que surge del barrio permanece, porque vive en él.

2.2 A través de la vida grupal descrita más arriba, con el correr del tiempo los chicos van creciendo en la amistad, en el conocimiento de Jesús, en la integración con los demás; y surge, como inquietud natural, el deseo de trasmitir a otros su experiencia grupal cristiana.

2.3. En este momento, la Confirmación expresa este deseo, y a la vez lo asume, dándole el carácter de misión.

Es decir, el muchacho, confirmado por este nuevo sacramento, será testigo de Cristo ante sus hermanos, sea para dirigirlos como catequistas, sea para vivir con ellos dentro del mismo grupo y en la comunidad mayor la vida cristiana recibida en el Bautismo y alimentada por la Comunión.

3. Los momentos fundamentales de los centros juveniles.

Hoy en día existen cuarenta y cinco grupos o centros juveniles, brotados de esta vida cristiana, coordinados y dirigidos por los dirigentes o catequistas surgidos, a través del tiempo, de los mismos grupos del barrio.

Los momentos fundamentales de esta vida grupal son:

3.1 La reunión semanal de cada grupo: se parte de la vivencia del mismo grupo, reflexionando sobre ella a la luz del Evangelio.

La vivencia cambia en cada grupo, y dentro del mismo según su proceso: problemas infantiles, familiares, de estudio, del barrio, de la misma vida grupal, etc.etc.

3.2 La misa nunca se tiene dentro del grupo, sino que es la Misa semanal, como momento de integración y de expresión cristiana de la comunidad mayor. La misa semanal es pues un momento importante en la vida de cada grupo.

3.3 Los paseos y/o retiros mensuales, como momento de integración entre los distintos grupos, teniendo en cuenta sus niveles de edad, y a través del juego, el canto, la reflexión y la oración.

Los niveles de los grupos son tres: el mayor, entre 16 y 22 años; el medio, entre 12 y 15 años; y el menor, entre 9 a 11 años.

3.4 Los campamentos anuales que pretenden, por una parte, asumir toda la experiencia del año y, por la otra, tender las líneas de trabajo del año siguiente.

Dentro de cada campamento, hay dos experiencias fundamentales: la de la ‘‘ascensión a la montaña”, dónde se expresa el sentido más hondo de la vida grupal, concebida como una subida hacia el Señor; y la de la “oración en el monte”, acompañando a Jesús en el Huerto, antes de entregarse a la muerte por nosotros.

4. Conclusión

La experiencia de vida cristiana que hemos descrito, además de los objetivos pastorales indicados respecto de la Comunión y de la Confirmación, tiene otros. Por ejemplo:

a. La promoción de la juventud del barrio en los estudios: hace nueve años, la mayoría no terminaba la escuela primaria, y hoy, por medio de esta experiencia de los centros juveniles, ya hay más de seis estudiantes universitarios salidos del mismo barrio; y la mayoría hace sus estudios secundarios.

b. El enriquecimiento en la expresión literaria, plástica, musical; se la fomenta en los grupos, se forman grupos que la cultivan, etc.

c. La conciencia del servicio al bario en sus necesidades (veredas, luz, desagües, etc.), que a su vez los enriquece en la integración con los adultos.

Los padres de familia tienen, en este barrio, la inquietud fundamental de la educación de sus hijos, y por ello han apoyado y trabajado en conjunto con los Centros juveniles de formación cristiana del Barrio Trujui.

DOCUMENTO

Mensaje de Arzobispo de Santa Fe en la peregrinación de Ntra. Sra. de Guadalupe

…la religiosidad popular de nuestro pueblo.

Nuestro pueblo no es ateo; tampoco pagano; no reniega de su historia; no rechaza a Cristo, ni lo desconoce totalmente.

La historia de los pueblos americanos es compleja; gestas magníficas y a veces lamentables. No es el momento de evaluarlas, pero sí de afirmar que la evangelización constituyó el principio profundo de su unificación.

Desde los comienzos de la conquista, la Iglesia manifestó un indiscutible ímpetu misionero, y aunque el proceso evangelizador estuvo ligado estrechamente a los condicionamientos políticos y a veces en severa dependencia, la evangelizaron hizo reconocer una humanidad común, una condición cristiana a todos y una igualdad ante Dios.

De este modo surgió y se fue acuñando una cristiandad diferente de la europea, y que fue la base de unidad común para todo el continente.

Esa evangelización de América Latina, con dificultades tremendas y casi insuperables, se plasmó en los moldes de la religiosidad popular, porque fue el pueblo español, no la clase intelectual, el que llegó acompañando a conquistadores, colonizadores y misioneros, con sus creencias, sus procesiones, sus cantos, sus imágenes, su imaginería popular, su devoción a Cristo crucificado y su impronta a la Madre de Dios.

La decadencia del siglo XVII, la gran fractura histórica del siglo XIX y el laicismo educacional de comienzos de este siglo, fueron una dura prueba para esa evangelización, pero el sustrato popular quedó: el pueblo quiso seguir siendo cristiano, confesar a Jesucristo, honrar a María, morir y ser enterrado en cristiano.

Es la Fe que a pesar de los gigantescos cambios actuales sigue manifestándose hoy en Itatí de Corrientes, en el Valle de Catamarca, en Luján de Buenos Aires, en San Nicolás de La Rioja y en Guadalupe de Santa Fe.

Es la Fe que se expresa en nuestras pilas bautismales y en nuestros cementerios; en Navidad y en Semana Santa: en nuestras fiestas patronales y en nuestras fiestas patrióticas.

Es la Fe que, como prueba de la estupidez laicista, se sigue manifestando en toda la vida del país; en la Constitución Nacional y en las Comisiones vecinales, en las cárceles, hospitales, tribunales y hasta en los colectivos y en las telenovelas.

Es la Fe religiosa recogida y medida del norteño, tumultuosa y saltarín a del correntino, primorosa del cordobés, más compleja del litoraleño.

Es la Fe que no sólo se detecta en las virtudes del pueblo argentino, sino en-los defectos y pecados del pueblo. Los argentinos no practicamos la virtud a secas, ni somos pecadores sin más. Para bien o para mal, hasta en eso somos cristianos.

Es la Fe que se pone de relieve en la resignación con que se acepta la muerte y en la alegría con que se recibe la vida, sea del hijo propio o de los hijos ajenos.

Es la Fe de nuestra gente costera que llora la muerte de sus seres queridos en la tragedia del Arroyo Leyes, sin recurrir a la blasfemia ni a la irritación contra la voluntad del Padre.

Es la hospitalidad de nuestros pobladores ante la tragedia de una inundación o de cualquier otra situación do torosa.

Es la Fe de nuestra artesanía, de nuestros artes, de nuestro folklore.

Es la Fe que resuena en la voz de nuestro máximo poeta:

“Dios formó lindas las flores. Delicadas como son. Pero al hombre le dio más. Cuando le dio el corazón. Le dio claridad a la luz. Fuerza en carrera al viento. Pero más le dio aI cristiano. A darle el entendimiento. Ama el hombre con ardor. Ama todo cuanto vive. De Dios la vida recibe. Y adonde hay vida hay amor. Porque recibí en mí mismo. Con el agua del Bautismo. Le facultad para el canto. A la voluntad de Dios. Ni con la intención resisto”.

Es la raíz cristiana de nuestro pueblo que hoy debe afrontar el desafío de una masificación demoledora, de aculturaciones alienantes, de erotismos corrosivos, de un cine envenenado y de una televisión de pantopón, pero que, a pesar de todo, da señales de existir, de tener identidad, vigencia y posibilidades.

En nuestra religiosidad popular, el hombre testimonia su apertura a lo trascendente y su conciencia de Dios como Padre providente y fuerza salvadora.

Lo religioso aparece como grito de esperanza y como respuestas a las aspiraciones más profundamente humanas: pide a su Padre de los cielos lo que la sociedad le niega o no le puede dar: trabajo, vivienda, salud, justicia, paz, amor.

En su religiosidad sencilla manifiesta el desencanto por un orden social que tarda en llegar, y al mismo tiempo la esperanza inconmovible de un Dios que jamás abandona a sus hijos.

Esa religiosidad es la explicación de tantas virtudes populares: la solidaridad, la hospitalidad, la lealtad, la fidelidad, el arraigo a la tierra, y a La capacidad asombrosa de abrazar la cruz del sufrimiento.

En ella el pueblo confiesa públicamente su Fe, su carácter cristiano, y su permanencia en la Iglesia.

Por esto y por mucho más la religiosidad popular es buena tierra para sembrar el Evangelio o para crecer en El.

Por supuesto no ignoramos sus debilidades, sus falencias y sus contaminaciones.

Le falta el vigor de una Fe que transforme y comprometa la vida entera; carece de suficiente luz para iluminar todo el ámbito del vivir personal y social y de suficiente fuerza para transformar todo ese vivir.

Pero es cierto también que la religiosidad de nuestro pueblo, por ser cristiana y mariana y no pagana, es un camino válido y magnifico para el encuentro con Cristo por María.

Compartamos desde el pueblo sus alegrías y dolores, sus anhelos y preocupaciones; sus inquietudes y sus búsquedas. Descubramos en sus gestos y en sus ritos una concepción trascendente de la vida y el deseo de reconocer y adorar a Cristo como a Señor de la vida y de la muerte.

Veamos en sus ruegos y expectativas, expresión borrosa de una Fe que debe ser testimoniada, vigorizada y celebrada.

Vivamos desde el pueblo los valores evangélicos que hacen de la vida una oblación, del amor una entrega, dé la familia un templo, de la juventud una reserva, de la muerte una esperanza y del cielo una añoranza.

Testimoniemos desde el pueblo el gozo de tener un Padre providente, una Madre purísima y una Iglesia acogedora.









Boletín de espiritualidad Nr. 31, p. 30-20.


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