La oración en el Evangelio (18)

J. Guillet





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Atardecer de la multiplicación de los panes. La multitud, entusiasmada por el milagro, rodea a Jesús para llevarlo triunfalmente y hacerlo rey. Pero El, conociendo todo lo que ese arranque espontaneo tiene de equívoco -y de contrario al plan de su Padre-, se oculta. Por la fuerza, arranca a los Doce de sus ilusiones, del impulso que los arrastra, y los hace subir a la barca. Con autoridad despide a la gente, y se enfrasca en la soledad para orar (Mt.14, 22-23 y Jn. 6,14-15).

Ejemplo clásico para quien se retira a hacer, durante algunos días, oración en soledad. Ejemplo que viene justamente a responder a las objeciones que uno oye -cuando va a hacer un retiro en la soledad- y que está tentado a decirse a sí mismo: entrar en Ejercicios, hacer un retiro...dejarse absorber durante cinco, ocho, o quizás más días, para preocuparse del estado de sí mismo, ¿no es quizás adjudicar, a sus problemas personales, la prioridad sobre lo esencial, o sea, sobre el servicio del Reino de Dios? ¿No es acaso caer en la tentación de abandonar las tareas que interesan a la humanidad, para buscar, en la soledad, un abrigo y una cómoda evasión para escaparse de sus responsabilidades?

Precisamente la conducta de Jesús es apropiada para disipar los escrúpulos semejantes. El también da la impresión de desinteresarse de los Doce, justo en el momento en que no son suficientes todos los brazos para remar contra la tempestad (Mt.14, 24 y Me.6, 48). Justo en el momento en el que, profundamente decepcionados por haber le visto rechazar la realeza que se le ofrecía tan magníficamente, ellos hubieran tenido más necesidad de ser esclarecidos y reconfortados. Pues esta es la hora que Jesús elige para aislarse en su oración. Prueba de que, ante el desconcierto de la multitud y ante la crisis por la que atraviesan los Apóstoles, lo más urgente para Jesús es mirar hacia su Padre y, para ello, retirarse a la soledad. ¿Existe una lección más impresionante?

Sin embargo, si queremos darle a este ejemplo toda su fuerza, habrá que procurar precisar su sentido a la luz de todo el Evangelio. Jesús pone entonces al descubierto, a la vez, dos ilusiones contrarias: la que rechaza el retiro y tiende a restringir la oración, bajo pretexto de eficacia y de generosidad en la acción; y la que busca, en el retiro, ponerse al abrigo de las realidades de la vida y del Evangelio, para evadirse en la búsqueda de satisfacciones seudoespirítuales.

Dos ilusiones contrarias, pero que, en realidad, son complementarias: desconocer lo que es, en el Evangelio, la oración de Jesús y -a su ejemplo- la oración del cristiano.

1. LA ORACION POR EL REINO DE DIOS.

La oración que nos enseña el Evangelio tiene por objeto el Reino de Dios.

Está claro que la oración, bajo la forma de una ocupación distinta del trato con los hombres, tiene un lugar importante en la existencia y en la actividad de Jesús.

Se lo ve entrar en oración, y salir de la oración. Al final de uno de esos momentos en que ciertamente les llamaría la atención la forma de orar el Maestro, los Discípulos les pidieron que les enseñara a orar; y Él les enseñó el Padrenuestro (Lc.11, 1).

Sobre la duración de esos momentos, sin tener suficientes precisiones, sabemos que se podían prolongar una buena parte de la noche, e incluso la noche entera (cfr.Mc.1, 35 y Lc.6, 12). Y sobre su frecuencia, podemos decir que, en ciertas épocas, la oración significaba una parte notable de la actividad de Jesús (cfr. Lc. 5,15 ss.)

Pero si, los Evangelistas recogen así un elemento que les parece importante en la vida de Jesús -y estamos hablando de su vida pública, y no de su infancia o de todo el tiempo que pasó en su casa y en su trabajo, antes de lanzarse de lleno a la predicación del Reino- , es evidente, por el contexto en el que sitúan esas horas de oración prolongadas, que a su modo de ver son inseparables de la actividad que ocupa las jornadas del Señor : el anuncio del Evangelio.

No hay uno solo de esos momentos de oración, tal como los relatan los Evangelios, que se lo pueda considerar como una huida del Señor hacia Dios, una soledad en la que el Hijo se retira para olvidar su misión, y saborear la presencia de su Padre.

Siempre que Jesús se pone en oración, es porque está cerca algún acontecimiento importante; y para que ese acontecimiento produzca su fruto, Él lo debe llevar, por así decirlo, a la oración.

San Lucas, el más atento en revelar la importancia de la oración en la conducta de Jesús, es también el evangelista en el cual la unión entre oración y acontecimiento es más manifiesta.

Jesús está en oración en el momento en que, terminado su Bautismo, el Padre lo reviste del Espíritu Santo, y lo envía al mundo como su Servidor, encargado de redimir los pecados de los hombres y de revelarlo a Él (Le.3, 21).

A veces se retira a los lugares solitarios, después de haber tenido una intensa actividad: predicación, milagros... (Lc.5, 16).

La vigilia antes de fijar definitivamente el grupo de los Doce que serán sus Apóstoles, columnas de su Iglesia, "...se pasó la noche en la oración de Dios..." (Lc.6, 12).

La oración del Señor precede la afirmación de Pedro: Tu eres “el Cristo de Dios" (cfr.Lc.9, 18-20). Y, al final de su vida, el mismo Señor le asegura a Pedro que ha rogado por él, "...para que tu fe no desfallezca" (Lc.22, 31-32).

Es "mientras oraba, (que) el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y...conversaban con El dos varones, que eran Moisés y Elías..." (Lc.9, 28-31). La Transfiguración del Señor, entre los dos anuncios de la Pasión, es fruto de la oración del Señor.

Es en el contexto de la enseñanza del Padrenuestro donde Lucas presenta las más apremiantes recomendaciones del Señor en favor de la oración de petición: “Estando El orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”. Él les dijo: 'Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre...’...Les dijo también: ‘Si uno de vosotros tiene un amigo...' (Y les cuenta la parábola del amigo que importuna, y consigue lo que pide). Yo os digo: 'Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá..." (Le.11, 1-13).

Jesús ora en el momento en que va ser prendido por sus enemigos: la oración en el Huerto, uno de los acontecimientos de la Vida de Cristo que narran los tres Evangelistas (Mt.26, 36-46; Mc.14, 32-42; Lc.22,40-45) , y que San Juan parece adelantar (cfr. Jn. 12,27-23), es una confirmación de la eficacia de la oración de petición : como dice la Carta a los Hebreos, "...habiendo ofrecido -el Señor- en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente..." (Iib.5, 7). No es que el Padre lo haya librado de la muerte -para la que había venido (cfr.Jn, 12,27 y EE.116)-, sino que lo arrancó de su poder (Hch.2, 24) y transformó esta muerte en una exaltación de gloria (flp.2, 9-11).

Todas estas oraciones, narradas por San Lucas, son inseparables de su misión, y de los gestos que, en orden a la misma, debe poner (19).

En otros términos, siempre que Jesús nos habla de la oración, la mira en la perspectiva del Reino.

Al hacer un recuento de las intenciones de las oraciones de petición que se encuentran en el Evangelio, queda uno sorprendido a la vez por su pequeño número y por su convergencia. A las peticiones del Padrenuestro, siete en San Mateo (cfr.Mt.6, 9-13), y cinco en San Lucas (cfr.Lc.11, 2-4), no encontramos para añadir sino muy pocas cosas: "...cosas buenas..." (Mt.7, 11), que San Lucas precisa como el "Espíritu Santo" (Lc.11, 12), "...por los que os persiguen"(Mt.5, 44), porque "no caigáis en la tentación" (Mt.26, 41), por la expulsión de los demonios (Mc, 9, 29), porque "...envíe obreros a su mies"(Lc, 10,2)

No salimos de las perspectivas del Padrenuestro y del Reino de Dios (20). La oración del cristiano no excluye ninguna necesidad humana, pero las ubica a todas en su lugar, en una comunidad en la que todos se sienten responsables de la subsistencia de todos; en la que reina, no la unión sin imperfecciones, sino el deseo permanente de superar las divisiones, perdonando y pidiendo perdón; en la que el pensamiento dominante es el cumplimiento de la Voluntad del Padre que está en el cielo, el advenimiento de su Reino de santidad. Todo es posible para el que tiene fe. Todos los milagros pueden salir de las manos de quien ha abrazado los deseos de Dios.

La verdadera oración tiene por objeto el Reino y cualquier oración no es oración si no está animada por esta fe.

2. ORACION EN LA ESPERA.

Buscar la voluntad de Dios, buscar el advenimiento del Reino, no es cosa de un instante. No basta una fórmula pronunciada, así sea lo más seriamente posible. La oración evangélica es una espera, porque es una oración de fe.

Esto es claro al oír a Jesús comparar la actitud de quien hace oración, con la instancia del hombre en una angustia o en un apuro cualquiera. Es también claro cuando lo vemos actuar, cuando vemos cómo sus milagros responden a la oración que se le dirige.

Es cierto que Jesús multiplica los milagros, pero no los propone como una mercadería atractiva, como un medio de hacerse público a toda costa. El no viene a hacer Milagros (cfr.Mt.4, 3-7). No los hace sino para responder al llamado de los hombres, y es necesario que este llamado se prolongue y se profundice para que se haga escuchar.

Sin duda que, cuando la miseria se presenta ante El, Jesús no se resiste a la piedad: el hambre, la enfermedad, las lágrimas...no las puede sufrir cerca suyo, sin acudir a remediarlas, y Lázaro no hubiera muerto, si Él hubiera estado en Betania (cfr.Jn.11, 21) .Pero, cuando no está sobrecogido por la silenciosa petición de la misma sería humana, Jesús parece tener necesidad de hacer esperar su respuesta. Es porque la respuesta se dirige a la fe, y la fe tiene necesidad de esta prueba, de esta especie de juego.

Jairo viene a buscar a Jesús, porque su hija está agonizante. Pero Jesús, contó si no viera la impaciencia y la angustia del padre, se detiene en el camino, y ocupa minutos irrecuperables en conversar con una mujer ya curada y que no tiene en lo que hace a su salud corporal- necesidad de Él. Como si quisiera dejarle su tiempo a la muerte, como si necesitara, para poder resucitar a la niña, que la fe de su padre haya conocido esta prueba suplementaria, y que le vengan a anunciar que todo se ha terminado, y que ya es demasiado tarde para molestar al Maestro (cfr.Lc.8, 40-49). Jesús de inmediato vuelve a interesarse en el padre atribulado hasta el colmo: "No temas, solamente ten fe" (Mc. 5,36). Todo depende de esta fe, y es necesario que Jesús la fortalezca por la prueba.

La misma manera de comportarse después de la Transfiguración con el padre del joven poseso (Mc.9, 23-24), con la cananea que le suplica reiteradamente por la salud de su hija (Mc.7, 27-29), con las hermanas de Lázaro, a quienes tanto amaba (Jn.11, 5), e incluso con su Madre en Caná (Jn.2, 4-5).

¿Cómo se explica esta espera impuesta por Jesús a sus amigos, aun los más queridos? ¿Querrá profundizar el deseo? Sobre todo lo quiere transformar en oración, en espera en la fe. Nos quiere hacer comprender, no de que duda en satisfacernos, sino, por el contrario, que Él es pura generosidad y pura fidelidad, y que rehúsa escucharnos mientras, preocupados por nuestra angustia, no hayamos descubierto la necesidad que Él tiene de socorrerla y de llenamos de su riqueza. ¿Qué le importa a El darnos, si no nos hace capaces de recibirlo a El mismo a través de sus dones? He aquí por qué nos hace esperar. Muestra suficientemente, por sus milagros inmediatos y aún no pedidos, como en la viuda de Naín (Lc.7, 13)- y por sus reacciones espontáneas ante las necesidades de los hombres -como en la multitud que lo había seguido por el desierto, y no tenía qué comer (Mc.8, 2-3) y que desfallecería en el camino de vuelta, que ni su poder ni su bondad tienen límite.

Estos signos deben bastarnos para asegurarnos en la fe, en la certeza de que sus dilaciones no son sino una manera mejor de escucharnos, revelándose tal cual es. Si satisfaciera nuestros deseos a medida que se los formulamos, nunca serían otra cosas que caprichos, nunca se podría hacer reconocer por nosotros. Enseguida abandonaríamos los regalos recibidos, y no seríamos para El más que "bebes". Jamás conoceríamos su fidelidad, por no haberle demostrado nunca la nuestra, ya que la fidelidad no se puede reconocer sino en el intercambio; y dos creaturas que se aman no están seguras de poder contar enteramente la una con la otra, sino después de haber conocido la distancia y la ausencia.

Dar su fe a alguien es no solamente aceptar, sino necesariamente querer que permanezca al menos un tiempo el silencio. Conservar la certeza de que Dios nos quiere darlo todo, cuando nuestras manos están vacías, es comenzar a comprender que Él tiene cosas mejores que damos que los "juguetes" que nos atraen; y que El necesita para eso ver hasta qué profundidades de silencio somos aún capaces de creer.

He aquí por qué Jesús reprocha tan duramente a aquellos para quienes ha multiplicado los panes, de buscarlo "…no porque ustedes vieron milagros, sino porque ustedes comieron pan" (Jn.6, 26). Del milagro -o signo- hecho por Dios de que Jesús lo podía todo, y de que era capaz de encargarse de ellos enteramente y que, por tanto, ellos necesitaban ponerse enteramente en sus manos, ellos no han retenido sino el beneficio inmediato: la alegría de una buena comida. Haciéndolo rey, ellos contaban solamente con prolongar esa facilidad y garantizársela a perpetuidad. Habrían hecho, de Jesús, un instrumento al servicio de sus deseos, es decir, un "ídolo”; y por eso Jesús se oculta ante sus aclamaciones. Desde el momento que Jesús es Rey, como lo prueba el milagro, es necesario hacerle confianza y comprometerse en su seguimiento hasta donde Él nos quiera llevar.

El silencio de Jesús delante de la Cananea -y mucho más su reticente diálogo- transforma en verdadera oración esos gritos de pasión, y abre la angustia natural al sentimiento profundo de nuestra necesidad de Dios. Cuanto más suplicamos, tanto más tomaros conciencia de que no sabemos lo que pedimos; tanto más descubrimos con que atención, con qué impaciencia por colmarnos, sigue Dios el progreso de nuestra espera.

¿Tiene, la misma oración del Señor, esta espera?

Es verdad que el Señor no vive en la fe: no ve "...en un espejo, confusamente... (Sino) cara a cara"(1 Co.13, 12). El ve obrar al Padre y, "lo que hace El, eso también lo hace igualmente el Hijo que el Padre quiere al Hijo, y le muestra todo lo que Él hace" (Jn. 5,19-20). Nunca hace nada por propia cuenta: "...el que me ha enviado, está conmigo; no me ha dejado solo..." (Jn.8, 29).

Y, sin embargo, lo vemos orar largamente (Lc.22, 44), suplicar con insistencia; y no para prolongar la dulzura de un diálogo celestial, sino "en angustia... (y) su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra..." (Ibídem).

En la oración de Getsemaní se reconoce el ritmo de toda oración: el llamado de la creatura que grita hacia Dios su angustia, y que se termina en la oración del Hijo atento a cumplir únicamente la Voluntad del Padre. Es cierto que la oración de la Agonía, como todo el terror de esa hora, tiene algo de excepcional; pero más de una palabra de Jesús nos prueba que Él ha vivido con el pensamiento de la "hora" que lo esperaba (Jn.12, 27; cfr.2, 4; 7,30; 8,20; 12,23; 13,1; 17,1.), en la que debía beber su cáliz (Me. 10,38) y sufrir su bautismo (Lc.12, 50).

Desde su bautismo, cuando confundido entre la multitud de pecadores , Jesús recibe, en el Espíritu, el amor de su Padre, y la misión que le hace cargar los pecados del mundo (Mt.3,16-17 y Jn.1,29) y desde la Transfiguración -en donde se le apareció a la vez "su gloria" y su "partida, que estaba por cumplirse en Jerusalén"(Lc.9,31)- hasta su último suspiro que, en el aparente abandono y silencio de Dios (Mt.24,43 y 46), Jesús se entrega a su Padre (Le.23,45), el esquema de toda oración del Señor es el reconocimiento y la aceptación de su misión, para que se manifieste la gloria de Dios Padre.

3. ORACION EN LA TENTACION.

Porque la oración es la espera de Dios "...que esconde su rostro" de su pueblo (cfr.Is.8, 17) a fin de hacerlo acceder a su gloria que quiere comunicarle, está frecuentemente -normalmente, diríamos-acompañada y amenazada por la tentación; pero es también la victoria del creyente sobre la tentación.

La fe se ignora a sí misma, mientras no haya conocido a la tentación; y no comienza sino en la tentación a penetrar el corazón de aquél que se fía en ella.

¿Cómo creer verdaderamente en la fidelidad de Dios, si yo no tengo ninguna apariencia que despierte sobre ella la menor duda? Hasta que yo no haya podido responder al Tentador, delante de los hechos que él me aporta para justificar sus insinuaciones, yo no sabría hasta qué punto descanso en Dios, hasta qué punto tiene mi fe. Y tampoco sabría hasta qué punto El la merece, y merece que me adhiera de esta manera a Él.

Que la hora de la oración es la hora de la tentación, lo sabe San Ignacio, y lo enseña, cuando advierte que es mal signo para el que hace los Ejercicios no ser tentado: debe ser, o llevado por el Señor, o probado por el tedio o la desolación ; y si no, "mucho le debe interrogar cerca los ejercicios, si los hace a sus tiempos... y cómo; asimismo de las adiciones...pidiendo -cuenta- particularmente de cada cosa de éstas" (EE.6). Si Satanás trabaja en un alma de buena voluntad, no es porque Dios esté lejos, sino que, por el contrario, es porque está muy cerca o a punto de actuar, y el adversario, que ha sentido venir el peligro, se esfuerza por interferir. Lección que San Ignacio recoge del Evangelio.

El primer paso de Jesús, después de la manifestación del Espíritu en el Bautismo, es, "empujado por el Espíritu" (Mc.1, 12), ir al desierto, para conocer allí la soledad y la tentación.

En Getsemaní, se sumerge en la soledad, en ella se vuelve a encontrar con el adversario. Jesús, en la hora en que va a conocer su tentación suprema en la oración, sabe que, al dejar a los suyos, los expone a la tentación -como los ha expuesto en la tarde de la multiplicación de los panes, obligándolos a embarcarse solos, mientras Él se quedaba en tierra-. La única defensa es la oración: "velad y orad, para no caer en la tentación" (Mt, 26,41). No para ponerlos a resguardo contra la tentación, sino para que no sean arrollados por su violencia.

Sólo la oración de Jesús nos preserva de sucumbir en la tentación. Los discípulos se duermen, incapaces de velar, incapaces de orar, incapaces de sostener la presencia aterradora de Satanás (Mt.26, 40-41). Pero, mientras ellos duermen, los guarda la oración de su Maestro.

Así como en la tempestad la oración de Jesús ha conseguido la fidelidad de ellos, así como ha obtenido que la fe de Pedro sobreviva a sus negativas, en esta hora de Getsemaní -de la que dependen los siglos y la eternidad, obtiene la fidelidad de su Iglesia, de sus santos y de sus mártires...la fidelidad de nuestra oración.

4. ORACION DE ACCION DE GRACIAS.

Ya se trate de la oración de Jesús, o de la que El pide a los suyos, permanece la misma característica esencial. En ninguna parte del Evangelio aparece la oración como una evasión del mundo, un momento que pasa en una esfera más pura, la de las "realidades espirituales" supra terrenales.

La oración requiere ciertamente algunas condiciones -en partí cular, la soledad (Mt.6, 6)- sobre las cuales Jesús insiste. Requiere tiempos consagrados: no se confunde con la actitud espontánea de la conciencia fiel. Pero el centro que la orienta y la polariza es, a la vez, terrestre y divino: es la obra de Dios, sus caminos, su Voluntad.

En el fondo, la forma suprema de oración evangélica es la del Padrenuestro:...santificado sea tu Nombre...". Fórmula aparentemente extraña, puesto que Dios nunca puede hacer otra cosa que poner de manifiesto su santidad. ¿Cómo puede esperar El, de nuestra oración, este resultado? Sin embargo, allí está lo esencial: orar, es obtener de Dios, a fuerza de súplicas, que revele, en su obra, su modo de actuar, su "brazo", su gloria. Porque esta obra es la obra de su generosidad; pero, ¿cómo podría dar Dios, si nadie es capaz de reconocerlo en sus dones? Orar así, no es solamente coincidir, por la voluntad, con la obra de Dios, sino que es la exultación de la gloria que ella revela.

Cuando la súplica alcanza este nivel, cuando verdaderamente está orientada hacia el advenimiento del Reino y de la gloria de Dios, se termina naturalmente en acción de gracias (21).

La acción de gracias es, sin duda, la forma más alta de la oración evangélica. Es algo muy distinto que el simple agradecimiento, por el que uno se descarga de la deuda de gratitud, precisamente para estar a mano y no deberle nada a su benefactor, es gozo maravillado ante los gestos de Dios, impulso venido desde arriba, que sobrecoge a la creatura ante la revelación de la gloria de Dios. Es algo distinto de una reacción meramente humana. Es el poder del mismo Dios que, después de haber producido sus maravillas, suscita en torno de ellas como un estremecimiento sagrado, la invasión de la alabanza en los corazones (22).

La acción de gracias, en los Evangelios, se profundiza a medida que su autor se aproxima a su centro, el misterio de Cristo -el de su muerte y resurrección, o Pascua del Señor-.

El hecho es especialmente sensible en Lucas, el evangelista de la oración y, a la vez, de la admiración y de la alabanza ante el misterio de Cristo (23).

Hay testigos de los milagros, que se encuentran por casualidad en el lugar de los mismos, y que, por el hecho de haber visto el prodigio, se sienten llevados por la admiración, y van por todas partes alabando a Dios.

Están además los actores más cercanos de cada hecho: los pastores de Belén, Simeón, Ana...que se hacen, ellos mismos, propagadores de la gran noticia, los primeros -y espontáneos- "evangelistas".

Están también los confidentes, Isabel y Juan Bautista, sensibles a la sola presencia del "misterio", e inmediatamente invadidos por la alegría que trae.

Está la Virgen María, puro servicio y pura acción de gracias, en quien la aceptación de la Voluntad de Dios es al mismo tiempo perfecta exultación.

Está, finalmente, el estremecimiento que "...llenó de gozo(a) Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: 'Yo te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra..." (Lc.10, 21).

Ahora bien, todos estos ejemplos coinciden en mostrar que la acción de gracias, ese movimiento del alma que es el más puro que el hombre puede conocer, aquél que, por algunos instantes benditos, lo arranca verdaderamente de sus preocupaciones y lo libra de sus pequeñeces, para volcarlo en el esplendor de la gloría divina, no lo hace extraño por eso a la creación de Dios, o indiferente a su obra, sino que, por el contrario, le hace percibir, en medio del mundo, la revelación de su gloria y de su rostro.

Los ejemplos más elevados son los más cargados de sentido. El Magníficat, expresión de la alabanza inmaculada, es la contemplación con la misma mirada embelesada de las maravillas realizadas por el Señor en favor de su sierva, y de la salvación que trae para el mundo de los pequeños y de los que tienen hambre y sed de justicia.

El caso del Señor es muy semejante. San Lucas relata su reacción ante el anuncio de los resultados obtenidos por los discípulos en su misión. En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: 'Yo te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños. Si, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito..." (Lc, 10,21). En el mismo jubilo Jesús abraza la gloría divina, y la ve manifestarse al mismo tiempo en medio del mundo, sobre los más -orantes, y en el intercambio inefable que une a las Tres Personas de la Trinidad. Es el mismo movimiento del amor, es la misma gloria, es la misma acción de gracias.

Así es también la acción de gracias del cristiano. Como hijo del Padre, participa, en el Espíritu Santo, de la alegría del Hijo muy amado. Tiene, en Dios, su foco y su amor; pero es sobre la tierra y entre los hombres, en el seno de la Iglesia, de sus angustias, de sus esperanzas, de sus tristezas, de sus gozos, que vive esta intimidad, que descubre este gozo y esta gloria.

5. LA ORACION SACERDOTAL.

La oración que en el Evangelio de San Juan concluye el sermón de la Cena, contiene, en ella sola, todos los aspectos de la oración cristiana, y todas las riquezas de la oración del Señor. Nos revela el secreto de tantas oraciones silenciosas, de las que el Evangelio no nos dice nada, a no ser que ellas preparaban y acompañaban su acción. A la luz de esta última oración, las pocas palabras escapadas de su silencio y recogidas por sus discípulos, se reúnen y se aclaran, revelándonos su secreto supremo.

La oración sacerdotal es evidentemente una oración en el tiempo: se sitúa justo después de las últimas palabras con que Jesús instruye a los suyos, y justo antes de su Pasión.

Sin embargo, el Evangelio no nos permite decir exactamente ni dónde ni cuándo fue pronunciada. La única precisión que nos da San Juan es que esta fue la oración de Jesús en el momento en que le llegó "su hora" (cfr.Jn.17, 1).

Es menos una oración situada en un momento preciso y limitada al momento presente -como las oraciones contadas por los otros Evangelistas-, que una oración extendida sobre toda la Pasión. Hablando propiamente, esta oración es el interior mismo de la Pasión, el acto supremo de Jesús que entrega su vida, acto de sacerdote y de víctima, gesto de sacrificio, sin el cual los episodios del drama, hasta la crucifixión, se reducirían a una ejecución inicua. Es el mismo misterio de la Pasión y de la Resurrección del Señor.

Este es un misterio de oración, o mejor, es la oración que expresa el fondo del Misterio. Lo que ha sucedido en esta hora es, más profundamente que en todos los ultrajes y en todos los suplicios, el encuentro del Padre y del Hijo. Encuentro que todavía es una súplica cargada de todos los sufrimientos de la Pasión, pero que ya toma el tono de la acción de gracias: "He terminado la obra que Tú me has encomendado...He manifestado tu Nombre a los hombres...y ellos han guardado tu palabra...han creído...ninguno de ellos se ha perdido... Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que Tú me has dado...para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo ellos" (Jn.17, 4-26). Encuentro que se realiza en una intimidad perfecta, pero que abarca a toda la Iglesia, y la introduce en lo más profundo de esta intimidad.

En ninguna parte, la unidad del Padre y del Hijo se manifiesta con esta luz; pero tampoco en ninguna parte aparece más totalmente abierta, acogiendo a todos los hijos del Padre en este único amor a todos.

El signo de que el Padre ha escuchado la oración de su Hijo es que sus discípulos la pueden volver a decir después de Él. La Iglesia, para la que rezaba el Señor, tiene por oración propia el Padrenuestro. Ahora bien, el Padrenuestro no hace más que retomar - y a veces en los mismos términos - la oración sacerdotal: el cuidado por el Nombre del Padre y por su gloria, el celo por su Reino, el cumplimiento de su Voluntad, la unidad entre los hermanos, la liberación del mal (24).

Nuestra oración es la oración del Señor» la que Él nos enseñó; pero también la que está en el fondo de su corazón. Así como la oración sacerdotal expresa no solamente el alma de Jesucristo y sus sentimientos, sino todo lo que Él es y todo lo que Él hace, así también la oración del cristiano -el Padrenuestro- debe expresar lo que él es: el hijo del Padre, que vive para su gloria, lo mismo que la Pasión no sería, sin la oración sacerdotal , más que una horrible iniquidad; y que sin la Pasión, la oración sacerdotal no sería más que una hermosa elevación hueca y vana, así la oración y el servicio efectivo son las dos caras inseparables de la vida del cristiano. Sin acción eficaz, su oración no es más que una ilusión; y, sin oración, su acción no es más que un impulso natural (25).

En la oración, el cristiano dice al Padre lo que hace a lo largo de la jornada: su oración, en primer lugar, y su misma vida, recibidas ambas de las manos del Padre, y vividas en la alegría de darle en ellas todo consagrado.




Notas:

(18) Hemos traducido, para completar el trabajo de Courel, el artículo que hace algunos años publicó J.GILLET, PRIERE evangelique et retraite, CHRISTUS, 10(1956), pp.241-254, Hemos prescindido de las referencias continuas que el autor hace a los "retiros ignacianos"; y hemos completado, con notas al pie de página, el texto original del autor.

(19) Puede verse la doctrina del Evangelista San Mateo en la nota 3,5, de la Biblia de Jerusalén a Mt.6, 5; y la enseñanza concreta de Jesús, en la nota a -Mt.14, 23. En cuanto a la doctrina de San Pablo, véase la nota a Rom.8, 27.

(20) Esto no puede significar poner, al objeto de la oración, límites. No hay nada que no pueda tema relación con el Reino: pan, trabajo, salud...y aún viajes prósperos, buen clima, etc. Y sólo el Señor sabe si, de hecho, tiene esa relación. Una petición hecha con sinceridad al Señor -cualquiera sea su objeto- no es viciosa por razón de su objeto, sino por razón de la intención última de quien pide. Es una postura elitista - o etícista - considerar que una oración de petición no es buena porque no pide solamente el Reino. También es una postura etícista considerar que no es válido un gesto gratuito en honor de Dios -una flor, una vela que se consume, etc. etc.-: es no tener en cuenta -se dice- el "sacramento del hermano”. Por algo dijo el Señor que el gesto gratuito de María, al derramar un perfume en sus pies, sería recordado "...dondequiera que se proclame la Buena Nueva" (cfr.Mt.14, 9). Una manera de recordarlo es imitarlo.

(21) O en arrepentimiento, si en algo he procedido mal durante la oración. San Ignacio recomienda que, al término de cada hora de oración, "...por espacio de un cuarto de hora -o en un tiempo proporcional al de la oración hecha- (mire)... cómo me ha ido; y si mal, mirare la causa...y así mirada, arrepentirme...; y si bien, dando gracias, a Dios nuestro Señor..." (EE.77). El examen de oración es, para Ignacio, es oración; y es una oración que siempre se resuelve en arrepentimiento o en acción de gracias, y estos dos sentimientos son los mejores con que podemos acercarnos a tratar con nuestros prójimos. Decíamos por eso más arriba -pp.6-7- que no deberíamos acabar nuestra oración ordinaria sin hacer un rato de examen de oración.

(22) Es frecuente encontrar en los salmos - la oración de la Sinagoga que la Iglesia, en el breviario u oración de las horas, ha hecho propia- la expresión: un canto nuevo (Slm.40, 4; 144,9; 149, 1, etc.etc.). Pues bien, este canto nuevo es la acción de gracias que brota del corazón del Salmista al contemplar un acontecimiento salvífico de Dios, una de sus magnalía en favor de su Pueblo. Un ejemplo, en el Antiguo Testamento, es el cántico de Moisés (Ex.15, 1-19), que celebra la gesta de Dios contra los Egipcios; y el cántico de Judit, en Jdt, 19,1-17. Y, en el Nuevo Testamento, el Magníficat, que es un midrash de otros cánticos del Antiguo Testamento (ver nota dé la Biblia de Jerusalén).

(23) Cfr.Lc.4, 15, con la nota de la Biblia de Jerusalén.

(24) Para ser más exactos, el Malo. El misterio del Malo puede ser expresado en lenguaje más conceptual - o abstracto como lo han hecho los Concilios (cfr. Fe cristiana y Demonología, BOLETIN DE ESPIRTUALIDAD n.43,pp, 14-.21; pero los Padres (ibídem, pp. 13-14) -y, en su tanto, la Liturgia(ibidem,pp. 21 -24) - ,que tratan de ”...moverlos afectos para en todo amar y servir a Dios nuestro Señor..."(EE.563) , hablan, en una forma más personal y concreta, del Malo.

(25) El autor habla de una compenetración de oración y de acción. Nadal hablaba de un círculo de oración y de acción; "Este es el circulo que yo suelo decir...: por lo que vos hicisteis con los prójimos, y servisteis en ello a Dios, os ayuda en casa más en la oración y en las ocupaciones que tenéis para vos; y esa ayuda mayor os hace que después con mayor ánimo y con más provecho os ocupéis con el prójimo. De modo que un ejercicio ayuda a veces al otro, y el otro a éste..." (cfr. J.NADAL, Plática de, Alcalá-tercera, de 1561- n, 40). El B. Fabro agregaba, además un orden a este círculo; el hombre de acción debe ordenar la oración a la acción, y no - como el contemplativo - la acción a la oración (cfr. BOLETÍN DE ESPIRITUALIDAD n.42, p. 2).









Boletín de espiritualidad Nr. 45, p. 14-26.


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