Conocimiento interno del Señor (*)

F. Courel sj





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San Ignacio es un maestro de oración y de acción; y por eso, uno de sus discípulos de la primera hora -el Jerónimo Nadal- ha dicho de él que es un “contemplativo en la acción” (1).

En sus Ejercicios Espirituales enseña San Ignacio una vida de oración íntimamente relacionada con la acción, la vida de oración no es, estrictamente hablando, el fin de los Ejercicios; pero es un elemento muy importante -diríamos indispensable- de los mismos.

Puede ser, pues, clarificador investigar cómo esta vida de oración se desarrolla en el curso de los cuatro Semanas en las que se dividen los Ejercicios, su ritmo por así decirlo, a medida que el ejercitante, purificado e iluminado por la gracia divina, alcanza la libertad interior -la llamada, por San Ignacio, “indiferencia” (2) - y se hace capaz de hallar la Voluntad de Dios nuestro Señor para finalmente, adherirse plenamente a Él, ofreciéndole "...toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad...", apoyado únicamente "... en vuestro amor y gracia" (EE.234).

Para descubrir este ritmo de oración, vamos a estudiar algunas frases por las cuales San Ignacio define aspectos esenciales de su concepción de una vida de oración ordenada a la acción, y que son válidos tanto durante los Ejercicios Espirituales como fuera de los mismos (3)

Todas estas frases se ordenan, a nuestro juicio, alrededor del conocimiento interno del Señor, que San Ignacio hace que continuamente se pida, y que en una interiorización - o vuelta, al corazón -, que se explica todavía más por “reflectir en mí mismo” que constantemente recomienda el Santo, y que se comprende totalmente a la luz de la frase de San Pablo: "...reflejando la gloria de Dios, conforme a la acción del Señor que es Espíritu...” (2Co.3, 18),

I. CONOCMIENTO INTERNO DEL SEÑOR.

El progreso en la vida de oración, al que tiende el conjunto de los Ejercicios, se marca por dos ritmos: uno, interior a cada hora de oración; y otro- en cada día de oración. Comencemos por éste- último.

1. Ritmo de oración en cada día de Ejercicios.

Tomemos por ejemplo el horario previsto al comienzo de la Segunda Semana. La oración comienza por una contemplación, a medianoche, seguida de otra por la mañana al levantarse. El tema de atibas + es, al principio, el de dos escenas evangélicas que le dan, por así decirlo, la coloración espiritual a todo ese día. Es un primer con - tacto con el misterio de la vida de Cristo, en una hora en que él espíritu, aún no cansado, y la imaginación, todavía no recargada, pueden aplicarse al tema evangélico, para pedir -y buscar allí- un conocimiento interno del Señor (EE.104 y passim).

En el curso de ese mismo día, que se va a desarrollar bajo el signo de esos dos Misterios de Vida de Cristo así contemplados (4), San Ignacio no propone ninguna nueva escena evangélica. Supone, por el contrario, que el progreso en la oración -que será un progreso en el conocimiento interno del Señor - se obtendrá mejor por una vuelta el mismo día, sobre los mismos misterios, para profundizar, a través de las consolaciones o desolaciones(EE.118-119;cfr.EE.62-64), la significación particular que para cada uno tienen, aquí y ahora, esos misterios. Y por eso los ejercicios previstos para el fin de la mañana y el comienzo de la tarde, serán solamente repeticiones de esos dos misterios con que -la noche anterior- ha comenzado ese día.

A la persona que ha procurado recogerse y orar, contemplando los gestos y escuchando las palabras del Señor o de los otros personajes que intervienen en un Misterio, Dios nuestro Señor puede haberle hablado. Puede haberle hecho sentir, por ejemplo, toda la riqueza y toda la alegría que se nos ofrece, en el mensaje de pobreza del Nacimiento. La persona se ha alegrado con los pastores y, junto con ellos, ha ofrecido los humildes frutos de su propia pobreza. Será bueno volver, en la repetición, una vez más al mismo ofrecimiento, para poder descubrir mejor cómo cada uno está llamado a llevar más adelante su pobreza, sea "en afecto", sea "actual” (cfr.EE.15S y 157).

O bien, por el contrario, porque la pereza, o la fatiga, o algún rechazo interior han oscurecido su mirada de fe, y se ha quedado en las contemplaciones anteriores como ausente de la escena sin llegar a reconocer lo que Dios nuestro Señor le quería decir, le convendrá repetir su contemplación haciendo, “...contra la misma desolación…” (EE.319), para que Dios nuestro Señor quite el obstáculo y le abra los ojos y el corazón.

A través de este ritmo diario, el conocimiento de los Misterios de Cristo nuestro Señor (EE. 261 -312) y la misma oración, se hacen cada vez más interiores en el sentido de que ya no se trata, para quien hace Ejercicios, de abrir y explorar nuevas perspectivas -"...mucho saber..."- sino de "...sentir y gustar de las cosas internamente...(EE.2), penetrando y haciendo suyos cada vez más los sentimientos, las ideas, o las imágenes que la oración ha hecho nacer en él.

Finalmente, al terminar el día, San Ignacio invita, al que recibe los Ejercicios, a volver una última vez sobre la misma materia, en lo que él llama una aplicación de sentido: en ésta, el gusto espiritual recoge, en una oración unificada y simplificada, la cosecha de las gracias de toda la jomada.

Se podría decir que es el momento en que la oración se hace más interior; es decir, en el que las ideas y los sentimientos del corazón se reúnen en una comprensión más intuitiva del Misterio de Cristo, haciendo ver, por experiencia personal, que el progreso en la oración consiste menos en "...el mucho saber..." que en "...el sentir y gustar de las cosas internamente" (EE.2).

2. Ritmo Interior a cada hora de oración.

Este movimiento de interiorización progresiva, que caracteriza el ritmo de un día de oración, sé vuelve a encontrar, de manera análoga, en cada uno de los ejercicios de cada día.

Lo podemos ver por ejemplo, en la estructura de una contemplación de la Segunda Semana -la de la Encamación (EE.101 -109) o la del Nacimiento (ÉE.110-117)- que San Ignacio explica con todo detalle, introduciéndonos en su manera de contemplar los Misterios de la Vida de Cristo nuestro Señor (5).

Dicho muy brevemente, la contemplación ignaciana consta de un preámbulo, del cuerpo, y del término cíe la contemplación.

2.1 Preámbulo de cada contemplación.

La palabra preámbulo, empleada por el mismo San Ignacio para caracterizar los primeros pasos de cada contemplación, ya es significativa de ese movimiento general que nos hará penetrar de una manera más y más personal en el corazón del Misterio de Cristo.

El primer preámbulo, -después de la presencia de Cristo, o "tercera adición", y de la consiguiente petición, que no es el momento de explicar (6): - es una mirada sobre la historia de los misterios de salvación es decir, sobre el conjunto de una escena evangélica en su realidad histórica.

Después, en un segundo preámbulo, entra en juego la imaginación-que como la memoria, ejercitada en el preámbulo anterior, es una facultad de la historia (7), -facultad espiritual que nos permite hacernos presentes a lo que, aparentemente, sucede fuera de nosotros y, todavía más, hace mucho tiempo, y parece no concernirnos. La imaginación nos permite captar lo que es para nosotros la actualidad de los Misterios de la Vida de Cristo, es decir, comprender cómo una escena evangélica es, a la vez, un hecho histórico del pasado, y un acontecimiento o Misterio de Salvación que se realiza, aquí y ahora, en nosotros haciendo madurar nuevamente su fruto de gracia en el presente de esta hora de oración (cfr.EE.109: "...así nuevamente encarnado").

También el tercer preámbulo, haciéndonos pedir la gracia propia de cada Misterio de Cristo, no separa este misterio parcial de la totalidad del mismo. Poniendo el acento sobre un aspecto particular, nos revela la totalidad, y nos introduce en la vida, inseparablemente histórica y a la vez mística de Cristo.

Cada misterio evangélico es actual en el sentido de que se representa, aún para nosotros en la oración, como tuvo lugar a los ojos de quienes han asistido a él en su momento histórico.

Lo propio de la contemplación ignaciana es desarrollar este mentido de paciencia -de que hablan los místicos-, y que realiza en nosotros la unidad entre aquello que...quiero y deseo… actualmente, y lo que nos ha sido adquirido una vez por todas en la Historia de nuestra salvación.

El preámbulo -que como vemos es, en San Ignacio, triple en cada hora de oración- es lo que su nombre indica: de tal manera va adelante, que ya es oración verdadera.

Es una lástima que, en la vida ordinaria, nos olvidemos de esta enseñanza de San Ignacio, y queramos comenzar a orar sin prepararnos, al menos cayendo en la cuenta de la presencia del Señor –tercera adición (EE.75).

2.2 Cuerpo de cada contemplación.

El cuerpo de cada contemplación propiamente dicha se puede desarrollar de acuerdo con un número variable de puntos, sean éstos el, ver y considerar las… personas" (EE.106), el oír que hablan las personas" (EE.107), y "...mirar lo que hacen las personas " (EE.108), sean los puntos -que parecen ser previos a los anteriores- que San Ignacio propone en la serie de los Misterios de la Vida de Cristo nuestro Señor (EE.261 -312).

Los puntos del primer tipo -ver las personas, oír lo que dicen, mirar lo que hacen- permiten observar cómo se realiza, en el cuerpo mismo de cada contemplación, el proceso de Interiorización -o de vuelta al corazón. Veámoslo, por ejemplo, en la contemplación de la Encarnación (EE.106-108).

Se trata, en primer lugar, de contemplar, en una visión global, "...la haz de la tierra", y ver en ella "...las personas… en tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos muriendo y otros naciendo, etc. y enseguida, como levantando la mirada, "...ver y considerar las tres Personas divinas...cómo miran toda la haz-y redondez de la tierra y a todas las gentes en tanta ceguedad, y cómo mueren y descienden al infierno" ; y, volviendo la mirada a la tierra, "...ver a Nuestra Señora y al ángel que la saluda.

Después de esta primera contemplación, como en un inmenso cuadro, del misterio -que se repetirá luego oyendo lo que hablan, y mirando lo que hacen todas esas personas-, el que hace Ejercicios es invitado a mirarse a sí mismo, para reconocer en qué le concierne este misterio, y así "...sacar provecho de tal vista" (EE.106).

Esta es la vuelta al corazón, característica de la contemplación ignaciana, tanto dentro como fuera de los Ejercicios (8): de la amplitud histórica, por así decirlo, objetiva de una tal visión, nacerá la reflexión interior y la decisión: en una palabra, el fruto espiritual de cada contemplación. Pero esta vuelta al corazón no es un repliegue sobre si misma de una persona que se complace en su interior, porque vuelve al misterio que está contemplando: yendo de la historia a sí misma, y de sí misma a la historia, la persona progresa y su contacto con el misterio llega a ser un “un sentir y gustar de las cosas internamente” (EE.2), capaz de alimentar su amor y su acción.

2.3 Termino de la contemplación.

El término de este movimiento contemplativo en cada hora de oración, cuando ya no existe distancia entre "interior" y "exterior", porque la persona que hace oración habrá entrado plenamente en el movimiento histórico de Dios que salva al mundo, y se habrá dejado penetrar totalmente por la acción divina, la oración acabará con un coloquio, diálogo muy libre (EE.109 y 199), muy familiar (EE.54) y, sin embargo, cargado de un profundo respeto (EE.3).

El que hace oración podrá, al dirigirse a Dios nuestro Señor, abandonarse a lo que, en sí sintiere (cfr.EE.109), porque el único sentimiento que tendrá en ese momento será el de "...seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente..." viviendo sus misterios (ibídem).

La vuelta al corazón, asegurando nuestra presencia al misterio, nos libera para obrar y trabajar en la obra de Dios, en nosotros y en nuestros prójimos.

De una manera equivalente a lo dicho de los preámbulos -la oración ignaciana comienza en ellos-, así también diríamos que la oración no termina en el coloquio, sino en el examen de la oración (EE. 77).

En la vida ordinaria, pasamos, sin solución de continuidad, de un coloquio con Dios nuestro Señor a un coloquio con nuestros hermanos. Ciertas "agresividades" que entonces manifestamos con éstos, podrían explicarse por esta falta de "tiempo de reposo”: tiempo en el cual "...quier sentado, quier paseando..." mire "...cómo me ha ido en la contemplación; y si mal...arrepentirme...y si bien, dando gracias a Dios nuestro Señor..." (EE.77).

Con uno de estos dos sentimientos -el de arrepentimiento o el de gratitud-, comenzaríamos de otra manera a tratar con nuestros hermanos, nuestros compañeros de canino con quienes vamos hacia el Padre.

II. REFLECTIR EN MI MISMO.

Caracterizando, por las palabras de vuelta al corazón, este movimiento -o ritmo- interior a la contemplación de los Misterios de Cristo, no queremos de ninguna manera sugerir que se trataría solamente de una suerte de paso de un modo más discursivo de orar a un modo más afectivo -e incluso "sentimental"-.

La expresión que San Ignacio emplea para designarla, a partir de la Segunda Semana de los Ejercicios, no evoca de ninguna manera tal paso: uno es invitado a...reflectir para sacar provecho" (EE. 106, 107, 108,116) o, más precisamente aún, a"...reflectir en mí mismo " (EE. 114, 123, 124, 234, 235,236) (9).

¿Será necesario pensar que la oración progresa por medio de una reflexión intelectual propiamente dicha, por un trabajo de análisis reflexivo que busca aclarar, por su propio esfuerzo, los datos que le son ofrecidos? O, incluso, ¿es necesario oponer, en el desarrollo de la oración, el trabajo de la inteligencia y los esfuerzos del afecto?

Sin emprender un estudio profundo de las relaciones, que S. Ignacio supone, en el conjunto de la vida espiritual, entre las diferentes facultades de la personalidad humana, se puede al menos notar que la oración es, para él, una actividad en la que entran en juego todas las facultades espirituales -y aún las corporales, como se ve por EE.76, 79-87, del hombre. Actividad múltiple, en la que se puede distinguir el juego de cada facultad: "...usamos de los actos del entendimiento discurriendo, y de los de la voluntad afectando" (EE.3); pero actividad muy unificada también, porque estas diversas facultades no son ''compartimentos estancos" las unas respecto de las otras.

La inteligencia, iluminada por la gracia divina, entra en la oración...discurriendo y raciocinando...hallando alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir la historia” (EE.2) sea, el misterio que contempla. Entra en la materia, discurriendo punto por punto, tratando de buscar, como San Ignacio acaba de decir, "...alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir la historia..."(ibídem) de salvación. La voluntad, a su vez, es una inclinación que, en presencia del mismo tema así declarado, nos lleva a amar. Pero ¿en ambos casos -o más bien, en la misma oración- el fruto espiritual es único : San Ignacio lo llama de diversas maneras ...mociones espirituales… así como consolaciones o desolaciones”, EE 6 ; obra del … Creador con la creatura y (de) la creatura con su Creador y Señor",EE.15 ;…varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen...",EE.17,etc.etc.- ; pero significa a la vez conocimiento y amor, y permite una comprensión intuitiva de las cosas de Dios.

El reflectir en sí mismo, que está en el centro de la contemplación ignaciana, se sitúa así en el punto donde se unifica la actividad de las diversas facultades intelectuales -y aun de las corporales (11) -. La inteligencia, lejos de especular por el solo placer de ejercitarse y conocer, busca a Dios en la escena evangélica, tratando de "discurrir por lo que se ofreciere" (EE.53), y progresando lentamente hacia el corazón del misterio de Cristo; y así halla a Dios. S. Ignacio junta expresamente estas dos palabras desde el comienzo de los Ejercicios (EE.1, 4, 11, etc.). Aquí se juntan, en el -reflectir mí mismo, la actividad de la inteligencia y de la voluntad: es un tiempo de descanso en el que se recogen ya los frutos que han madurado bajo el sol de la contemplación. Otoño espiritual, hora de maduración y de cosecha. Por eso es que está ligado al provecho (EE.17,44, 196,107,108.114,115,116,122,123,124,125,194,211), al progreso espiritual, al fruto que la "vía iluminativa" ha producido en nosotros, y que no es sino la vida eterna, con la que nos asimilamos progresivamente -"ya...pero todavía no"-. .

Finalmente -y esto es esencial en la oración ignaciana- este punto de llegada es un nuevo punto de partida: aquel qué en un momento halla a Dios nuestro Señor en su oración, no cree haberlo perdido cuando sale nuevamente en su busca. En este reflectir en mí mismo, se vuelve sin cesar a la contemplación del misterio; y, en el gozo que se experimenta de gustar a Dios nuestro Señor, se reconoce un nuevo llamado a la acción y al servicio (12). Servicio que se expresa, por el momento, en la atención y el respeto al Señor presente en todo momento de la oración; acción que se traduce ahora en actos de fe, de esperanza y de caridad (EE.316): (definición de la consolación espiritual), a la espera de ir a trabajar y a servir en el campo de batalla, donde, como "en los días de su carne mortal" (Hb.5, 7), Cristo continúa luchando, sufriendo y triunfando.

Estas pocas reflexiones permitirán sin duda comprender por qué las palabras reflectir en mí mismo y provecho espiritual: no aparecen, en los Ejercicios, sino en las contemplaciones de la Segunda Semana, a propósito de los misterios de Cristo.

Sin embargo, la idea no está ausente en la Primera Semana. Incluso se puede decir que, si bien expresado en otros términos, el dinamismo de la oración -o "meditación invisible" (EE.47)- tiene allí un movimiento muy semejante. De la historia del pecado universal primero, segundo y tercer pecado (EE.45-53)- el hombre es llevado a la historia de su propio pecado (EE.55-61); y, de su propio pecado, a la contemplación de la salvación universal por Cristo -llamamiento del Rey Eternal (EE. 91 -99) - pasando por las correspondientes repeticiones (EE.62-64), y por una aplicación de sentidos -meditación del infierno,"...donde no me ha dejado caer...acabando mi vida"(EE.6S-71).

La reflexión sobre sí mismo remite a la acción: "...lo que hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo…"(EE.53). Esta vuelta sobre sí mismo es, como en la Segunda Semana, una salida de sí, en la cual la historia del mundo pecador y la historia secreta de los pecados de cada uno - el proceso de los pecados, (EE.56) - se unen en un único acontecimiento de salvación, cuyo autor -al mismo tiempo que víctima- es Cristo. Es El quien restaurara a la vez la unidad del mundo exterior y la del mundo interior.

Si San Ignacio no habla en todo esto de reflectir en sí mismo es sin duda porque no lo siente necesario, ya que está claro que esta reflexión que nos lleva hacia dentro de nosotros mismos y nos hace salir de nosotros, es a la vez materia de oración y fruto que esperamos, cuando pedimos…vergüenza y confusión de mí mismo" (EE. 48), y "...crecido dolor y lágrimas de mis pecados" (EE.55).

Pero, a partir del comienzo de la Segunda Semana, la perspectiva es ligeramente diferente. La gracia que estamos invitados a pedir, al comienzo de cada contemplación, ya no está ligada, al menos en apariencia, a nuestro yo. En efecto, ya no se trata de mi vergüenza y confusión, o de mi dolor y lágrimas, o de mi temor de las penas del infierno, que nacen de un conocimiento de mí mismo, de mi "...ánima encarcelada en este cuerpo corruptible, y todo el compósito...desterrado entre brutos animales" (EE.47), de "...mirarme como una llaga y postema, de donde han salido tantos pecados y tantas maldades y ponzoña tan turpísima" (EE.58), sino de un "conocimiento interno del Señor" (EE.104 y passim) (13).

Y, sin embargo, los dos puntos de vista no son extraños el uno al otro. La historia de Cristo, que en adelante estamos llamados a seguir paso a paso, es nuestra, tanto -o más- que la historia de nuestro pecado. Es precisamente lo que S. Ignacio quiere subrayar al invitarnos, después de habernos hecho contemplar la obra de Jesús que salva al mundo, a en mí mismo, para hacernos reconocer en nosotros mismos esta obra de salvación, y llevamos a colaborar en ella.

Conocimiento del Señor y conocimiento de sí mismo son, desde entonces, inseparables. El conocimiento de si es una gracia, porque nos revela a la vez cómo conocemos al Señor y cómo Él nos conoce a nosotros: ...habéis conocido al Señor, o mejor...Él os ha conocido..." (Gal.4.9).

La iluminación que se produce en la oración, y que nos lleva al conocimiento de Dios es, por de pronto, una luz que nos invade para, hacemos transparentes a Dios y preparamos a la visión final, en la que seremos semejantes a Él (cfr.Jn.3, 2). A la espera de esta transformación definitiva, el camino del conocimiento divino, en la contemplación, es la vuelta a nuestro corazón, para reconocer, en donde Dios se refleja como en su imagen, el misterio de la vida divina.

El provecho espiritual que está ligado a la contemplación no es nada menos que nuestra asimilación a Cristo, que renueva en nosotros el misterio único de su vida, de su muerte y de su resurrección (14): "...vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga.2, 20).

III. REFLEJAR LA GLORIA DE DIOS

Hay, pues, en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, ya sea en la contemplación de cada día, ya en la estructura de cada una de las contemplaciones, un ritmo vital que nos hace ir, del desarrollo histórico de un misterio a su repercuden en nuestra historia personal; y que, por una especie de rebote -propio de la oración- nos hace volver a partir sin cesar de este reflectir en mí mismo -propio de la oración ignaciana- hacia la acción en un mundo en perpetuo cambio.

Pero es significativo que las palabras reflectir en mí mismo que San Ignacio empleaba en la Seguida Semana -y también en la Tercera Semana (EE.194), donde sobre todo se halla bajo la forma del sinónimo de sacar algún provecho (ibídem)- para designar el centro y como el pivote de la oración, se vuelven a encontrar una vez más en un lugar especial de los Ejercicios: en la Contemplación para alcanzan amor. (EE. 234-237).

Se vuelve a encontrar, de esta atañera, en esta conclusión de los Ejercicios Espirituales, el movimiento -o ritmo- que encontramos ya en cada hora de oración, en cada día, y que aparece finalmente como el movimiento seguido por el conjunto de los Ejercicios.

Se podría decir que la Contemplación pana alcanzan amor es, al conjunto de los Ejercicios Espirituales, lo que el coloquio es en cada contemplación: el punto de llegada, en el que la oración se eleva en nosotros como un acorde final, enriquecido por todas las armonías; y el punto de partida de donde nos lanzamos a actuar en un mundo que deberá ser transformado por nosotros según la voluntad del Señor.

Ya no se trata, como lo hacíamos en las cuatro Semanas anteriores, de contemplar tal o cual misterio, con sus detalles históricos y su gracia particular; ya no se trata tampoco de contemplarlos todos a la vez en una especie de revisión general (cfr.EE.209 y 226) en la que no pasa rápidamente de uno a otro misterio, para ver las grandes articulaciones de la historia de salvación.

Se trata más bien de una de esas repeticiones en las que la persona que hace Ejercicios no tiene necesidad de gran número de ideas o de muchos esfuerzos, sino que se encuentra en el centro del misterio único, que es a la vez el misterio de Dios Creador y de Dios Redentor, de Dios que conserva el universo y de Dios que da la vida de la gracia, de Dios de quien todo viene y a quien todo vuelve en su momento: en una palabra, se trata del misterio del amor de Dios (15) .

En esta última contemplación, en la que la materia es tan vasta como el universo enteramente bañado en el amor infinito de Dios, el llamado a reflectir en mí mismo se encuentra en el mismo lugar central y juega el mismo papel que en las contemplaciones de los Misterios de Cristo. Después de haber contemplado los beneficios del Señor (EE.234), su presencia (EE.235) y su acción en el mundo, “en los cielos, los elementos, las plantas, frutos, ganados…”(EE.236), el que hace los Ejercicios es invitado a reflectir en mí mismo (EE.234- 237) y por aquí se ve que este reflectir en mí mismo consiste a la vez en reconocer y adorar el paso y la acción de Dios, presente en todas partes, y en reflejar la luz que viene de ese conocimiento, dando gloria a Dios por la gloria que Él nos revela. La oración, que comienza en visión, termina en ofrenda: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad...todo mi haber y mi poseer. Vos me lo. disteis, a Vos, Señor, Io torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad..."(EE.234).

Se nos ocurre que un texto de la Escritura puede servimos para comentar y explicar este último aspecto de la oración en los Ejercicios.

San Pablo, describiendo el ministerio apostólico y la firmeza de los cristianos, dice: "Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos, conforme a la acción del Señor que es Espíritu" (2 Co.3,18).

Desde hace siglos, los exegetas dudan sobre el sentido de este pasaje, traduciendo, o bien "...nosotros contemplamos","... nosotros reflejamos como en un espejo..." la gloria del Señor (16) .Poco nos importa aquí a qué llegan ; o más bien, su misma duda nos resulta significativa, y no hace sino poner a la luz con mayor claridad la relación estrecha que existe, a un cierto nivel espiritual, entre los dos aspectos inseparables de la contemplación, en la concepción ignaciana de la misma : reflectir en mí mismo es a la vez entre ver el esplendor de Dios, y darle gloria por esta gloria que nosotros percibimos, y que brilla en nosotros como en su imagen.

La vuelta al corazón, que está en el centro de la contemplación ignaciana, encuentra aquí su sentido último. Es, en realidad, como una vuelta al corazón de Dios, en un movimiento que va y viene, y que no se termina más. Ya no hay que separarse de Dios para ir al mundo, o inversamente: es a Dios a quien contemplamos en el orden del mundo, y las cosas nos revelan un rayo de su gloria.

Reconocemos, en este momento, el ideal ignaciano de pureza y de libertad interior que nos permite adherimos enteramente al Creador, "a Él en todas - las creaturas - amando, y a todas en El, conforme a la su santísima y divina voluntad" (17).

Se hace entonces difícil determinar, en la corriente divina que nos invade, si nuestra contemplación es activa o es pasiva.

No podría ser sino pasiva, en el sentido que la transformación interior de la que tenemos conciencia no es, en absoluto, obra nuestra, es Dios quien "...trabaja y obra por mí -o sea, para mí-en todas las cosas sobre la haz de la tierra" (EE.236). Todo viene de Él. "...como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas" (EE.237). Todo es obra de Cristo, cuya contemplación hace, al cristiano, semejante a Dios: "...pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo..." (Rom.8, 29) Reflectír en mí mismo conduce, pues, a abrimos a una pasividad, a una divinización que no es obra nuestra.

Pero esta pasividad, en cuyo seno la contemplación nos transforma y nos glorifica, nos llama también a una actividad sobre un plano nuevo. El hombre así divinizado refleja la luz y la imagen que ha recibido de Dios, entrando en el movimiento del hijo que, venido del Padre, vuelve a entrar en la gloria del Padre. Concretamente, en la oración, la reflexión en mí mismo conduce, ya lo hemos visto, a una salida de sí que nos hace, "...con mucha razón y justicia..."(EE, 234), ofrecer a Dios todo lo que Él nos ha dado.

Finalmente, la acción que nace de ahí nos abre nuevamente a una pasividad siempre más grande, porque permite una transformación siempre más profunda, asociándonos a Dios como instrumento perfectamente dócil : "...todo es vuestro, disponed a toda vuestra Voluntad" (EE.234). Es la misma gracia que nos hace, en la oración, "sacar algún provecho..." para nosotros mismos, operando nuestra divinización progresiva, y que nos impulsa hacia fuera para "hacer fruto en las ánimas": la gloria de Dios se revela en la vida que nos da, y en el esfuerzo que nosotros desplegamos por su servicio.




Notas:

(*) Es la traducción del artículo de F.COUREL, La conainssance in tereiure da Seigneur, CHRISTUS, 7(1968), pp. 367-579. Ha sido hecha en el Noviciado de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús, bajo la dirección del Maestro de Novicios. Nosotros hemos adaptado es-te trabajo, y lo hemos completado con algunas notas al pie de página.

1. Cfr. MHSI.Nadal, IV pp 651-652 "... en todas las cosas, actividades y conversaciones, sentía los afectos espirituales y contemplaba la presencia de Dios, símul in actione contemplativus (contemplativo a la vez en la acción -como en la oración-), que es lo que Ignacio solía explicar con la fórmula hallan a Dios en todas las cosas...Este privilegio, pues, que entendemos que fue concedido al Padre Ignacio, el mismo creemos haber sido concedido a toda la Compañía...y confesamos que está unido con nuestra vocación..." ; y, por tanto -diríamos nosotros- forma parte de nuestra concepción de nuestro apostolado, y lo debemos comunicar en nuestros ministerios.

2. Sobre esta libertad interior, que es el verdadero sentido –positivo- de la indiferencia ignaciana, cfr. M.A.FIORITO, La elección discreta según S. Ignacio, BOLETIN PE ESPIRITUALIDAD n.25, pp. 12-21 (la elección como proceso de una opción libre).

3. Sobre este orden de la oración a la acción -y no viceversa-véase lo que el Bto.Fabro, el primer discípulo de San Ignacio en París, y uno de sus primeros compañeros en la fundación de la Compañía, dice en su Memorial (MISI.Fabri. Mon.pp.554-555). Véase nuestro comentario en P.PENNING DE VRIES, La oración, lugar de encuentro entre Dios y los hombres, BOLETIN DE ESPIRITUALIDAD n.42, pp.2-3.

4. A partir del quinto día (EE.118) -o sea, cuando comienza la materia de elección (EE.163) - y hasta el fin de la Segunda semana, San Ignacio sólo propondrá un misterio, que será contemplado a media noche, a la mañana al levantarse, y luego repetido dos veces, y finalmente contemplado una vez más por aplicación de sentidos.

5. Sobre el valor introductorio de algunas contemplaciones ignacianas, cfr. M.A.FIORITO, Ejercicios e historia de la salvación, BOLETIN DE ESPIRITUALIDAD n.20, pp.26-29.

6. Cfr.M.A.FIORITO, Cristocentrismo del Principio y Fundamento CIENCIA Y FE, XVII (1961), pp.25-34.

7. Cfr., M.A.FIORITO, Memoria, imaginación e historia en los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio, CIENCIA Y FE XIV (1958), pp.211-236.

8. Esta vuelta al corazón -que es una conversión de corazón- la acaba de recomendar la CG.XXXII en su Decreto 4, nn.13-23, para que cada jesuita -y toda la Compañía- pueda volver a descubrir, hoy, su carisma.

9. Reflectir en mí mismo no significa reflectir pon mí mismo. Esta interpretación no tendría en cuenta, en primer lugar, la gramática; y, además, sería una mera tautología. La expresión tampoco significa reflexionar sobre uno mismo, como a veces se la ha interpretado: esta mera introspección tendría más lugar en la Primera Semana, en las meditaciones sobre el pecado personal -donde, sin embargo, San Ignacio precisamente no usa esta expresión-.Sobre el sentido evangélico de esta expresión fundamental en la concepción ignaciana de la oración, puede verse M.A.FIORITO, Midrash bíblico y reflexión ignaciana, CIENCIA Y FE XIV (1958), pp.541-544. Este autor compara el reflectir - o vuelta al corazón - ignaciano con la actitud de la Virgen, que "...guardaba todas estas cosas -que acontecían con su Hijo- y las meditaba en su corazón" (cfr.Lc.2, 19 y 51).

10. Aquí nos encontramos con la palabra discurrir, que San Ignacio emplea frecuentemente en los Ejercicios, y que no es fácil de traducir a una lengua moderna. Significa, a la vez, meditar, reflexionar o pasar de un aspecto a otro, darle vueltas...y evoca la actitud del espíritu humano que progresa, aspecto por aspecto, y entra en el corazón o núcleo del tema contemplado, usando tanto el razonamiento como las intuiciones de un corazón amante,

11. Sobre el lenguaje sensorial como expresión de la experiencia espiritual de comunión con Dios en Cristo, el Hijo de Dios encarnado cfr.D.MOLLAT, Cuarto Evangelio u Ejercicios de San Ignacio, BOLETIN DE ESPIRITUALIDAD n.36, pp.39-40. Hablando más en general de esta unificación de las facultades del hombre, diríamos que un proceso análogo se da en la elección por deliberación -o tercer tiempo por primer modo de elección (EE.178-183)- cuando se pesan los pro y los contra de la materia de elección: es un trabajo de la inteligencia que prepara el don y el compromiso de la voluntad, o sea, un acto de libertad. Un ejemplo de este modo de elección,- a la vez razonable y afectivo, en I .IPARRAGUIRRE, Historia de la práctica de los Ejercicios Espirituales, vol. (BiIbao-Roma, 1946), pp.259-263.

12. La palabra reflectir -sobre todo cuando S. Ignacio le da la forma de reflectir (EE.106, 107, 114, 116, 123, etc.)- significa también reflejar, o sea, devolver la luz que se recibe. En la contemplación, la persona que contempla se ofrece al Sol divino; y devuelve, por radiación, el calor y la luz que recibe. El provecho que nace del reflectir en mí mismo, manifiesta pues la respuesta de la persona a la acción del Señor "...que es Espíritu" (cfr.2 Co.3, 18). Volveremos más adelante sobre este mismo tema.

13. No estará de más recordar que tanto para el Antiguo como para el Nuevo Testamento y, por tanto, para S. Ignacio-conocer a Dios es reconocimiento de sus beneficios "Primera Semana-, fidelidad a su alianza -Rey Eternal-, amor -Segunda Semana- y por eso la literatura sapiencial -de la que San Ignacio depende con su discreción espiritual- considera el conocimiento como sinónimo poco más o menos de sabiduría. Cfr. Os.2, 22 y Jn.10, 14, con las notas de la Biblia de Jerusalén.

14. Misterio único, aunque fragmentado, por así decirlo, en la contemplación de la sucesión de los misterios, de los cuales cada uno bien nos revela la totalidad de Cristo, con todo acentúa un aspecto del mismo. El sentimiento de presencia- del cual hablamos más arriba - por el cual cada misterio se hace actual en la oración, se vincula con la presencia mística -pero, a la vez, real- de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. En otros términos, hay una analogía entre la presencia mistérica del Señor en el sacrificio de la Misa, y la que se da en la oración de cada cristiano.

15. Así se explica que la Contemplación para alcanzan amor, se considere, sea como la conclusión de todos los Ejercicios Espirituales y deba hacerse al final de los mismos -después de la contemplación de la Ascensión (EE.312)-, sea como un ejercicio que puede comenzarse ya en el curso de la Cuarta Semana -y aún de la Tercera-, sea finalmente como uno de los modos de orar, -como los otros que S. Ignacio, al término del libro de los Ejercicios, nos propone (EE.238-260)-.Estas diversas interpretaciones se fundamentan en diversos Directorios de los Ejercicios. Cfr. .MHSI .Directorio (primera edición), pp.322-323,459 y 735,768-769.

16. Los Padres de la Iglesia Latina, siguiendo a S. Agustín, han preferido el sentido de contemplan: es la interpretación de la antigua Vulgata, que traduce la palabra griega de S. Pablo por "speculantes". Los Padres Griegos, por el contrario -con San Juan Crisóstomo-, han optado más bien por el sentido de reflejar.

17. Cfr.MHSI Const. II, p.369 (Const.288).









Boletín de espiritualidad Nr. 45, p. 1-13.


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