Nuestros mayores

F. Lérida sj





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0. INTRODUCCION *.

El 8 de diciembre de 1917, el Prepósito General de la Compañía de Jesús, Vlodimiro Ledochowski, fundaba la Provincia jesuítica Argentino-Chilena. Aparecía, en 1918, el primer tomo de las “Cartas y datos edificantes de la nueva Provincia”. Recorriendo esa publicación, se tiene la impresión de que este nuevo estado jurídico despertó una auténtica conciencia histórica.

La síntesis que publica el P. Lérida y que publicamos en este BOLETIN DE ESPIRITUALIDAD, es una muestra de ello. Pero, además, otros datos resultan significativos. Apuntemos algunos.

El flamante Provincial, P. José Llusá, acompañado de los PP. Isola y Beriguistáin, visitaban las antiguas Reducciones de las provincias argentinas de Corrientes y las del Paraguay. En sus comunicaciones epistolares se advierte el deseo de conectar lo que veían sus ojos con lo que allí había acontecido, con continuas referencias a las obras históricas del P. Hernández y del P.Gambón. Sobreabundan las referencias a esta experiencia evangelizadora de nuestros mayores, como a una gracia fundante, a la cual debe conectarse la presente estrategia apostólica.

En este mismo tomo se publican antiguos documentos sobre el estado de las Provincias de Chile y Paraguay poco antes de la expulsión, y en la misma selección de las cartas y noticias que se editan, se marca un deseo de continuidad con los ministerios de la vieja Provincia. De esta forma aparecen enfatizadas la imagen del misionero, con buenas páginas dedicadas a las actividades de los Padres. Crespí, Isola y Monserrat; la tarea de los colegios y sus proyecciones apostólicas en las misiones; las Congregaciones Marianas y los catecismos.

La actividad de los Ejercicios Espirituales es relatada con profusión, dedicando una larga relación a la Casa de Ejercicios de Cura Brochero en Córdoba.

Los recuerdos que nos fundan tienen la virtud de unir, de hacer familia. Es algo así como llamar a muchos a participar de la gracia común - aún a los lisiados y abandonados en las plazas El recorrido de este tomito del año dieciocho por todas las obras tiene sabor de convocación, y perfila a un grupo de hombres que se sienten llamados a formar un cuerpo: su Provincia.

Dentro de esta tónica general, el escrito del P. Lérida es una buena síntesis, suficientemente documentada. Son continuas las referencias a las obras de Charlevoix, Astrain, Toscano, Pablo Hernández, y a los documentos de Pastells.

Hemos extractado del escrito lo que nos pareció de mayor interés. En el disponer de los datos y hechos históricos, el P. Lérida marca algunas constantes que hacen al meollo de su narración y quizá resulte oportuno anteponer a la trascripción.

La idea-fuerza de su escrito es la constatación de una experiencia de grandeza evangélica que nos determina y a la cual hay que referirse ineludiblemente, so pena de perder nuestra identidad.

Esa experiencia histórica primera y fundante esta resumida en dos principios que él explicitará al comienzo: "En estos dos principios tan diversos se puede ver simbolizada toda la historia de la antigua Provincia del Paraguay: por una parte, constantes, triunfos evangélicos; y por otra no menos perseverantes sufrimientos; lo que tuvo en su nacimiento, tuvo en su vida y tuvo también en su muerte".

"Los triunfos evangélicos" recuerdan la abundancia de gracias de las primeras comunidades cristianas. Y estos "triunfos" están señalados por las rápidas conversiones, por los buenos frutos que ya dan o pueden esperarse de nuestros evangelizados, por el cariño que los misioneros despiertan en los sencillos, por la multiplicación de los operarios y por la expansión fundacional.

En la respuesta al por qué de estos "triunfos" con tan pocos sujetos, hay una clara referencia a una Gracia que ha sido correspondida. En el capítulo, sobre las "virtudes religiosas" -capítulo que no trascribimos- connota esta fidelidad diciendo que estaba fundada en el desinterés, el celo apostólico unido a la virtud de la pobreza, y la humildad en la persecución.

Transcribimos ahora los testimonios con que el P. Lérida avala sus afirmaciones.

El P. Rodrigo de Cabredo, como Provincial del Perú, vino a visitar a los Padres de la incipiente Provincia del Paraguay, y escribe en estos términos al P. General : "Puedo certificar a Vuestra Paternidad que los días que estuve en su compañía fueron para mí los de mayor consuelo que he tenido en mi vida. Vi aquellos religiosos en quienes está embebido el espíritu de nuestra Compañía: humildes, pobres, mortificados, que comen mal y duermen peor, visten muy pobremente, y están contentísimos y sanos y favorecidos de Nuestro Señor en la oración, y unidos estrechamente con su Divina Majestad y entre sí con el vínculo de la verdadera caridad. Varones que con la divina gracia procuran la salvación de sus almas y con la misma intensamente la de sus prójimos, quibus mundus crucifixus est...Hallé que estaban tan bien recibidos en aquella tierra, que ellos eran, como he dicho, varones apostólicos de ella...Dígolo así, porque no entiendo que falto a la modestia en darles esta alabanza, sino que refiero verídicamente lo que vi, y para dar gloria a aquel Señor, a quo datum est optimum et omne donum perfectum…”

El P.Antonio Ruiz de Montoya, en un Memorial al Rey habla así de las necesidades de los misioneros:"Será bien, Señor, que sean examinados testigos y pregúnteseles: ¿qué casas habitan estos religiosos? Son unas pobres chozas pajizas. ¿Qué ajuar poseen? El breviario y manual para bautizar y administrar sacramentos. ¿Qué sustentó tienen? Raíces de mandioca, habas, legumbres, y es testigo la Majestad de Dios que en pueblos de gentiles se pasaban las veinticuatro horas en que el informante y sus compañeros ni aún raíces comían, por no pedirlas a los indios, recatando el serles cargosos, trabajando con ellos todo el día en catequizar, predicar, bautizar, confesar y curar almas y cuerpos ; a cuyos trabajos rindió el alma, en manos del informante, el P.Martín de Urtasún, nobilísimo navarro y mayorazgo, que renunció para morir en los brazos de tan apostólica pobreza, la cual al informante y a sus compañeros tuvo ya a pique de entregarlos a la muerte. A la misma pobreza rindiéronse los PP. Diego Ferer y Nicolás Ignacio y otros muy lúcidos sujetos, y a quienes no la edad, pues eran mozos, sino la misma miseria de dormir sobre un poco de paja o algún pellejo, los arrebató…".

Si de las selvas paraguayas se pasa a los Valles de Catamarca, la situación no cambia mucho, y así de éstos misioneros escribía el P. Torres: "Si el fruto es a la medida de los trabajos y peligros que en ella pasan, será muy grande. Su comida es un poco de harina de maíz en agua, y por las fiestas algunos fríjoles; su cama es el suelo, sin más que unas frazadillas; su ordinario caminar es a pie, por caminos y resbaladeros tales que los obliga a echarse de rodillas a cada paso para decir las letanías, o para que los Santos los libren, o para dar gracias a Dios que los ha librado…”.

La paciencia en las persecuciones, aunque habría muchos otros ejemplos, la concretiza el P. Lérida citando a Charlevoix que habla de la actitud del P. Boroa con ocasión de la persecución del Obispo Cárdenas. El texto dice así: "Siendo por naturaleza -se refiere al P.Boroa - la misma cólera, por la gracia y la mortificación la misma mansedumbre...conservó sin quejarse verdadera paciencia. Fue con manos violentas en el colegio del Paraguay derribada su veneranda persona, arrastrada y ultrajada: venció la mortificación y la gracia a los efectos de la injuria. Ni chistó ni se quejó...".

El escrito del P. Lérida comienza citando las proféticas palabras del P. Muriel -último Provincial del Paraguay- y termina con una minuciosa descripción de las vicisitudes por las que pasó el establecimiento definitivo del Noviciado.

Estos hombres de la nueva Provincia vieron muy claro que no hay herencia sin herederos, pero aprendieron duramente que a las cosas valiosas hay que saber esperarlas.

I. LAS ANTIGUAS PROVINCIAS DE PARAGUAY Y CHILE.

Resucitadas las antiguas Provincias del Paraguay y Chile con el nuevo título de "Provincia Argentino-Chilena”, ésta debe considerarse como moralmente sucesora en los trabajos, en las glorias y en las virtudes de aquellas.

No sólo posee el mismo territorio y hasta goza de algunas de sus históricas y venerables casas, sino que los mismos extraños nos consideran a nosotros sucesores directos de aquellos antiguos Padres; los buenos para ver reflejada en nosotros la gloria de los antepasados y resucitada su virtud, y los enemigos para envolvernos en el mismo odio con que aborrecen la obra de la antigua Compañía.

La historia de las Provincias de Paraguay y de Chile es como nuestra historia antigua, que nos toca a nosotros más de cerca; sus nombres indígenas que para otros resultan bárbaros para nosotros son nombres como de herencia familiar y tienen un dejo de sagrado y espiritual que regala el alma con el recuerdo de los héroes que vivieron la vida del apóstol en medio de las selvas y montañas, entre tribus de indios y pueblos nacientes.

Cuando llegaron los tristes días del destierro y de la muerte de la antigua Compañía, los últimos Padres murieron con la esperanza en Dios de que tendrían sucesores. El P. Muriel, último Provincial del Paraguay, nombrado para consolar las amarguras de la tierra extraña, y para que en sus brazos muriese la Provincia, hablando a to dos sus hijos, decía en una carta que les dirigió excitándoles a conservar su espíritu : "Confío que no está seco este ramo, que aún vive en él el espíritu de S. Ignacio y que sepultado al presente con lo impetuoso del tiempo, ha de brotar en su primavera más florido y más fecundo que jamás...No sabemos lo que nos está para suceder; Dios lo sabe y esto basta; lo que a nosotros toca y nos importa es conservar el espíritu de nuestra vida aún en la muerte, aun cuando los huesos de nuestro cuerpo estén destroncados y esparcidos por las encrucijadas y campos...". Desarrolla luego y aplica la visión de Daniel, en la que hizo revivir y convirtió en ejército poderoso y grande un campo de huesos áridos y dispersos y a continuación añade: "Dios se hará oír y con la virtud de su palabra resucitará con nuevo espíritu la Compañía de Jesús... Se trata de destruirla, y puede ser que Dios se valga de este medio para reedificarla. Yo lo concibo así...Conservad su espíritu, con la esperanza de verla resucitar".

Esto que en general refería el P. Muriel a toda la Compañía, y en particular a su Provincia del Paraguay, se ha cumplido plenamente con la rehabilitación absoluta de aquella en todo el mundo y con la elevación de la Misión Argentino-Chilena a la categoría y derechos de Provincia

Por esto debemos enlazar nuestra historia nueva con la suya antigua. Con una mirada al pasado, veremos la grandeza de nuestros mayores y nos moveremos a que nuestra vida corresponda a la suya, no degenerando, como hijos buenos, del honor y virtud de nuestros Padres.

1. FUNDACION Y DESARROLLO DE LAS PROVINCIAS del Paraguay y Chile.

1.1 Entrada en Tucumán.

Con ocasión de reunirse en Lima el Tercer Concilio Provincial, bajo la presidencia de Santo Toribio de Mogrovejo, desde el 15 de agosto de 1582, hasta mayo de 1584, llegó a tomar parte en él, en marzo de 1583, Don Francisco de Victoria, dominico Obispo del Tucumán y sufragáneo de Lima. Conoció allí a los Padres de la Compañía, que tomaron parte muy activa en el Concilio, toda vez que por su mandato se les encargó la redacción de un catecismo en las lenguas indias más generales, el aimara y el quichua. Vivamente penetrado el Obispo Victoria, por una parte de las grandísimas necesidades de su diócesis, de la que había tomado posesión por medio de procurador, y de la utilidad y valer que como misioneros aptos para el trato con los indios reconoció en los jesuitas, no tardó en escribir con gran instancia para que se le remitiesen misioneros de la Compañía. Y en verdad que los necesitaba; varias ciudades de españoles, más de cien mil indios conocidos para adoctrinar, y otros muchísimos por conocerse, constituía la población de su diócesis: y para todos ellos, sólo contaba con cinco sacerdotes ; y como quien mucho desea una cosa da todos los pasos para conseguirla, no se contentó con apremiar al F. Baltazar de Piñas, Provincial del Perú, para que le enviase misioneros ; sino que mostrando los arranques de su espíritu emprendedor y fogoso, fletó él por su cuenta una fragata construida en Buenos Aires y el 20 de octubre de 1586 envió en ella a Diego de Palma Carrillo y al ejemplar sacerdote Francisco de Salcedo, con cartas para el V.P. Anchieta, Provincial del Brasil, en que le suplicaba le enviase misioneros.

Había llegado la hora en que la Compañía entrase a trabajar en los territorios del Paraguay y Tucumán, porque el pedido fue atendido por los sucesores de los dos Provinciales citados.

1.2 Las dos corrientes de misioneros.

La misión que vino del Norte, dejando a sus espaldas a Potosí y Tarija, entró en su nuevo territorio como a banderas desplegadas. Salta que en cuatro años de fundada no había visto un sacerdote, tuvo el honor y la gracia de ser la primera ciudad en que misionaban los nuevos operarios evangélicos, a los que recibió como ángeles del cielo. Pasaron a Esteco y finalmente, por una carta apremiante del Obispo Victoria, bajaron a Santiago del Estero, capital entonces de la Gobernación y sede de la mitra. Esto sucedía el 26 de noviembre de 1585. A los pocos días pusieron manos a la obra, y mientras que el P. Angulo se quedaba en la ciudad como atado con el cargo de Comisario del Santo Oficio, salió el P. Barzana a llevar a los indios la luz del Evangelio, con tan buen éxito que, además de aprender varias lenguas, volvió al poco tiempo trayendo por botín de su conquista espiritual él bautismo de 2.424 y el matrimonio de 2.574 infieles ganados para Cristo en sólo los tres primeros meses de apostolado.

La misión enviada desde el Brasil tuvo por cierto una odisea bien distinta. Salidos de Bahía a 20 de agosto de 1586 y haciendo largas escalas en las Capitanías de Espíritu Santo, Río de Janeiro y San Vicente llegaron a 4 de agosto del año siguiente a la boca del Río de la Plata ; pero aquí comenzó su calvario cayendo en las manos de un corsario inglés llamado Roberto.

Veintidós días anduvieron corriendo las costas americanas con increíbles sufrimientos y al fin los dejaron en un navío, sin piloto, sin velas, sin ancoras ni cables, con un poco de lastre y otro poco de harina, más cinco pipas de agua para ciento veinticinco personas; dieciocho días después entraban en Buenos Aires, cubiertas las escuálidas carnes con unas camisas desgarradas .

En éstos dos principios tan diversos se puede ver simbolizada toda la historia de la antigua Provincia del Paraguay: por una parte constantes triunfos evangélicos y por otra no menos perseverantes sufrimientos; lo que tuvo en su nacimiento tuvo en su vida y tuvo también en su muerte.

Los fundamentos de la futura Provincia del Paraguay estaban echados. Su primer catálogo era muy reducido; con residencia en el Colegio del Santo Nombre de Jesús, en la ciudad de Santiago del Estero, aparece de Rector el P. Angulo, el P. Gutiérrez tiene la clase de latín, y del servicio doméstico está encargado el H. Villegas. Los Padres Barzana, Ortega, Saloni y Fields se dedicaron a misionar por las indiadas que recorrían las riberas del Salado. En 1587 estos tres últimos Padres pisaron por primera vez la tierra paraguaya y fueron recibidos en la Asunción, como dos años antes lo habían sido los Padres del Perú en el Tucumán.

1.3 Entrada en Chile.

En el año 1593 el Provincial del Perú, Juan Sebastián, firmaba la carta de obediencia enviando a Chile a los Padres Baltazar de Piñas, Luís de Valdivia, y otros más. Su viaje a Santiago de Chile, comenzado en Callao a 9 de febrero, tuvo algo de la prosperidad de la expedición del Norte a Tucumán, y algo de las peripecias de la del Brasil, pues estando ya frente a Valparaíso y tocando casi la tierra, una violenta tempestad los arrastré mar adentro y por gracia de Dios pudieron, poder fondear al fin en Coquimbo entre gravísimas dificultades. Pasajeros, marineros y jesuitas se dirigieron en devota peregrinación a pie y descalzos a la ciudad de La Serena, en cuya iglesia de San Francisco entraron a dar gracias a Dios que los había salvado de las olas.

1.4 Los tres núcleos de expansión.

Santiago del Estero, Asunción y Santiago de Chile, fueron los tres núcleos de los cuales comenzó el desarrollo de las históricas Provincias. De cada uno de estos centros se fueron extendiendo diversas ramificaciones a una y otra parte, pues las ciudades que conocían por fama o por experiencia la abnegación sacrificada de nuestros primeros Padres, no dejaron piedra por mover para tenerlos en residencias fijas. La primera de éstas la tuvo la capital de Tucumán con el P. Angulo ya en 1585; la segunda se estableció en la Asunción, cabeza del Paraguay en 1587; y finalmente en 1593, abrían los Padres de Chile la residencia de Santiago.

De Santiago del Estero nació Córdoba en 1599, que llegó a ser dentro de poco, y lo fue siempre, como el corazón de toda la Provincia paraguaya. Tucumán y Salta tenían también casa de la Compañía, pero sólo servían de residencias transitorias para cuando los Padres establecían en ellas algunos centros de misión. Diez años más tarde, en 1610, a instancias del ilustre Gobernador Hernado Arias de Saavedra, se fundaba casa en Santa Fe.

Este desarrollo en el campo de operaciones supone naturalmente el crecimiento del personal.

2. TRABAJOS APOSTOLICOS de ambas Provincias.

En 1607 fue erigida la Provincia del Paraguay. En 1614 esta Provincia contaba ya con ciento veintidós sujetos repartidos en dieciocho casas.

En 1625 Chile se separa como Vice Provincia, con dependencia del Perú. Además de la parte trasandina, se le adjudicó la residencia de Mendoza y por lo tanto le pertenecieron también las que nacieron de ésta, a saber San Juan y San Luis

2.1 Ministerios.

Desde la llegada de nuestros primeros Padres hasta la expulsión ejercitaron con tesón heroico y celo apostó lico los ministerios espirituales con los españoles criollos e indios y negros de la servidumbre. -A los ministerios ordinarios de administración de los sacramentos, enseñanza del catecismo, misiones, Ejercicios y Congregaciones Marianas, hay que añadir el servicio prestado a los españoles e indios como capellanes militares, y la asistencia a los atacados en tiempo de epidemia, tan frecuentes en estas tierras.

La importancia que daban nuestros Padres -al ministerio de los Ejercicios Espirituales se verá bien claro por las numerosas casas que para darlos levantaron en las dos Provincias. En la de Chile había ocho al tiempo de la expulsión. En la de Paraguay, había en Buenos Aires, en la Asunción, y se daban en otros colegios de la Provincia.

2.2 Educación.

Bien puede decirse que nuestros misioneros iban fundando escuelas a su paso pues tan pronto como establecían casa en alguna ciudad, destinaban alguno de sus aposentos para la enseñanza rudimentaria. No sólo las poblaciones españolas sino que las mismas tribus indias vieron alzarse la escuela a par del templo y aprendieron a leer tan pronto como supieron rezar.

El número de asistencia a la escuela especialmente entre los indios, es muy consolador y significativo; a la de Asunción en 1611 acudían como cuatrocientos y a la de Santo Tomé, que sólo tenía mil cuatrocientas familias acudían novecientos muchachos a la escuela.

Otro frente educativo, amén de estas escuelas de primeras letras, lo constituían los grandes colegios que se abrieron en las capitales, tejiéndose con ellos una verdadera red que se extendía del Pacífico a las riberas del Plata. Tarija, Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba, Asunción, Santa Fe, Buenos Aires, pertenecían a la Provincia Paraguaya, mientras que por el lado de Chile se abrieron en Santiago, Quillota, La Serena, Concepción, Buena Esperanza, Castro, Mendoza y San Juan. Algunas de estas ciudades tenían dos colegios, como Buenos Aires el de San Ignacio y el de San Telmo. En Córdoba, además de la famosa Universidad, teníamos el Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat. En Santiago de Chile, fuera del Máximo, que tenía los privilegios de Universidad, había el Convictorio de San Javier y el Colegio de San Pablo y en Concepción, además del Colegio, estaba el Convictorio de San José.

Entre estos colegios hay uno que merece especial mención, y es el levantado en Chillán para indios, hijos de caciques y principales indígenas.

También el Colegio Máximo de Córdoba gozaba de los privilegios y atribuciones de Universidad.

También en el campo educativo la Compañía tenía la dirección de dos Seminarios, el de Santiago del Estero, que servía para toda la Gobernación de Tucumán, y el de Santiago de Chile.

2.3 Reducciones.

Su principio se remonta al año de 1610 en que se internaron en la selva tres binas de misioneros; los PP. Grifi y Roque González de Santa Cruz, cruzando el río Paraguay, entraron entre los Guaycurúes; el P. Marcelo de Lorenzana con el P. Francisco de San Martín, bajó hasta el Paraná, y los dos Padres italianos, Cataldino y Mozetta, subieron hasta el Guayrá. Dios bendijo su trabajo y a su alrededor, especialmente de los últimos, se fueron reuniendo grandes agrupaciones de indios que formaron las primeras reducciones.

Pueblos guaraníes: el núcleo principal de las famosas misiones guaraníes se formó próximo a las orillas del Paraná y Uruguay. Su crecimiento fue muy rápido aún en medio de las malocas y de los trabajos de la traslación. En 1633, según una Real Cédula, había unas veinte reducciones con más de setenta mil almas.

Reducciones entre otros pueblos: desde la frontera norte por Bolivia hasta la Patagonia, el territorio estaba ocupado por reducciones. En la tierra de los Moxos en las riberas del Mamoré y del Beni, la Provincia del Paraguay conducía quince reducciones, y otras diez en la tierra de Chiquitos al este de Santa Cruz de la Sierra y al oeste del río Paraguay.

En la jurisdicción actualmente argentina nos da la historia los nombres de muchas reducciones, desde las montañas jujeñas hasta las proximidades de las sierras cordobesas. “Una línea de misiones -dice el historiador Toscano- se abre por el oeste en una extensión de más de mil kilómetros que abarca el extensísimo Valle de Calchaquí, desde la región norte, hasta los límites por el sud en Balasto y la continuación de los diversos valles y territorios habitados por las famosas tribus Diaguitas que confinan con La Rioja. En el centro mismo de aquel valle tan lleno de fama por las proezas de sus hijos, se estableció la misión de San Carlos, destruida en 1658 por el simulado inca el andaluz Bohórquez”. La población actual de San Carlos data de la época de esta misión. Por el la do sud, queda aún la misión de Santa María, y luego seguían otras habitadas por Diaguitas. Misiones había también en las márgenes del Rio Negro y del Ledesma, cerca de Jujuy, y subían hasta Humahuaca, en cuyas proximidades estaba Uquía, donde se cree que descansan los restos del benemérito P. Lozano, y finalmente llegaban hasta la puna de Jujuy y los límites actuales de la Argentina. Sobre el Bermejo estaba la misión de San Francisco de Regis y sobre el Salado se levantaron siete misiones célebres. El afán por las nuevas conquistas de infieles no se extinguió nunca en la Provincia del Paraguay, y como si no bastasen las misiones ya fundadas, seguían levantándose otras nuevas con indios recién convertidos. En la Provincia de Buenos Aires los PP. Falkner y Cardiel fundaron en 1747 la misión de la Virgen del Pilar. Al año siguiente los PP. Balda y Biller levantaron la reducción de la Virgen de los Desamparados, junto al Río Colorado.

Ni era por entonces la primera vez que los jesuitas recorrían esas regiones del sud, ya que desde el colegio de Buenos Aires habían acompañado a los Gobernadores en sus expediciones a la Patagonia, que ellos aprovechaban para sus trabajos evangélicos.

Misiones en Chile: el P. Mascardi, Rector de Chiloé, recorrió la Patagonia hasta el Atlántico.

Las misiones que se mantuvieron con alguna fijeza fueron las del Imperial, Chillan, Boroa, Repocura, Purén, Buena Esperanza, Coluél, Nahuel Huapí y Chiloé. Cada una de éstas era como un centro, que extendía su radio de acción por todas direcciones, estableciendo capillas entre tribus más o menos salvajes; así, por ejemplo, sólo la misión de Chiloé contaba no menos de setenta capillas, con un total de dos mil doscientas ochenta y dos familias

II. LA EXPULSION.

El decreto de Carlos III que se cumplió en España el 2 de abril de 1767 llegó a Buenos Aires el 7 de junio

El 8 de diciembre de 1768 se hacían a la vela los últimos jesuitas de la Provincia del Paraguay que trabajaban en estas tierras. Llegados a Europa se esparcieron en Ravena, Faenza e Imola. En Faenza funcionó -hasta la extinción del 25 de agosto de 1773- la casa de estudios de la Provincia que había sido ubicada primeramente en Imola.

III. LA VUELTA DEL DESTIERRO.

1. Primeros pasos.

Cuando en 1799 recibieron orden, los disueltos miembros de la Compañía, de volver a su tierra, llegaron el chileno P. Vidaurre y el argentino P. Villafañe. Uno y otro, como vivificados por el espíritu misionero de sus antiguas Provincias, quisieron pasar a las misiones de infieles entre los Araucanos y aunque de tanta edad, se acercaron a la frontera.

El P. Vidaurre traía una magnífica carta de recomendación de Pío VII, carta que era todo un panegírico de toda la Compañía y en especial de los exjesuitas americanos. El Villafañe, por su parte, traía el título de misionero apostólico de los indios, expedido por la misma autoridad, la que también le había concedido hacer de nuevo los votos de la Compañía a la hora de su muerte. Este Padre fue el último de los antiguos de la Provincia del Paraguay y su muerte acaecida el año 1830, dista sólo seis años de la llegada de los primeros Padres de la Compañía restablecida.

2. Argentina

Don Juan Manuel de Rozas fue el primero que volvió a llamar a la Compañía, para encargarle la enseñanza de la juventud; sus gestiones probablemente hubiesen resultado inútiles, por falta absoluta de personal, si el sangriento suceso de la matanza de los religiosos en Madrid no hubiese dejado disponibles a buen número de sujetos. Renovada la petición de Rozas, por instancias del Dr. José Reina, capellán del Gobierno, y discípulo de los antiguos Padres, arriban finalmente a Buenos Aires el 8 de agosto del año 1836 el P. Mariano Berdugo, por Superior, y los PP. Francisco Majesté, Juan Coris, Cesáreo González, y Juan de Mata Macarrón con el Hermano Ildefonso Romero. El Gobierno les concedió para habitar, parte del antiguo colegio de San Ignacio y para los ministerios espirituales, la Iglesia adjunta del mismo nombre. Reconocida oficialmente la Compañía, comenzaron los Padres a trabajar en la ciudad, en los suburbios y pueblos de la Provincia de Buenos Aires. Los cursos de letras se abrieron a los principios del año 1837 y se aumentaron en los siguientes, bajo el rectorado del P.Bernardo Pares.

A fines del año 1838 los Padres cruzaban el interior, en donde los reclamaban insistentemente las Provincias, y en Córdoba abrían casa estableciéndose en el antiguo Noviciado, desde el cual en 1842 y 44 marchaban a abrir las residencias de San Juan y Catamarca. Los jesuitas venidos entretanto de España en diversas expediciones llegaban ya al número de treinta y ocho, y la misión fue elevada a Vice Provincia.

En 1841 el P. Vice Provincial, por dificultades con Rozas, tuvo que pasar a Montevideo. A los dos años seguían a su superior los demás jesuitas de Buenos Aires. El año 1848 terminó con la expulsión total de los jesuitas a los que ni secularizados se les permitió permanecer en territorio argentino.

3. Uruguay.

El Uruguay, Paraguay, Chile y Brasil, ganaron con la expulsión, ya que el P .Berdugo repartió entre ellos los jesuitas echados de la Argentina.

El P. Ramón Cabré, establecido en Montevideo, se convirtió en su apóstol; no ahorró trabajo alguno por su cultivo espiritual. Junto con una predicación asidua, erigió y gobernó varias Congregaciones, estableció y asistieron hospitales de sangre para los heridos en el sitio de Montevideo, largo casi de nueve años. Se consagró por entero a los pobres y en medio de tantos trabajos no le faltaron las contrariedades del apostolado, que supo vencer con su celo ardoroso y constante. La residencia de Montevideo, cuya alma era el P. Ramón Cabré, duró desde 1842 hasta 1859.

4. Paraguay.

Como todos los Padres anhelaban volver a las tierras del Paraguay, que se consideraban como sagradas, llenas de tan santos recuerdos y religiosas reliquias, pidió el P. Parés el año 1842 para ir a la Asunción. La respuesta del Gobierno fue dilatoria, pero no se desanimó el Padre, y en mayo del año siguiente pudo ir a la capital paraguaya y fue el primer jesuita que después de setenta y cinco años ponía el pie en aquel escenario de antiguas hazañas misioneras. El cónsul Carlos Antonio López puso al principio algunas cortapisas, como la prohibición de vivir junto con el compañero; pero los Padres se ganaron muy pronto con su celo y especiales servicios en favor de los variolosos, la confianza del pueblo y de las mismas autoridades. Una tribulación, causada por los insultos públicos de cierto clérigo de malos antecedentes, fue causa de que el P. Parés pidiese para sí y su compañero los pasaportes; pero enterado López de la causa, rogó al Padre que se quedara y trató con él de la fundación de un colegio y de establecer de nuevo las misiones de los indios; entre, tanto el Padre comenzó a dar clases de matemáticas al hijo del cónsul y luego famoso Presidente Francisco Solano López.

Todo iba con mucha prosperidad. La residencia formada por el Parés, Calvo, López y Martos, y por el H. Pedraja, gozaba del cariño del pueblo y del apoyo del Presidente. Un repentino cambio del Presidente hizo de nuevo salir a los Padres del Paraguay.

5. Chile.

Iniciadas el 22 de marzo de 1838 las gestiones oficiales para llevar jesuitas a Chile, no pudo el P. Berdugo corresponder a las súplicas del Gobierno por la escasez de personal. Al año siguiente se reiteran las súplicas, y sólo en marzo de 1843 logran feliz éxito con la llegada a Chile de los primeros jesuitas de la Compañía restaurada.

Una imprudente intromisión del P. Cesáreo González, malogró por entonces la esperanza de un completo restablecimiento.

En 1848, esparcidos los jesuitas de toda la Argentina, atravesaban algunos los Andes y volvían a entrar en Chile, mientas otros entraban en Bolivia. En Chile la incansable y peligrosa actividad del P. Peña, a la vez que estaba en todas partes y daba a conocer la Compañía, la puso en trances de no poder corresponder a las esperanzas con notable descrédito. Sustituido en el gobierno por el P. Fondá en el año 1852, y luego por el P. Parés, se aseguró hasta el presente la permanencia de los nuestros en la república trasandina, sirviendo de núcleos de expansión la residencia de la calle de Lira en Santiago y la del Cerro del Barón en Valparaíso.

6. Brasil.

Habiendo llegado a noticia del P. Berdugo, poco después de su salida de la Argentina, que el Estado de Santa Catalina en el Brasil hacía diligencias para traer misioneros de Europa, envió dos de los suyos y al poco tiempo el mismo Padre Vice Provincial partió hacia allá con tres Padres más y un Hermano Coadjutor. Llegado el 2 de julio de 1843, abre la residencia de Santa Catalina, con gran favor del pueblo y algún auxilio pecuniario del Gobierno. El 25 de setiembre de 1844 se abrió un colegio En medio de tanta prosperidad, cuando parecía una fundación estable y había nuevas peticiones de colegios en Río de Janeiro, el P. Berdugo que volvía a ser de nuevo Superior de la misión, hacia 1850 estuvo a punto de cerrar todas las casas de Sud América y trasladarse con todos los suyos a Nueva Granada. Este sobresalto se debió a que desde España declaran que en adelante ya no podrían enviar nuevos operarlos y que se preparasen para ir a la república sobredicha.

En 1852 llegó orden de conservar las casas de Santa Catalina, Porto Alegre y Montevideo. La peste amarilla que diezmó a la comunidad los obligó a cerrar el colegio de Santa Catalina y también la residencia, y marchar a Montevideo.

Mientras se levantaba y caía con tanta rapidez el anterior colegio, se establecían también los Padres en Porto Alegre en una residencia interina. Diéronse inmediatamente a las misiones y hasta llegaron a tener cargos parroquiales, pero el ejercicio de una pobreza extremada los redujo a tanta miseria que estuvieron a punto de tener que salir de la tierra. Mejor conocidos ya por los habitantes, gozaron de mayor abundancia y hubieran seguido con vida próspera si la Providencia no hubiese dispuesto que esas regiones fuesen cultivadas por otros operarios. En las misiones que dieron por la campaña, llegaron hasta las colonias alemanas y para el cultivo de los de esta lengua hicieron venir de Europa Padres de Galitzia, que se internaron por las picadas y fueron aumentando con diversos envíos, hasta que el P. Beckx, General de la Compañía, dio el cultivo de toda esta misión brasilera a la Provincia de Germania.

También en el Brasil hubo algunos conatos de volver a las antiguas reducciones de los indios. Los llamados Bugres asaltaban por este tiempo las cercanías de Porto Alegre; las autoridades buscaron en la Compañía de Jesús el remedio de este mal. El P. Parés, aficionadísimo al trato con los infieles para ganarlos para Cristo, fue el comisionado para reducirlos y al poco tiempo había logrado formar con ellos tres pueblos prósperos. Pero entonces revivió la antigua ambición y hambre de indios reducidos y quisieron quitárselos al misionero y recurrieron a las antiguas armas: la masonería resucitó a Pombal, las calumnias más atroces oscurecieron la fama de los misioneros y los obligaron a retirarse.

Tales fueron los comienzos del restablecimiento de la Compañía en las repúblicas del Sud de América.

7. Establecimiento definitivo.

Comienza la Misión el año 1836; al siguiente, es declarada Vice Provincia por el M.R.P.Roothaan, pero dependiente de la Provincia de España. Conserva el título de Vice Provincia hasta el año 1845.

El año 1854 vuelven, aunque transitoriamente, a la Argentina, los desterrados por Rozas. En este año el nuevo General P. Beckx divide la Misión en dos, una de Chile y otra del Paraguay, cada una con su respectivo superior

En 1856 se establecen definitivamente nuestros Padres en territorio argentino, tomando a su cargo el pequeño Seminario de Regina Martyrum en Buenos Aires.

Al formarse en España el año de 1863 las dos Provincias de Castilla y Aragón, quedaron las dos Misiones dependientes de la de Aragón; finalmente, en 1867, se redujeron de nuevo a una sola Misión con un solo Superior. Llamáse primero Misión Chileno-Paraguaya, y desde 1808, Misión Chileno-Argentina, o siguiendo el orden alfabético, Argentino-Chilena.

8. Noviciado.

Fue siempre pensamiento de los superiores de la Compañía erigir una nueva Provincia en estas regiones de Sud América. Así lo manifestaba el P. Mariano Berdugo en un Memorial presentado al Gobernador de Buenos Aires en 1837: "El superior -de la Compañía en Buenos Aires- está autorizado por el General de toda la Orden, de consentimiento y acuerdo del Sumo Pontífice, para proceder a dar principio a una nueva Provincia en el territorio de toda la república Argentina".

La realización de estas aspiraciones ha dependido del florecimiento de nuestro Noviciado. Veamos, pues, brevemente, sus vicisitudes.

En la Quinta del Ilmo Sr. Escalada, a media legua de la Plaza de Armas o de la Victoria, con su capilla de los Dolores, titulada Regina Martyrum, se instaló el Noviciado a 15 de agosto de 1837, día de la Asunción de N. Señora, siendo sus primeros novicios los sacerdotes Angel Baldayo y Saturnino Allende, con el Escolar Martín Pinedo, y el primer Maestro de Novicios el P. Francisco Ramón Cabré, a quien luego sucedió el P. Cesáreo González. Continuó el Noviciado hasta el año 1841 inclusive, entrando dos, tres y a veces un solo novicio cada año. El año 1841 se había trasladado el Noviciado, con su Maestro, al colegio de San Ignacio de Buenos Aires, quedando en Regina una residencia de dos Padres y dos Hermanos. Y ese mismo año se interrumpió todo Noviciado por la dispersión causada por Rozas.

Reaparece más tarde el Noviciado, año 1844, en la casa de Córdoba, siendo Maestro de Novicios el P. Joaquín Moreno, y aumentándose algún año en tres y otro año en cinco novicios; pero también este Noviciado desaparecería en 1848 con la partida de los jesuitas del territorio argentino.

Separadas en 1854 las secciones de Chile y Argentina, ésta última continuó aún sin Noviciado ni novicios hasta 1863. Chile lo estableció en 1855 en la residencia de la calle de Lira con novicios venidos de España y algún otro que entraba del país, más en tan corto número, que no solían ser más que uno por año, un año no hubo ninguno, y los más abundantes fueron dos años en cada uno de los cuales entraron tres novicios. Así estaba este Noviciado, aún después de juntarse otra vez -en 1867-las dos secciones de Chile y Argentina; ni mejoró notablemente su estado con haberse trasladado en 1873 a Concepción; y como si éste hubiera sido el último esfuerzo, a fines del año 1879 terminó el Noviciado por no quedar en él ningún novicio.

Aunque más tarde que Chile, había empezado también la sección paraguaya o argentina su Noviciado, promovido por el Superior P. Joaquín Suárez, abriéndolo en Córdoba el año 1863 con seis novicios, cuyo Maestro fue el P. Buenaventura Escatllar; pero a los pocos años -en 1868-terminó por consunción, habiendo seguido al parecer una marcha paralela al colegió de Córdoba, empezado en 1862 y cerrado a fines de 1867.

Diez años más tarde, en 1876, siendo Superior de la residencia el P. José Bustamante, empezaron a entrar novicios de uno en uno cada año, y aun dejando algún año del todo vacío, hasta el año 1884 inclusive.

Por fin, el año 1885, siendo Superior de la Misión el P. José María Rovira, se abrió en toda regla en el mes de febrero el Noviciado de Córdoba, con seis novicios venidos de la Provincia de Aragón y cuatro de estas regiones, a saber, dos de Chile, uno de la misma Córdoba, y otro que estaba en Montevideo: habiendo llegado a formar al cabo del año el número de diez y seis, gobernados por el P. José Bustamante como Maestro de novicios y el P. Salvador Barber como Socio de él. Esta fue la fundación definitiva del Noviciado.

Desde 1885 continuó el despertar de vocaciones con alguna regularidad hasta que, con la edificación del nuevo Noviciado y la contigua Escuela Apostólica, se pudo dar por asegurada la vida propia e independiente de la Misión Argentino-Chilena.




Nota: (*) Esta introducción - y la selección del escrito del P. Lérida - ha sido hecha por el P. J. L. Lazzarini S.I.









Boletín de espiritualidad Nr. 46, p. 1-20.


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