2018


  La filosofía de san Agustín

1. Vida de san Agustín

2. Fuentes de la filosofía de Agustín

3. Itinerario del alma a Dios

4. El hombre y Dios

5. El problema del tiempo

6. El problema del mal

7. Las artes liberales

8. Agustín después de Agustín

    Anexo: Erich Przywara sj



1. Vida de san Agustín

[1.] Confesiones, VIII 28-29: (top)

28. Pero, apenas una alta consideración sacó del profundo de su secreto y amontonó toda mi miseria a la vista de mi corazón, estalló en mi alma una tormenta enorme, que encerraba en sí copiosa lluvia de lágrimas. Y para descargarla toda con sus truenos correspondientes, me levanté de junto Alipio —pues me pareció que para llorar era más a propósito la soledad— y me retiré lo más remotamente que pude, para que su presencia no me fuese estorbo. Tal era el estado en que me hallaba, del cual se dio él cuenta, pues no sé qué fue lo que dije al levantarme, que ya el tono de mi voz parecía cargado de lágrimas.
Permaneció él en el lugar en que estábamos sentados sumamente estupefacto; mas yo, tirándome debajo de una higuera, no sé cómo, solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos, sacrificio tuyo aceptable. Y aunque no con estas palabras, pero sí con el mismo sentido, te dije muchas cosas como éstas: ¡Y tú, Señor, hasta cuándo! (Sl 6,4) ¡Hasta cuándo, Señor, has de estar irritado! No te acuerdes más de nuestras maldades pasadas (Sl 78,5). Me sentía aún cautivo de ellas y lanzaba voces lastimeras: «¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!, ¡mañana! (cras et cras)? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas ahora mismo?».
29. Decía estas cosas y lloraba con muy dolorosa contrición de mi corazón. Pero he aquí que oigo de la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando y repetía muchas veces: «Toma y lee, toma y lee» (tolle lege, tolle lege).
De repente, cambiando de semblante, me puse con toda la atención a considerar si por ventura había alguna especie de juego en que los niños acostumbrasen a cantar algo parecido, pero no recordaba haber oído jamás cosa semejante; y así, reprimiendo el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando esto como una orden divina de que abriese el códice y leyese el primer capítulo donde topase.
Porque había oído decir de Antonio que, advertido por una lectura del Evangelio, a la cual había llegado por casualidad, y tomando como dicho para sí lo que se leía: Vete, vende todas las cosas que tienes, dalas a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y después ven y sígueme (Mt 19,21), se había la punto convertido a ti con tal oráculo.
Así que, apresurado, volví al lugar donde estaba sentado Alipio y yo había dejado el códice del Apóstol al levantarme de allí. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, que decía: No en comilonas y embriagueces, no en lechos y en liviandades, no en contiendas y emulaciones sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos (Rm 13,13).
No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto que di fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas.

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2. Fuentes de la filosofía de Agustín

[1.] La ciudad de Dios, VIII, II: Dos escuelas filosóficas: la itálica y la jónica; sus autores (top)

Por lo que se refiere a la literatura griega, la lengua más ilustre entre las de los gentiles, se encuentran dos escuelas de filósofos: la itálica, de la parte de Italia que se llamó antiguamente Magna Grecia, y la jónica, en la parte que aún hoy se sigue llamando Grecia. La escuela itálica tuvo como fundador a Pitágoras de Samos, de quien se dice tuvo origen el nombre de filósofo. Antes de él se llamaban sabios los que parecían aventajar a los demás en un método de vida laudable. Preguntado éste sobre su profesión, respondió que era filósofo, es decir, dedicado o amante de la sabiduría; le parecía mucha arrogancia llamarse sabio.
La escuela jónica tuvo por jefe a Tales de Mileto, uno de los siete sabios. Los otros seis se distinguieron por su género de vida y por ciertas normas de buena conducta. Tales destacó en el estudio de la naturaleza de las cosas, y para dejar también sucesores, consignó por escrito sus lucubraciones. Y lo que más fama le dio fue su conocimiento científico de la astrología, con que pudo hasta predecir los eclipses del sol y la luna. Tuvo al agua como principio de las cosas, diciendo que de ahí provenían todos los elementos del mundo, y aun el mismo mundo y cuanto en él se produce. Sin embargo, no puso principio alguno, procedente de la inteligencia divina, al frente de esta obra que la consideración del mundo nos hace ver tan admirable.
A Tales lo sucedió Anaximandro, su discípulo, que cambió la doctrina sobre la naturaleza de las cosas. No pensó, como Tales, que todo procedía de un elemento, el agua, sino que todas las cosas nacen de sus propios principios. Pensó que estos principios de cada cosa eran infinitos, y que ellos engendraban innumerables mundos y cuanto en ellos se produce. También enseñó que estos mundos se disuelven y se originan de nuevo, según el tiempo que puede durar cada uno. Tampoco éste atribuyó influencia alguna en estas mutaciones de las cosas a la inteligencia divina.
Dejó como discípulo y sucesor a Anaxímenes. Éste atribuyó todas las causas de las cosas al aire infinito. No negó los dioses ni los pasó por alto; sin embargo, no los hizo autores del aire, sino más bien nacidos ellos de él.
Su discípulo Anaxágoras ya tuvo al espíritu divino como autor de todas las cosas que vemos, afirmando que todo género de cosas eran hechas, cada una según sus módulos y especies propias, de una materia infinita que constaba de partículas semejantes entre sí; pero que el que las hacía era el espíritu divino.
También Diógenes, otro discípulo de Anaxímenes, afirmó que el aire es la materia de las cosas, y que de él son hechas todas; pero dio un paso más, y lo considera dotado de inteligencia divina, sin la cual no puede proceder nada de él.
Sucedió a Anaxágoras su discípulo Arquelao, para quien todas las cosas están formadas de partículas semejantes entre sí, de las cuales se hacía cada una de las cosas; y de tal modo, que había ahí una inteligencia que, uniendo y separando, gobernaba todos estos cuerpos eternos, es decir, esas partículas. De éste se dice fue discípulo Sócrates, maestro de Platón; por él he traído a colación brevemente todas estas enseñanzas.

[2.] La ciudad de Dios, VIII, III: Doctrina de Sócrates (top)

Se cita a Sócrates como el primero en orientar toda la filosofía a la enmienda y ordenación de las costumbres; antes de él dedicaban todos su mayor empeño a profundizar en las cosas físicas, esto es, naturales. Aunque no me parece pueda verse claramente el propósito de Sócrates: ¿pretendió, dominado por el tedio de las cosas oscuras e inciertas, descubrir algo cierto y claro, necesario para la vida feliz, a cuya única consecución parece encaminado el cuidado y trabajo de todos los filósofos? ¿O acaso, como piensan algunos benévolamente, no quería que los espíritus inmersos en apetitos terrenos aspirasen a las cosas divinas?
A veces veía que se afanaban por las causas primeras y últimas de las cosas, que para él sólo estaban en la voluntad del Dios único y supremo; y pensaba que sólo podía comprenderlas una limpia inteligencia. Por eso juzgaba debía insistirse en la purificación de la vida por las buenas costumbres a fin de que, libre el ánimo de bajos apetitos, alce el vuelo con su vigor natural a lo eterno, y pueda contemplar con la limpieza de su inteligencia la naturaleza de la luz incorpórea e inmutable, en que se encuentran firmes las causas de todas las naturalezas creadas.
Consta, en efecto, que él, confesando su ignorancia o disimulando su ciencia, con el admirable donaire de su dialéctica y con su extremada elegancia, puso en solfa y desbarató la necedad de los ignorantes que se las daban de entendidos incluso en las cuestiones morales, en las que él parecía tener centrada toda su atención. Con ello se atrajo enemistades, y, condenado por una calumniosa acusación, fue castigado con la muerte. Luego tuvo que llorarlo públicamente la misma Atenas, que públicamente lo había condenado, y de tal modo se tornó la indignación del pueblo contra los dos acusadores, que uno murió violentamente a manos de la multitud y el otro se libró de tal pena con destierro voluntario y perpetuo.
Con fama tan ilustre de su vida y de su muerte, dejó Sócrates muchísimos seguidores de su doctrina, empeñados a porfía en la discusión de cuestiones morales, en las que se trata del bien supremo, que puede hacer al hombre feliz. Cierto que en las lucubraciones de Sócrates, en que lo trata todo, afirmando unas cosas y negando otras, no aparece claro su pensamiento; por ello cada uno tomó lo que le gustó, estableciendo el fin del bien donde mejor le pareció. Pero el fin del bien se llama a lo que hace feliz a uno cuando lo consigue. De ahí nació la diversidad de opiniones entre los socráticos respecto a este fin, de tal manera que (cosa increíble pudieran hacer los seguidores de un mismo maestro) unos, como Aristipo, tienen como supuesto bien al placer; otros, como Antístenes, a la virtud. Así unos han opinado una cosa, y otros otra, y sería muy largo enumerarlos a todos.


[3.] La ciudad de Dios, VIII, IV: Platón, el discípulo principal de Sócrates (top)

Entre los discípulos de Sócrates se destacó con gloria principal y bien merecida, eclipsando a todos los demás, Platón. Era ateniense, de familia ilustre, y muy superior a sus condiscípulos por su maravilloso ingenio. Pensando que ni por sí mismo ni con la doctrina socrática podía llevar a la perfección la filosofía, recorrió por mucho tiempo las regiones más lejanas que pudo, a dondequiera lo llevaba la fama de alguna ciencia digna de estudio. Así aprendió en Egipto las enseñanzas notables que allí se profesaban y enseñaban; pasó de allí a la región de Italia, célebre por el nombre de los pitagóricos, y con suma facilidad asimiló de labios de sus sabios más eminentes la floreciente filosofía de la Magna Grecia. Por el amor que sentía hacia su maestro Sócrates, le hacía interlocutor de casi todos sus tratados, procurando armonizar con el aire y moralidad de aquél cuanto había aprendido de los demás o había penetrado con su propio talento.
El estudio de la sabiduría se encuentra en la acción y en la contemplación, y así puede llamarse activa a una parte y contemplativa a la otra. La activa trata del gobierno de la vida o de formar las costumbres; la contemplativa, en cambio, de la contemplación de las causas de la naturaleza y de la verdad en sí. Se dice, pues, que Sócrates sobresalió en la vida activa y que Pitágoras se dedicó más a la contemplativa con todos los recursos de su talento.
Se le atribuye a Platón la gloria de haber unido a ambos perfeccionando la filosofía, que dividió en tres partes: la moral, que se encuentra sobre todo en la acción; la natural, destinada a la contemplación; la racional, que distingue lo verdadero de lo falso. Y aunque ésta sea necesaria tanto a la acción como a la contemplación, reclama sobre todo como cosa más propia el conocimiento de la verdad. Esta división en tres partes no es, pues, contraria a la distinción de todo el estudio de la sabiduría en acción y contemplación.
¿Cuál fue la opinión de Platón sobre cada una de estas partes, esto es, en dónde conoció o creyó que estaba el fin de todas las acciones, la causa de todas las naturalezas, la luz de todas las razones? Pienso que es muy largo el tratar de explicarlo con palabras, y también pienso que no debe afirmarse temerariamente. Cuando introduce en sus diálogos a su maestro Sócrates, y procura mantener, porque así le gustaba también a él, la costumbre ordinaria que tenía de disimular su ciencia o su opinión, sucede que quedan también en la penumbra las opiniones de Platón sobre las grandes cuestiones. Sin embargo, de las cosas que se leen en él, ya las haya dicho como suyas, o ya haya referido o escrito que fueron dichas por otros y que a él le han parecido bien, es preciso recordar e insertar algunas en esta obra: sea cuando presta una ayuda a la religión verdadera, que nuestra fe acepta y defiende, sea cuando parece serle contrario, en cuanto se refiere a la cuestión del Dios único y de muchos dioses, a causa precisamente de la vida verdaderamente feliz que vendrá después de la muerte.
Quizá a aquellos a los que ha ensalzado más la fama por haber seguido a Platón y haberlo reconocido con más perspicacia y veracidad como muy por encima de los demás filósofos gentiles, quizá ésos tengan de Dios la opinión de que en él se encuentra la causa de la subsistencia, y la razón de la inteligencia y la ordenación de la vida; de estas tres cosas, una pertenece a la parte natural, la otra a la racional y la tercera a la moral. Pues si el hombre fue creado en tal condición que por lo que en él hay de excelente alcanza lo que excede a todas las cosas, es decir, un solo Dios verdadero y perfecto, sin el cual no subsiste naturaleza alguna, ni instruye doctrina alguna, ni aprovecha costumbre alguna: busque a aquel en quien encontramos la seguridad de todas las cosas; contemple a aquel en quien todas son ciertas; ame a aquel en quien tenemos la suprema rectitud.

[4.] La ciudad de Dios, VIII, V:  Sobre la teología hemos de tratar principalmente con los platónicos, cuyo sentir debe anteponerse a las doctrinas de todos los filósofos (top)

Si Platón dijo que el sabio es aquel que imita, conoce y ama a este Dios cuya participación lo hace feliz, ¿qué necesidad hay de examinar a los demás? Ninguno de ellos está tan cerca de nosotros como éstos.
Ceda ante ellos la teología fabulosa que recrea los ánimos de los impíos con los crímenes de los dioses. Ceda también la civil, en que los impuros demonios bajo el nombre de dioses sedujeron con placeres terrestres a los pueblos a ellos entregados y tuvieron a bien considerar los errores humanos como honores divinos; incitaban así con los más inmundos afanes a sus adoradores a la contemplación escenificada de sus crímenes como manera de darles culto, y se proporcionaban a sí mismos de parte de los espectadores escenas más detestables. En lo cual, si aún tienen lugar algunas ceremonias dignas, se ven mancilladas por la obscenidad de los teatros que las acompañan, y las torpezas que se representan en el teatro merecen alabanza comparadas con la degradación de los templos.
Ceda también la interpretación que ha dado Varrón, como si estos ritos se refirieran al cielo, a la tierra y a las semillas y actos de los seres mortales; ya que, en realidad, por una parte, no son significados por aquellos ritos que pretende insinuar, y por ello su empeño no atina con la verdad; y, por otra, aunque lo fueran, no debe el alma racional dar el culto debido a su Dios a los seres que le son inferiores por naturaleza; ni debe poner delante de sí como dioses las cosas cuya primacía le dio a ella el verdadero Dios.
Y déjense también a un lado los escritos referentes a estos ritos sagrados que Numa Pompilio procuró fueran enterrados, y que descubiertos por el arado mandó el Senado quemar. En la misma línea se encuentran también, para no cargar las tintas sólo sobre Numa, las noticias que Alejandro de Macedonia comunicó a su madre le habían sido descubiertas por cierto León, sacerdote de gran categoría entre los egipcios. En ellas se presentan como simples hombres no sólo Pico y Fauno, Eneas y Rómulo, así como Hércules, Esculapio y Líbero, hijo de Semele, los Tindáridas y los restantes mortales que tienen por dioses; se presentan también los dioses mayores de los gentiles, que Cicerón en sus Tusculanas parece quiere insinuar sin citar los nombres, Júpiter, Juno, Saturno, Vulcano, Vesta y muchísimos otros que Varrón trata de trasladar a las partes o elementos del mundo. Aquel sacerdote, temiendo como una revelación de los misterios, le encarga con súplicas a Alejandro que los entregue a las llamas tan pronto como le haya dado cuenta por escrito a su madre.
No sólo, pues, han de ceder estas dos teologías, la fabulosa y la civil, a los filósofos platónicos, que reconocieron la existencia del Dios verdadero, creador de las cosas, iluminador de la verdad, dador de la felicidad; han de ceder también ante varones tan ilustres y conocedores de semejante Dios los otros filósofos que, con espíritu sometido al cuerpo, tuvieron como principio de la naturaleza las cosas corporales. Así Tales, que lo puso en el agua; Anaxímenes, en el aire; los estoicos, en el fuego; Epicuro, en los átomos, esto es, en corpúsculos tan diminutos que no pueden dividirse ni percibirse.
Háganse aparte, finalmente, todos aquellos en cuya enumeración no es preciso detenerme, que afirmaron como causa y principio de todas las cosas a los cuerpos ya simples, ya compuestos, ya sin vida, ya con ella, pero, al fin, cuerpos. De ellos, algunos, como Epicuro, creyeron que los seres vivientes podían proceder de los no vivientes; otros, en cambio, que los seres vivientes y los no vivientes proceden de los vivientes ciertamente, pero los cuerpos, del cuerpo. Pues los estoicos tuvieron al fuego realmente como dios, y este fuego no era otra cosa para ellos que uno de los cuatro elementos de que consta este mundo visible, siendo a la vez viviente, sabio y autor del mismo mundo y de todo lo que en él existe.
Éstos y todos los semejantes a ellos no pudieron pensar otra cosa que lo que les comunicaban sus corazones vinculados a los sentidos de la carne. Tenían en sí mismos lo que no veían, y se imaginaban que veían fuera de sí lo que no veían, aunque en realidad no lo veían, sino que sólo lo pensaban. Y esto, en realidad, a la vista de tal imaginación, no es cuerpo, sino semejanza de cuerpo. Y la facultad por la que se ve en el ánimo esta semejanza del cuerpo ni es cuerpo ni semejanza de cuerpo; y esa misma facultad, que juzga si es hermosa o deforme esa semejanza, es ciertamente más elevada que ésta. Ésa es precisamente la mente del hombre y la naturaleza del alma racional, que ciertamente no es cuerpo; como no lo es tampoco esa misma semejanza del cuerpo cuando se la ve y discierne en el ánimo del que piensa. No es, pues, ni tierra, ni agua, ni aire, ni fuego, los cuatro cuerpos, llamados también elementos, de que vemos está formado este mundo corpóreo. Y así, si nuestro ánimo no es cuerpo, ¿cómo puede ser cuerpo Dios, creador del ánimo?
Cedan, pues, todos éstos, como se ha dicho, a los platónicos; cedan también los otros que se ruborizaron de afirmar que Dios era cuerpo y, sin embargo, no tuvieron reparo en afirmar que nuestros ánimos son de la misma naturaleza que es Él. No les ha conmovido una mutabilidad tan grande del alma, que es impío atribuir a la naturaleza de Dios. Pero replican que la naturaleza del alma se cambia en contacto con el cuerpo, pues por sí misma es inmutable. Lo mismo podían decir que si la carne recibe heridas es por el cuerpo, pues por sí misma es invulnerable. Lo que no puede ser cambiado no puede cambiarlo nada; y así, lo que puede cambiar por medio del cuerpo, ya puede cambiar por algo y, por tanto, no se puede llamar justamente inmutable.

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3. Itinerario del alma a Dios

[1.] De libero arbitrio, II 12-13 (top)

Ag: —Tú tienes por cierto, al menos, que Dios existe.
Ev: —Sí; esto tengo por verdad inconcusa precisamente por la fe, no por la razón.
Ag: —Entonces, si alguno de aquellos insensatos de los cuales está escrito: Dijo el necio en su corazón: No hay Dios (Sal 13,1), te dijera a ti esto, y no quisiera creer contigo lo que tú crees, sino que quisiera saber si lo que tú crees es verdad, ¿abandonarías a ese hombre a su incredulidad o pensarías quizá que deberías convencerle de algún modo de aquello mismo que tú crees firmemente, sobre todo si él no discutiera con pertinacia, sino más bien con deseo de conocer la verdad?

[2.] De libero arbitrio, II 17 (top)

[...] si el creer no fuese cosa distinta del entender, y no hubiéramos de creer antes las grandes y divinas verdades que deseamos entender, sin razón habría dicho el profeta: Si no creéis, no entenderéis (Is 7,9).

[3.] De libero arbitrio, II 21-23 (top)

Ag: —Puesto que es para ti evidente que existes, y puesto que no podría serte evidente de otra manera si no vivieras, es también evidente que vives. ¿Entiendes bien cómo estas dos cosas son verdaderas?
Ev: —Lo entiendo perfectamente.
Ag: —Luego es también evidente esta tercera verdad, a saber, que tú entiendes.
Ev: —Evidente.
Ag: —De estas tres cosas, ¿cuál te parece la más excelente?
Ev: —La inteligencia.
Ag: —¿Por qué?
Ev: —Porque, siendo tres cosas muy distintas entre sí el ser, el vivir y el entender, es verdad que la piedra existe y que la bestia vive, y, sin embargo, no pienso que la piedra viva ni que la bestia entienda, y, no obstante, estoy ciertísimo de que si entiende existe y vive. No dudo de que sea más excelente el ser que tiene estas tres perfecciones que aquel otro al cual falta una o dos de ellas.
Porque, en efecto, lo que vive, ciertamente existe, pero no se sigue que sea también inteligente: tal es, según creo, la vida de los animales. Y, a su vez, de que una cosa exista, no se sigue que viva ni que entienda. De los cadáveres, por ejemplo, puedo afirmar que existen, pero nadie dirá que viven. Y, finalmente, si una cosa no tiene vida, mucho menos tendrá inteligencia.

[4.] De libero arbitrio, II 47 (top)

Ag: [...] Fíjate a ver por qué razón te ha parecido que el sentido interior ha de ser preferido a éste por el cual sentimos los cuerpos.
Ev: —Porque entiendo que aquél es como el moderador y juez de éste; pues, como poco ha dijimos, si éste falta en algo en el desempeño de sus funciones, aquél se lo reclama, como quien reclama una deuda que su ministro. Así, por ejemplo, el sentido de la vista no percibe si ve o no ve; y como no lo sabe, no puede darse cuenta de qué es lo que le falta o qué es lo suficiente, sino que es aquel sentido interior el que advierte al alma del animal que abra el ojo cerrado y que llene las demás condiciones de cuya ausencia se da cuenta él. Y nadie duda de que el que juzga es mejor que lo que juzga.

[5.] De libero arbitrio, II 53 (top)

Que tenemos cuerpo es evidente, y también un alma que anima al cuerpo y es causa de su desarrollo vegetativo; dos elementos que vemos tienen también las bestias; pero tenemos además, un tercer elemento, que viene a ser como la cabeza u ojo de nuestra alma, o algo así, si hay algo que podamos aplicar con más propiedad a la razón y a la inteligencia, v que no tienen las bestias. Por lo cual te ruego que veas si puedes encontrar en la naturaleza del hombre algo más excelente que la razón.
Ev: —No encuentro absolutamente nada mejor.

[6.] De libero arbitrio, II 54-56 (top)

Ag: —¿Qué dirías si pudiéramos encontrar un ser de cuya existencia y preeminencia sobre nuestra razón no pudieras dudar? ¿Dudarías acaso de que este ser, fuere el que fuere, era Dios?
Ev: —Si pudiera encontrar un ser superior a lo más excelente que hay en mi naturaleza, no por eso diría inmediatamente que era Dios, porque no me parece bien llamar Dios a aquel ser al cual es inferior mi razón, sino a aquél a quien nadie es superior.
Ag: —Así es justamente, y él es quien ha dado a tu razón el sentir tan piadosamente y con tanta verdad del mismo. Pero dime: si no encontraras superior a nuestra naturaleza nada que no fuera eterno e inmutable, ¿dudarías decir que era Dios? Los cuerpos sabes que son mudables, y también es evidente que la vida que anima al cuerpo, debido a sus variados afectos, está sujeta a mutaciones; y que la misma razón es mudable, lo demuestra claramente el hecho de que unas veces se esfuerza, otras no, y llega a veces y a veces no llega.
Si, pues, sin el auxilio de ningún órgano corporal, ni del tacto, ni del gusto, ni del olfato, ni de los oídos, ni de los ojos, ni de ningún otro sentido inferior a ella, sino que por sí misma intuye algún ser inmutable, es de necesidad que confiese que ella es inferior a éste y que él es Dios.
Ev: —Y yo confesaré paladinamente que es Dios aquel ser, mayor al cual conste que no hay nada.

[7.] De libero arbitrio, II 119 (top)

Ag: — [...] cuanto son verdaderas e inconmutables las leyes de los números, cuya razón y verdad dijiste que se hallaba presente inconmutablemente, y que eran comunes a todos los que las ven, tanto son verdaderas e inconmutables las normas de la sabiduría. De algunas has dicho, cuando te pregunté acerca de ellas en particular, que eran verdaderas y evidentes, y concedes también que, en orden a la contemplación, son comunes a todos los que son capaces de intuirlas.

[8.] De libero arbitrio, II 135-136 (top)

Ag: [...] si esta verdad fuera igual a nuestras inteligencias, sería también mudable, como ellas. Nuestros entendimientos a veces la ven más, a veces menos, y en eso dan a entender que son mudables; pero ella, permaneciendo siempre la misma en sí, ni aumenta cuando es mejor vista por nosotros ni disminuye cuando lo es menos, sino que, siendo íntegra e inalterable, alegra con su luz a los que se vuelven hacia ella y castiga con la ceguera a los que de ella se apartan.
¿Qué significa el que juzguemos de nuestros mismos entendimientos según ella, y a ella no la podemos en modo alguno juzgar? Decimos, en efecto: Entiende menos de lo que debe o entiende tanto cuanto debe entender. Y es indudable que la mente humana tanto más debe entender cuanto más pudiese acercarse y adherirse a la verdad inconmutable.

[9.] De libero arbitrio, II 153 (top)

Ag: Tú me habías concedido que, si te demostraba que había algo superior a nuestras inteligencias, confesarías que ese algo era Dios, si es que no había aún algo superior. Yo, aceptando esta tu confesión, te dije que bastaba, en efecto, demostrar esto. Porque, si hay algo más excelente, este algo más excelente es precisamente Dios; y si no lo hay, la misma verdad es Dios. Que haya, pues, o no algo más excelente, no podrás negar, sin embargo, que Dios existe, que es la cuestión que nos habíamos propuesto tratar y discutir.

[10.] De vera religione, 39 (top)

[...] Entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo, mas no olvides que, al remontarte sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu alma, dotada de razón. Encamina, pues, tus pasos allí donde la luz de la razón se enciende. Pues ¿adónde arriba todo buen pensador sino a la verdad? La cual no se descubre a sí misma mediante el discurso, sino es más bien la meta de toda dialéctica racional. Mírala como la armonía superior posible y vive en conformidad con ella. Confiesa que tú no eres la Verdad, pues ella no se busca a sí misma, mientras tú le diste alcance por la investigación, no recorriendo espacios, sino con el afecto espiritual, a fin de que el hombre interior concuerde con su huésped, no con la fruición carnal y baja, sino con subidísimo deleite espiritual.
Y si te pasa de vuelo lo que digo y dudas de su verdad, mira; a lo menos, si estás cierto de tu duda acerca de estas cosas; y en caso afirmativo, indaga el origen de dicha certeza: no se te ofrecerá allí de ningún modo a los ojos la luz de este sol material, sino aquella que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. No es visible a los ojos materiales ni admite representación fantástica por medio de imágenes, acuñadas por los sentidos en el alma. La perciben aquellos ojos con que se dice a los fantasmas: no sois vosotros lo que yo busco ni aquello con que os ordeno, rechazando las deformidades que me presentáis y aprobando lo hermoso; es más bella aquella luz interior con que discrimino cada cosa; para ella, pues, va mi preferencia, y la antepongo no sólo a vosotros, sino también a los cuerpos de donde os he tomado. Después la misma regla que ves, concíbela de este modo: todo el que conoce su duda, conoce con certeza la verdad, y de esta verdad que entiende, posee la certidumbre; luego cierto está de la verdad. Quien duda, pues, de la existencia de la verdad, en si mismo halla una verdad en que no puede mellar la duda. Pero todo lo verdadero es verdadero por la verdad. Quien duda, pues, de algún modo, no puede dudar de la verdad. Donde se ven estas verdades, allí fulgura la luz, inmune de toda extensión local y temporal y de todo fantasma del mismo género. ¿Acaso ellas pueden no ser lo que son, aun cuando fenezca todo raciocinador o se vaya en pos de los deseos bajos y carnales? Tales verdades no son producto del raciocinio, sino hallazgo suyo. Luego antes de ser halladas permanecen en sí mismas, y cuando se descubren, nos renuevan.

[11.] De vita beata, 10-11 (top)

Hilvanando de nuevo mi discurso, proseguí:
-¿Todos queremos ser felices?
Apenas había dicho esto, todos lo aprobaron unánimemente.
-¿Y os parece bienaventurado el que no tiene lo que desea?
-No -dijeron todos.
-¿Y será feliz el que posee todo cuanto quiere? Entonces la madre respondió:
-Si desea bienes y los tiene, sí; pero si desea males, aunque los alcance, es un desgraciado. Sonriendo y satisfecho, le dije:
-Madre, has conquistado el castillo mismo de la filosofía Te han faltado las palabras para expresarte como Cicerón en el libro titulado Hortensius, compuesto para defensa y panegírico de la filosofía: He aquí que todos, no filósofos precisamente, pero sí dispuestos para discutir, dicen que son felices los que viven como quieren. ¡Profundo error! Porque desear lo que no conviene es el colmo de la desventura. No lo es tanto no conseguir lo que deseas como conseguir lo que no te conviene. Porque mayores males acarrea la perversidad de la voluntad que bienes la fortuna. [...]
-¿Qué debe buscar, pues, el hombre para alcanzar su dicha? [...] Ha de ser una cosa permanente y segura, independiente de la suerte, no sujeta a las vicisitudes de la vida.

[12.] De vita beata, II 35 (top)

Mas cierto aviso que nos invita a pensar en Dios, a buscarlo, a desearlo sin tibieza, nos viene de la fuente misma de la Verdad. Aquel sol escondido irradia esta claridad en nuestros ojos interiores. De él procede toda verdad que sale de nuestra boca, incluso cuando por estar débiles o por abrir de repente nuestros ojos, al mirarlo con osadía y pretender abarcarlo en su entereza, quedamos deslumbrados, y aun entonces se manifiesta que El es Dios perfecto sin mengua ni degeneración en su ser. Todo es íntegro y perfecto en aquel omnipotentísimo Dios. Con todo, mientras vamos en su busca y no abrevamos en la plenitud de su fuente, no presumamos de haber llegado aún a nuestra. Medida; y aunque no nos falta la divina ayuda, todavía no somos ni sabios ni felices. Luego la completa saciedad de las almas, la vida dichosa, consiste en conocer piadosa y perfectamente por quién eres guiado a la Verdad, de qué Verdad disfrutas y por qué vínculo te unes al sumo Modo. Por estas tres cosas se va a la inteligencia de un solo Dios y una sola sustancia, excluyendo toda supersticiosa vanidad.
Aquí a la madre saltáronle a la memoria las palabras que tenía profundamente grabadas, y como despertando a su fe, llena de gozo, recitó los versos de nuestro sacerdote: "Guarda en tu regazo, ¡oh Trinidad!, a los que te ruegan." Y añadió :
-Esta es, sin duda, la vida feliz, porque es la vida perfecta, y a ella, según presumimos, podemos ser guiados pronto en alas de una fe firme, una gozosa esperanza y ardiente caridad.

[13.] Costumbres de la Iglesia Católica, I 10 (top)

Esta otra cosa, pues, es Dios, y nada más; tendiendo hacia Él, vivimos una vida santa; y si lo conseguimos, será una vida, además de santa, feliz y bienaventurada.

[14.] Sermones, 7,7 (top)

Así, pues, el ángel –y en el ángel el Señor– decía a Moisés, que le preguntaba su nombre: Yo soy el que soy. Dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros (Ex 3,14). Ser es el término que indica la inmutabilidad. Todo aquello que cambia deja de ser lo que era y comienza a ser lo que no era. El ser verdadero, el ser puro, el ser auténtico no lo tiene sino aquel que no cambia. El ser lo posee aquel a quien se dice: cambias las cosas y quedan cambiadas, pero tú eres siempre el mismo (Sal 101,27-28). ¿Qué significa: Yo soy el que soy, sino soy eterno? ¿Qué significa: Yo soy el que soy, sino que no puedo cambiar? No soy criatura alguna; no soy ni el cielo, ni la tierra, ni un ángel, ni una virtud, ni los tronos, ni las dominaciones, ni las potestades (cf Ef 1,21; Col 1,16).

[15.] De vera religione, 35 (top)

Pero me objetas: ¿Por qué desfallecen (las creaturas)? Porque son mudables. ¿Por qué son mudables? Porque no poseen el ser perfecto. ¿Por qué no poseen la suma perfección del ser? Por ser inferiores al que las creó. ¿Quién las creó? El Ser absolutamente perfecto. ¿Quién es Él? Dios, inmutable Trinidad, pues con infinita sabiduría las hizo y con suma benignidad las conserva. ¿Para qué las hizo? Para que fuesen. Todo ser, En cualquier grado que se halle, es bueno, porque el sumo Bien es el sumo Ser. ¿De qué las hizo? De la nada. Pues todo lo que es ha de tener necesariamente cierta forma o especie, por insignificante que sea, y aun siendo minúsculo bien, siempre será bien y procederá de Dios. [...]  Así todo bien o es Dios o procede de Él. Luego aun la mínima forma viene de Dios.
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4. El hombre y Dios

[1.] Soliloquio, I 14,24 (top)

R. - Sólo una cosa puedo mandarte; no conozco otra; la fuga radical de las cosas sensibles. Esfuérzate con ahínco, durante esta vida terrena, por no enviscar las alas del espíritu; es necesario que estén íntegras y perfectas para volar de las tinieblas a la luz, la cual no se digna mostrar a los encerrados en esta prisión a no ser tales que, desmoronada ésta, puedan gozar a su aire. Así, pues, cuando fueres tal que nada terreno te atraiga ni deleite, entonces mismo, en aquel momento, créeme, verás lo que deseas.

[2.] Comentario a los salmos, 141,18 (top)

Puede también llamarse cárcel nuestro cuerpo; no porque sea cárcel lo que Dios hizo, sino porque fue castigado y se hizo mortal. En nuestro cuerpo deben considerarse dos cosas: la hechura de Dios y el castigo debido al mérito. Toda esta figura: compostura, movimiento, orden de los miembros, disposición de los sentidos; el ver, el oír, el oler, el gustar y el palpar, toda esta trabazón y distinción del hombre, no pudo ser hecha sino por Dios, que creó todas las cosas, las terrestres y las celestes, las de arriba y las de abajo, la visibles y las invisibles. ¿Qué cosas hay en Él pertenecientes a nuestro castigo? Ser la carne corruptible, frágil, mortal, indigente; puesto todo esto, no pertenece a premio. Cuando resucite el cuerpo, ciertamente será cuerpo. Pero ¿qué no habrá en él? La corrupción, pues esto corruptible se vestirá de incorrupción (1Cor 15,53). Luego, si la carne te sirve de cárcel, el cuerpo no es tu cárcel, sino la corrupción de tu cuerpo. Dios hizo tu cuerpo bueno, porque El es bueno; pero, como justo, le castigó con la corrupción, porque es juez. Lo primero lo tienes debido a la gracia; lo segundo, a la pena o castigo.

[3.] De Trinitate, XI 1,1 (top)

Esta nuestra condición de hombres carnales y mortales nos hace más asequible y familiar el estudio de las cosas visibles que el de las inteligibles: aquéllas son externas, éstas interiores; aquéllas las percibimos por los sentidos del cuerpo, éstas con la inteligencia; nosotros mismos somos almas, pero no sensibles, es decir, cuerpos, sino inteligibles, pues somos vida. Con todo, tanta es, como dije, nuestra familiaridad con la materia, que nuestra atención se asoma al exterior con pasmosa facilidad, y así, cuando se tiene que arrancar de la incertidumbre de la materia para fijar su atención, con más firme y cierto conocimiento, en el espíritu, se refugia en estas cosas, y busca su descanso allí donde tuvo origen su enfermedad. Menester es atemperarse a esta nuestra flaqueza, y así, cuando queramos distinguir más cómodamente las realidades interiores y espirituales y convencer con mayor facilidad, hemos de tomar nuestros argumentos y analogías del mundo exterior de los cuerpos. El hombre exterior, dotado de un cuerpo sensible, percibe los cuerpos; y en este sentido se subdivide, como es fácil advertir, en cinco: vista, olfato, gusto, oído y tacto.

[4.] De Trinitate, X 9,12 (top)

No trate el alma de verse como ausente; cuide, en cambio, de discernirse como presente. No se conozca tampoco como si fuera una desconocida, pero sepa distinguiese de toda otra cosa que ella conozca. Cuando oye el mandato: "Conócete a ti misma", ¿cómo lo pondrá en práctica, si ignora qué significa "conócete" y qué significa "a ti misma"? Si conoce ambas cosas, se conoce a sí misma; porque no se le dice a la mente que se conozca a sí misma como se le dice que conozca a los querubines o a los serafines. Los querubines y serafines están ausentes, y los conocemos por la fe, que nos dice, que son potestades celestes.
Ni se ha de entender como cuando se dice: "Conoce la voluntad de aquel hombre"; voluntad que no podemos percibir ni comprender si no es mediante signos corpóreos, y esto más por fe que por inteligencia. Ni, finalmente, en el sentido que se dice al hombre: "Mira tu rostro"; cosa imposible sin un espejo, pues nuestro rostro está ausente para nuestros ojos, dado que no pueden fijar en él su pupila. Pero cuando se le dice a la mente: "Conócete a ti misma", al momento de oír "a ti misma", si lo entiende, ya se conoce, no por otra razón, sino porque está presente a sí misma. Y si no entiende lo que se le dice, no lo hace. Se manda que haga esto, y, al comprender el precepto, lo cumple.

[5.] De quantitate animae, 34, 77 (top)

Hemos de confesar que el alma humana no es lo que es Dios; pero también hemos de tener presente que nada de lo creado se acerca más a Dios. [...] Él es el principio inmutable, la sabiduría inmutable, la caridad inmutable; un solo Dios verdadero y perfecto, que siempre existió, siempre existirá, nunca existió de otra manera, nunca existirá de otro modo; nada hay más oculto y nada más presente que Él; difícilmente se halla donde está y más difícilmente donde no está; no todos pueden estar a su lado, pero nadie puede estar alejado de Él. [...] Este es, pues, el solo Dios que ha de adorar el alma, sin quitar nada ni confundir nada. Lo que el alma adora como Dios es necesario que lo crea superior a ella misma. Ni la tierra, ni el mar, ni las estrellas, ni la luna, ni el sol, ni nada, en absoluto, de lo que puede tocarse o verse con los ojos, ni, por último, el mismo cielo, que no puede ser visto por nosotros, hemos de creer que sea mejor que la naturaleza del alma. Es más, la razón nos convence con certeza de que todas estas cosas son mucho más inferiores que cualquier alma.
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5. El problema del tiempo

Confesiones, Libro XI

CAPÍTULO XIV ¿Qué es el tiempo? (top)

17. No hubo, pues, tiempo alguno en que tú no hicieses nada, puesto que el mismo tiempo es obra tuya. Pero ningún tiempo te puede ser coeterno, porque tú eres permanente, y éste, si permaneciese, no sería tiempo. ¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es él y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo decimos que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?

CAPÍTULO XV: La medida del tiempo (top)

18. Y, sin embargo, decimos «tiempo largo» y «tiempo breve», lo cual no podemos decirlo más que del tiempo pasado y futuro. Llamamos tiempo pasado largo, v.gr., a cien años antes de ahora, y de igual modo tiempo futuro largo a cien años después; tiempo pretérito breve, si decimos, por ejemplo, hace diez días, y tiempo futuro breve, si dentro de diez días. Pero ¿cómo puede ser largo o breve lo que no es? Porque el pretérito ya no es, y el futuro todavía no es. No digamos, pues, que «es largo», sino, hablando del pretérito, digamos que «fue largo», y del futuro, que «será largo».
¡Oh Dios mío y luz mía!, ¿no se burlará en esto tu Verdad del hombre? Porque el tiempo pasado que fue largo, ¿fue largo cuando era ya pasado o tal vez cuando era aún presente? Porque entonces podía ser largo, cuando había de qué ser largo; y como el pretérito ya no era, tampoco podía ser largo, puesto que de ningún modo existía. Luego no digamos: «El tiempo pasado fue largo», porque no hallaremos que fue largo, por la razón de que lo que es pretérito, por serlo, no existe; sino digamos: «Largo fue aquel tiempo siendo presente», porque siendo presente fue cuando era largo; todavía, en efecto, no había pasado para dejar de ser, por lo que era y podía ser largo; pero después que pasó, dejó de ser largo, al punto que dejó de existir.
19. Pero veamos, ¡oh alma mía!, si el tiempo presente puede ser largo; porque se te ha dado poder sentir y medir las duraciones. ¿Qué me respondes? ¿Cien años presentes son acaso un tiempo largo? Mira primero si pueden estar presentes cien años. Porque si se trata del primer año, es presente; pero los noventa y nueve son futuros, y, por tanto, no existen todavía; pero si estamos en el segundo, ya tenemos uno pretérito, otro presente, y los restantes, futuros. Y así de cualquiera de cada uno de los años medios de este número centenario que tomemos como presente todos los anteriores a él serán pasados; todos los que vengan después de él, futuros. Por todo lo cual no pueden ser presentes los cien años.
Pero veamos si aun el año que se toma es presente. En efecto si de él el primer mes es presente, los restantes son futuros; si se trata del segundo, ya el primero es pasado, y los restantes no son aún. Luego ni aun el año en cuestión es todo presente; y si no es todo presente, no es el año presente; porque el año consta de doce meses, de los cuales cualquier mes que se tome es presente siendo los restantes pasados o futuros. Pero es que ni el mes que corre es todo presente, sino un día. Porque si lo es el primero, los restantes son futuros; si es el último, los restantes son pasados; si alguno de los intermedios, unos serán pasados, otros futuros.
20. He aquí el tiempo presente —el único que hallamos debió llamarse largo—, que apenas si se reduce al breve espacio de un día. Pero discutamos aún esto mismo. Porque ni aun el día es todo él presente. Este se compone, en efecto, de veinticuatro horas entre las nocturnas y diurnas, de las cuales la primera tiene como futuras las restantes, y la última como pasadas todas las demás, y cualquiera de las intermedias tiene delante de ella pretéritas y después de ella futuras. Pero aun la misma hora está compuesta de partículas fugitivas, siendo pasado lo que ha transcurrido de ella, y futuro lo que aún le queda.
Si, pues, hay algo de tiempo que se pueda concebir como indivisible en partes, por pequeñísimas que éstas sean, sólo ese momento es el que debe decirse presente; el cual, sin embargo, vuela tan rápidamente del futuro al pasado, que no se detiene ni un instante siquiera. Porque, si se detuviese, podría dividirse en pretérito y futuro, y el presente no tiene espacio ninguno.
¿Dónde está, pues, el tiempo que llamamos largo? ¿Será acaso el futuro? Ciertamente que no podemos decir de éste que es largo, porque todavía no existe qué sea largo; sino decimos que será largo; y si fuese largo, cuando saliendo del futuro, que todavía no es, comenzare a ser y fuese hecho presente para poder ser largo, ya clama el tiempo presente, con las razones antedichas, que no puede ser largo.

CAPÍTULO XVI: Qué tiempo puede medirse (top)

21. Y, sin embargo, Señor, sentimos los intervalos de los tiempos y los comparamos entre sí, y decimos que unos son más largos y otros más breves. También medimos cuánto sea más largo o más corto aquel tiempo que éste, y decimos que éste es doble o triple y aquél sencillo, o que éste es tanto como aquél. Ciertamente nosotros medimos los tiempos que pasan cuando sintiéndolos los medimos; mas los pasados, que ya no son, o los futuros, que todavía no son, ¿quién los podrá medir? A no ser que se atreva alguien a decir que puede medirse lo que no existe. Porque mientras está pasando el tiempo puede sentirse y medirse; pero cuando ha pasado ya no es mensurable, porque no existe.

CAPÍTULO XVII: ¿Existe el pasado y el futuro? (top)

22. Pregunto yo, Padre, no afirmo: ¡oh Dios mío!, presídeme y gobiérname. ¿Quién hay que me diga que no son tres los tiempos, como aprendimos de niños y enseñamos a los niños pretérito, presente y futuro, sino solamente presente, por no existir aquellos dos? ¿Acaso también existen éstos, pero como procediendo de un sitio oculto cuando de futuro se hace presente o retirándose a un lugar oculto cuando de presente se hace pretérito? Porque si aún no son, ¿dónde los vieron los que predijeron cosas futuras?; porque en modo alguno puede ser visto lo que no es. Y los que narran cosas pasadas no narraran cosas verdaderas, ciertamente, si no viesen aquéllas con el alma, las cuales, si fuesen nada, no podrían ser vistas de ningún modo. Luego existen las cosas futuras y las pretéritas.

CAPÍTULO XVIII: Presencia del pasado y del futuro en mi memoria (top)

23. Permíteme ir adelante en mi investigación, Señor, esperanza mía; que no se distraiga mi atención. Porque, si son las cosas futuras y pretéritas, quiero saber dónde están. Lo cual si no puedo todavía, sé al menos que, dondequiera que estén, no son allí futuras o pretéritas, sino presentes; porque si allí son futuras, todavía no son, y si son pretéritas, ya no están allí; dondequiera, pues, que estén, cualesquiera que ellas sean, no son sino presentes. Cierto que, cuando se refieren a cosas pasadas verdaderas, no son las cosas mismas que han pasado las que se sacan de la memoria, sino las palabras engendradas por sus imágenes, que pasando por los sentidos imprimieron en el alma como su huella. Así, mi puericia, que ya no existe, existe en el tiempo pretérito, que tampoco existe; pero cuando yo recuerdo o describo su imagen, en tiempo presente la intuyo, porque existe todavía en mi memoria. Ahora, si es semejante la causa de predecir los futuros, de modo que se presientan las imágenes ya existentes de las cosas que aún no son, confieso, Dios mío, que no lo sé. Lo que sí sé ciertamente es que nosotros premeditamos muchas veces nuestras futuras acciones, y que esta premeditación es presente, no obstante que la acción que premeditamos aún no exista, porque es futura; la cual, cuando acometamos y comencemos a poner por obra nuestra premeditación, comenzará entonces a existir, porque entonces será no futura, sino presente.
24. Así, pues, de cualquier modo que se halle este arcano presentimiento de los futuros, lo cierto es que no se puede ver sino lo que es. Pero lo que es ya, no es futuro, sino presente. Luego cuando se dice que se ven las cosas futuras, no se ven estas mismas, que todavía no son, esto es, las cosas que son futuras, sino a lo más sus causas o signos, que existen ya, y por consiguiente ya no son futuras, sino presentes a los que las ven, y por medio de ellos, concebidos en el alma, son predichos los futuros. Los cuales conceptos existen ya a su vez, y los intuyen presentes en sí quienes predicen aquéllos.
Hable por mí un ejemplo tomado de la inmensa multitud de cosas. Contemplo la aurora, anuncio que ha de salir el sol. Lo que veo es presente; lo que predigo, futuro; no futuro el sol, que ya existe, sino su salida, que todavía no ha sido. Sin embargo, aun su misma salida, si no lo imaginara en el alma como ahora cuando digo esto, no podría predecirlo. Pero ni aquella aurora, que veo en el cielo, es la salida del sol, aunque le preceda; ni tampoco aquella imaginación mía que retengo en el alma; las cuales dos cosas se ven presentes para que se pueda predecir aquel futuro. Luego no existen aún como futuras; y si no existen aún, no existen realmente; y si no existen realmente, no pueden ser vistas de ningún modo, sino solamente pueden ser predichas por medio de las presentes que existen ya y se ven.

CAPÍTULO XIX: Dios, maestro de los profetas (top)

25. Así, pues, ¡oh Rey de la creación!, ¿cuál es el modo con que tú enseñas a las almas las cosas que son futuras —puesto que tú las enseñaste a los profetas—, cuál es aquel modo con que enseñas las cosas futuras, tú para quien no hay nada futuro? ¿O más bien enseñas las cosas presentes acerca de las futuras? Porque lo que no es, tampoco puede ser ciertamente enseñado. Muy lejos está este modo de mi vista: excelso es; no podré alcanzarlo por mí (Sal 138,6), mas lo podré por ti, cuando lo tuvieres a bien, dulce luz de los ojos míos ocultos (Sal 37,11).

CAPÍTULO XX: Diferencia de tiempos (top)

26. Pero lo que ahora es claro y manifiesto es que no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación).
Si me es permitido hablar así, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no curo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas.

CAPÍTULO XXI: Cómo se mide el paso del tiempo (top)

27. Dije poco antes que nosotros medimos los tiempos cuando pasan, de modo que podamos decir que este tiempo es doble respecto de otro sencillo, o que este tiempo es igual que aquel otro, y si hay alguna otra cosa que podamos anunciar midiendo las partes del tiempo. Por lo cual, como decía, medimos los tiempos cuando pasan. Y si alguno me dice: «¿De dónde lo sabes?», le responderé que lo sé porque los medimos, y porque no se pueden medir las cosas que no son, y porque no son los pasados ni los futuros.
En cuanto al tiempo presente, ¿cómo lo medimos, si no tiene espacio? Lo medimos ciertamente cuando pasa, no cuando es ya pasado, porque entonces ya no hay qué medir. Pero ¿de dónde, por dónde y adónde pasa cuando lo medimos? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Por dónde, sino por el presente? ¿Adónde, sino hacia el pasado? Luego va de lo que aún no es, pasa por aquello que carece de espacio y va a lo que ya no es. Sin embargo, ¿qué es lo que medimos sino el tiempo en algún espacio? Porque no decimos: sencillo, o doble, o triple, o igual y otras cosas semejantes relativas al tiempo, sino refiriéndonos a espacios de tiempo. ¿En qué espacio de tiempo, pues, medimos el tiempo que pasa? ¿Acaso en el futuro de donde viene? Pero lo que aún no es no lo podemos medir. ¿Tal vez en el presente, por donde pasa? Pero tampoco podemos medirlo por falta de espacio. ¿Será, por ventura, en el pasado, adonde camina? Pero lo que ya no es no podemos medirlo.

CAPÍTULO XXII: Súplica para solucionar el enigma del tiempo (top)

28. Mi espíritu se ha enardecido en deseos de conocer este intrincadísimo enigma. No quieras ocultar, Señor Dios mío, Padre bueno, te lo suplico por Cristo, no quieras ocultar a mi deseo estos problemas tan corrientes como profundos, antes bien penetre yo en ellos y aparezcan claros, esclarecidos, Señor, por tu misericordia. ¿A quién he de preguntar sobre estos temas? Y ¿a quién podré confesar con más fruto mi impericia que a ti, a quien no son molestos mis vehementes e inflamados estudios de tus Escrituras? Dame lo que amo, pues ciertamente lo amo, y esto es don tuyo. Dámelo, ¡oh Padre!, tú que sabes dar buenas dádivas a tus hijos (Mt 7,11); dámelo, porque me he propuesto la tarea de conocer y tengo ante mí un duro trabajo (Sal 72,16) hasta que me abras. Te suplico por Cristo, en su nombre, en el del Santo de los santos, que nadie me estorbe en ello. También yo he creído, por eso hablo (Sal 115,10). Esta es mi esperanza; para ello vivo, a fin de contemplar la delectación del Señor (Sal 24,6).
He aquí que has hecho viejos mis días (Sal 38,6), y pasan; mas ¿cómo? No lo sé. Y hablamos «de tiempo y de tiempo» y «de tiempos y tiempos», y «¿en cuánto tiempo dijo aquél esto?», «¿en cuánto tiempo hizo esto aquél?», y «¡cuán largo tiempo hace que no vi aquello!», y «esta sílaba tiene doble tiempo respecto de aquella otra breve sencilla». Decimos estas cosas o las hemos oído, y las entendemos y somos entendidos. Clarísimas y vulgarísimas son estas cosas, las cuales de nuevo vuelven a ocultarse, siendo nuevo su descubrimiento.

CAPÍTULO XXIII: El tiempo no es el movimiento de los astros (top)

29. Oí de cierto hombre docto que el movimiento del sol, la luna y las estrellas es el tiempo; pero no asentí. Porque ¿por qué el tiempo no ha de ser más bien el movimiento de todos los cuerpos? ¿Acaso si cesaran los luminares del cielo y se moviera la rueda de un alfarero, no habría tiempo con que pudiéramos medir las vueltas que daba y decir que tanto tardaba en unas como en otras, o se movía unas veces más despacio y otras más aprisa, que unas duraban más, otras menos? Y aún diciendo estas cosas, ¿no hablamos nosotros también en el tiempo? ¿Y cómo habría en nuestras palabras sílabas largas y sílabas breves, si no es sonando durante más tiempo aquéllas y menos éstas?
Concede, ¡oh Dios!, a los hombres ver en lo pequeño las nociones comunes de las cosas pequeñas y grandes. Son las estrellas y lumbreras del cielo «signos para distinguir los tiempos, días y años»; lo son sin duda; pero ni yo diría que una vuelta de aquella ruedecilla de madera es un día, ni tampoco, por lo mismo, podría decir que dicha vuelta no es tiempo.
30. Lo que yo deseo saber es la virtud y naturaleza del tiempo con el que medimos el movimiento de los cuerpos y decimos que tal movimiento, v.gr., es dos veces más largo que éste. Porque pregunto: puesto que se llama día no sólo la duración del sol sobre la tierra, según la cual una cosa es el día y otra la noche, sino todo su recorrido de oriente a oriente, según lo cual decimos: «Han pasado tantos días» —incluyendo en «tantos días» sus noches, no contadas aparte—, puesto que el día se cierra con el movimiento del sol y su recorrido de oriente a oriente, pregunto yo si el día es el mismo movimiento o la duración con que hace dicho recorrido, o ambas cosas a la vez. Porque si el día fuera lo primero, sería desde luego un día, aunque el sol tardase en hacer su recorrido el tiempo de una hora solamente. Si fuese lo segundo, no sería un día si hiciese el recorrido de salida a salida en el breve espacio de una hora, sino que tendría el sol que dar veinticuatro vueltas para formar un día. Y si fuesen ambas cosas, ni aquél se llamaría día, en el supuesto que el sol realizara su giro en el espacio de una hora, ni tampoco éste, en el caso en que cesando el sol transcurriese tanto tiempo cuanto éste suele emplear en su recorrido de mañana a mañana.
Pero no trato ahora de investigar qué es lo que llamamos día, sino qué es el tiempo, con el cual, midiendo el recorrido del sol, podríamos decir que lo hizo en la mitad menos de tiempo de lo que suele, si lo hubiese hecho en un espacio de tiempo equivalente a doce horas; y comparando ambos tiempos diríamos que aquél es sencillo, éste doble, aun dado caso que unas veces hiciese el sol su recorrido de oriente a oriente en veinticuatro horas y otras en doce.
Nadie, pues, me diga que el tiempo es el movimiento de los cuerpos celestes; porque cuando se detuvo el sol por deseos de un individuo para dar fin a una batalla victoriosa (Jos 10,12), estaba quieto el sol y caminaba el tiempo, porque aquella lucha se ejecutó y terminó en el espacio de tiempo que le era necesario.
Veo, pues, que el tiempo es una cierta distensión [continua] Pero ¿lo veo o es que me figuro verlo? Tú me lo mostrarás, ¡oh Luz de la verdad!

CAPÍTULO XXIV: El tiempo tampoco es el movimiento de los cuerpos (top)

31. ¿Mandas que apruebe si alguno dice que el tiempo es el movimiento del cuerpo? No lo mandas. Porque yo oigo, y tú lo dices, que ningún cuerpo se puede mover si no es en el tiempo; pero que el mismo movimiento del cuerpo sea el tiempo no lo oigo, ni tú lo dices. Porque cuando se mueve un cuerpo, mido por el tiempo el rato que se mueve, desde que empieza a moverse hasta que termina. Y si no le vi comenzar a moverse y continúa moviéndose de modo que no vea cuándo termina, no puedo medir esta duración, si no es tal vez desde que lo comencé a ver hasta que dejé de verlo. Y si lo veo largo rato, sólo podré decir que se movió largo rato, pero no cuánto; porque cuando decimos: «Cuánto», no lo decimos sino por relación a algo, como cuando decimos: «Tanto esto, cuanto aquello», o «Esto es doble respecto de aquello», y así otras cosas por el estilo.
Pero si pudiéramos notar los espacios de los lugares, de dónde y hacia dónde va el cuerpo que se mueve, o sus partes, si se moviese sobre sí como en un torno, podríamos decir cuánto tiempo empleó en efectuarse aquel movimiento del cuerpo o de sus partes desde un lugar a otro lugar. Así, pues, siendo una cosa el movimiento del cuerpo y otra aquello con que medimos su duración, ¿quién no ve cuál de los dos debe decirse tiempo con más propiedad? Porque si un cuerpo se mueve unas veces más o menos rápidamente y otras está parado, no sólo medimos por el tiempo su movimiento, sino también su parada, y decimos: «Tanto estuvo parado cuanto se movió», o «Estuvo parado el doble o el triple de lo que se movió», y cualquiera otra cosa que comprenda o estime nuestra dimensión, más o menos, como suele decirse. No es, pues, el tiempo el movimiento de los cuerpos.

CAPÍTULO XXV: Agustín no sabe qué es lo que no sabe del tiempo (top)

32. Te confieso, Señor, que ignoro aún qué sea el tiempo; y te confieso asimismo, Señor, saber que digo estas cosas en el tiempo, y que hace mucho que estoy hablando del tiempo, y que este mismo «hace mucho» no sería lo que es si no fuera por la duración del tiempo. ¿Cómo, pues, sé esto, cuando no sé lo que es el tiempo? ¿O es tal vez que ignoro cómo he de decir lo que sé? ¡Ay de mí, que no sé siquiera lo que ignoro! Heme aquí en tu presencia, Dios mío, que no miento. Como hablo, así está mi corazón. Tú alumbrarás mi lámpara, Señor, Dios mío; tú iluminarás mis tinieblas (Sal 17,29).

CAPÍTULO XXVI: Agustín mide y no sabe lo que mide (top)

33. ¿Acaso no te confiesa mi alma con confesión verídica que yo mido los tiempos? Cierto es, Señor, Dios mío, que yo mido —y no sé lo que mido—, que mido el movimiento del cuerpo por el tiempo; pero ¿no mido también el tiempo mismo? Y ¿podría acaso medir el movimiento del cuerpo, cuánto ha durado y cuánto ha tardado en llegar de un punto a otro, si no midiese el tiempo en que se mueve?
Pero ¿de dónde mido yo el tiempo? ¿Acaso medimos el tiempo largo por el breve, como medimos por el espacio de un codo el espacio de una viga? Pues así vemos que medimos la cantidad de una sílaba larga por la cantidad de una breve, diciendo de ella que es doble. Y de este modo medimos la extensión de los poemas, por la extensión de los versos; y la extensión de los versos, por la extensión de los pies; y la extensión de los pies, por la cantidad de las sílabas; y la cantidad de las largas, por la cantidad de las breves; no por las páginas —que de este modo medimos los lugares, no los tiempos—, sino cuando, pronunciándolas, pasan las voces y decimos: «largo poema», pues se compone de tantos versos; «largos versos», pues constan de tantos pies; «larga sílaba», pues es doble respecto de la breve.
Pero ni aun así llegaremos a una medida fija del tiempo, porque puede suceder que un verso más breve suene durante más largo espacio de tiempo, si se pronuncia más lentamente, que otro más largo, si se recita más aprisa. Y lo mismo dígase del poema, del pie y de la sílaba.
De aquí me pareció que el tiempo no es otra cosa que una extensión; pero ¿de qué? No lo sé, y maravilla será si no es de la misma alma 32. Porque ¿qué es, te suplico, Dios mío, lo que mido cuando digo, bien de modo indefinido, como: «Este tiempo es más largo que aquel otro»; o bien de modo definido, como: «Este es doble que aquél»? Mido el tiempo, lo sé; pero ni mido el futuro, que aún no es; ni mido el presente, que no se extiende por ningún espacio; ni mido el pretérito, que ya no existe. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Acaso los tiempos que pasan, no los pasados? Así lo tengo dicho ya [cc.16 y 21].

CAPÍTULO XXVII: En la memoria se miden los tiempos (top)

34. Insiste, alma mía, y presta gran atención: Dios es nuestro ayudador. Él nos ha hecho y no nosotros (Sal 99,3). Atiende de qué parte alborea la verdad.
Supongamos, por ejemplo, una voz corporal que empieza a sonar y suena, y suena, y luego cesa y se hace silencio, y pasa ya a pretérita aquella voz y deja de existir tal voz. Antes de que sonase era futura y no podía ser medida, por no ser aún; pero tampoco ahora lo puede ser, por no existir ya. Luego sólo pudo serlo cuando sonaba, porque entonces había qué medir. Pero entonces no se detenía, sino que caminaba y pasaba. ¿Acaso por esta causa podía serlo mejor? Porque pasando se extendía en cierto espacio de tiempo en que podía ser medida, por no tener el presente espacio alguno. Si, pues, entonces podía medirse, supongamos otra voz que empieza a sonar y continúa sonando con un sonido seguido e ininterrumpido. Midámosla mientras suena, porque cuando cesare de sonar ya será pretérita y no habrá qué pueda ser medido. Midámosla totalmente y digamos cuánto sea.
Pero todavía suena, y no puede ser medida sino desde su comienzo, desde que empezó a sonar, hasta el fin, en que cesó, puesto que lo que medimos es el intervalo mismo de un principio a un fin. Por esta razón, la voz que no ha sido aún terminada no puede ser medida, de modo que se diga «qué larga o breve es», o denominarse igual a otra, ni sencilla o doble, o cosa semejante, respecto de otra. Pero cuando fuere terminada, ya no existirá. ¿Cómo podrá en este caso ser medida?
Y, sin embargo, medimos los tiempos, no aquellos que aún no son, ni aquellos que ya no son, ni aquellos que no se extienden con alguna duración, ni aquellos que no tienen términos. No medimos, pues, ni los tiempos futuros, ni los pretéritos, ni los presentes, ni los que corren. Y, sin embargo, medimos los tiempos.
35. ¡Oh Dios, creador de todo! Este verso consta de ocho sílabas, alternando las breves y las largas. Las cuatro breves —primera, tercera, quinta y séptima— son sencillas respecto de las cuatro largas —segunda, cuarta, sexta y octava—. Cada una de éstas, respecto de cada una de aquéllas, vale doble tiempo. Yo las pronuncio y las repito, y veo que es así, en tanto que son percibidas por un sentido fino. En tanto que un sentido fino las acusa, yo mido la sílaba larga por la breve, y noto que la contiene justamente dos veces.
Pero cuando suena una después de otra, si la primera es breve y larga la segunda, ¿cómo podré retener la breve y cómo la aplicaré a la larga para ver que la contiene justamente dos veces, siendo así que la larga no empieza a sonar hasta que no cesa de sonar la breve? Y la misma larga, ¿por ventura la mido presente, siendo así que no la puedo medir sino terminada? Y, sin embargo, su terminación es su preterición. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la breve con que mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas sonaron, volaron, pasaron, ya no son. No obstante, yo las mido, y respondo con toda la confianza con que puede uno fiarse de un sentido experimentado, que aquélla es sencilla, ésta doble, en duración de tiempo se entiende. Ni puedo hacer esto si no es por haber pasado y terminado. Luego no son aquéllas [sílabas], que ya no existen, las que mido, sino mido algo en mi memoria y que permanece en ella fijo.
36. En ti, alma mía, mido los tiempos. No quieras perturbarme, que así es; ni quieras perturbarte a ti con el tropel de tus impresiones. En ti —repito— mido los tiempos. La afección que en ti producen las cosas que pasan —y que, aun cuando hayan pasado, permanece— es la que yo mido de presente, no las cosas que pasaron para producirla: ésta es la que mido cuando mido los tiempos. Luego o ésta es el tiempo o yo no mido el tiempo.
Y qué; cuando medimos los silencios y decimos: aquel silencio duró tanto tiempo cuanto duró aquella otra voz, ¿no extendemos acaso el pensamiento para medir la voz como si sonase, a fin de poder determinar algo de los intervalos de silencio en el espacio del tiempo? Porque callada la voz y la boca, recitamos a veces poemas y versos, y toda clase de discursos y cualesquiera dimensiones de mociones, y nos damos cuenta de los espacios de tiempo y de la cantidad de aquél respecto de éste, no de otro modo que si tales cosas las dijésemos en voz alta.
Si alguno quisiese emitir una voz un poco sostenida y determinase en su pensamiento lo larga que había de ser, este tal determinó, sin duda, en silencio el espacio dicho de tiempo, y encomendándolo a la memoria, comenzó a emitir aquella voz que suena hasta llegar al término prefijado; ¿qué digo?, sonó y sonará. Porque lo que se ha realizado de ella, sonó ciertamente; mas lo que resta, sonará, y de esta manera llegará a su fin, mientras la atención presente traslada el futuro en pretérito, disminuyendo al futuro y creciendo el pretérito hasta que, consumido el futuro, sea todo pretérito.

CAPÍTULO XXVIII: El alma, medida del tiempo (top)

37. Pero ¿cómo disminuye o se consume el futuro, que aún no existe? ¿O cómo crece el pretérito, que ya no es, si no es porque en el alma, que es quien lo realiza, existen las tres cosas? Porque ella espera, atiende y recuerda, a fin de que aquello que espera pase por aquello que atiende a aquello que recuerda.
¿Quién hay, en efecto, que niegue que los futuros aún no son? Y, sin embargo, existe en el alma la expectación de los futuros. ¿Y quién hay que niegue que los pretéritos ya no existen? Y, sin embargo, todavía existe en el alma la memoria de los pretéritos. ¿Y quién hay que niegue que el tiempo presente carece de espacio por pasar en un punto? Y, sin embargo, perdura la atención por donde pase al no ser lo que es. No es, pues, largo el tiempo futuro, que no existe, sino que un futuro largo es una larga expectación del futuro; ni es largo el pretérito, que ya no es, sino que un pretérito largo es una larga memoria del pretérito.
38. Supongamos que voy a recitar una canción sabida por mí. Antes de comenzar, mi expectación se extiende a toda ella; pero una vez comenzada, cuanto voy quitando de ella para el pasado, tanto a su vez se extiende mi memoria y se distiende la vida de esta mi acción en la memoria, por lo ya dicho, y en la expectación, por lo que he de decir. Sin embargo, mi atención es presente, y por ella pasa lo que era futuro para hacerse pretérito. Lo cual, cuanto más y más se verifica, tanto más, abreviada la expectación, se alarga la memoria, hasta que se consume toda la expectación, cuando, terminada toda aquella acción, pasare a la memoria.
Y lo que sucede con la canción entera acontece con cada una de sus partes, y con cada una de sus sílabas; y esto mismo, es lo que sucede con una acción más larga, de la que tal vez es una parte aquella canción; esto lo que acontece con la vida total del hombre, de la que forman parte cada una de las acciones del mismo; y esto lo que ocurre con la vida de la humanidad, de la que son partes las vidas de todos los hombres.

CAPÍTULO XXIX: Agustín anhela transcender lo temporal hacia Dios (top)

39. Pero como tu misericordia es mejor que las vidas [humanas] (Sal 62,4), he aquí que mi vida es una distensión. Y me recibió tu diestra (Sal 17,36) en mi Señor, en el Hijo del hombre, Mediador entre ti —Uno— y nosotros —muchos—, divididos en muchas partes y por multitud de cosas, a fin de que por Él alcance aquello para lo cual yo a mi vez fui alcanzado (Flp 3,12), y siguiendo al Uno sea recogido de mis días viejos, olvidado de las cosas pasadas, y no distraído en las cosas futuras y transitorias, sino extendido en las que están delante de nosotros; porque no es por la distracción, sino por la atención, como yo camino hacia la palma de la vocación celestial (Flp 3,13), donde oiré la voz de la alabanza (Sal 25,7) y contemplaré tu delectación (Sal 26,4), que no viene ni pasa.
Pero ahora mis años se pasan en gemidos (Sal 30,11). Y tú, consuelo mío, Señor y Padre mío, eres eterno; en tanto que yo me he disipado en los tiempos, cuyo orden ignoro, y mis pensamientos —las entrañas íntimas de mi alma— se desgarran por las tumultuosas variedades, hasta que, purificado y derretido en el fuego de tu amor, sea fundido en ti.

CAPÍTULO XXX: No se puede decir nunca donde no hay tiempo (top)

40. Pero me estabilizaré y solidificaré en ti, en mi forma, en tu verdad; ni sufriré ya las cuestiones de los hombres, que, por la enfermedad contraída en pena de su pecado, desean más de lo que son capaces y dicen: «¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra?»; o también: «¿Por qué le vino el pensamiento de hacer algo, no habiendo hecho antes absolutamente nada?». Dales, Señor, que piensen bien lo que dicen y descubran que «no se dice nunca» donde no hay tiempo. Luego cuando «se dice que nunca había obrado», ¿qué otra cosa se dice sino que no había obrado en tiempo alguno? Vean, pues, que no puede haber ningún tiempo sin criatura y dejen de hablar semejante vaciedad.
Extiéndanse también «hacia aquellas cosas que están delante» y entiendan que tú, creador eterno de todos los tiempos, eres antes que todos los tiempos, y que no hay tiempo alguno que te sea coeterno ni criatura alguna, aunque haya alguna que esté sobre el tiempo.

CAPÍTULO XXXI: Me gozaré con tu luz y excelsitud (top)

41. Señor, Dios mío, ¿cuál es el seno de tu profundo secreto? ¡Y qué lejos de él me arrojaron las consecuencias de mis delitos! Sana mis ojos y yo me gozaré con tu luz.
Ciertamente que si existe un alma dotada de tanta ciencia y presciencia, para quien sean conocidas todas las cosas, pasadas y futuras, como lo es para mí un canto conocidísimo, esta alma es extraordinariamente admirable y estupenda hasta el horror, puesto que nada se le oculta de cuanto se ha realizado y ha de realizarse en los siglos, al modo como no se me oculta a mí, cuando recito dicha canción, qué y cuánto ha pasado de ella desde el principio, qué y cuánto resta de ella hasta terminar.
Pero lejos de mí pensar que tú, creador del universo, creador de las almas y de los cuerpos, sí, lejos de mí pensar que tú conozcas así todas las cosas futuras y pretéritas. Sí; tú las conoces de otro modo, de otro modo más admirable y más profundo. Porque no sucede en ti, inconmutablemente eterno, esto es, creador verdaderamente eterno de las inteligencias, algo de lo que sucede en el que recita u oye recitar un cántico conocido, que con la expectación de las palabras futuras y la memoria de las pasadas varía el afecto y se distiende el sentido. Pues así como conociste desde «el principio el cielo y la tierra» sin variación de tu conocimiento, así hiciste en el principio el cielo y la tierra sin distinción de tu acción.
Quien entiende esto, que te alabe, y quien no lo entiende, que te alabe también. ¡Oh cuán excelso eres! Y sin embargo, son tu morada los humildes de corazón. Porque tú levantas a los caídos (Sal 144,14), y no caen aquellos cuya celsitud eres tú.
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6. El problema del mal

Confesiones, Libro VII

CAPÍTULO III: El libre albedrío, causa del pecado (top)

4. Pero tampoco yo, aun cuando afirmaba y creía firmemente que tú, nuestro Señor y Dios verdadero, creador de nuestras almas y de nuestros cuerpos, y no sólo de nuestras almas y de nuestros cuerpos, sino también de todos los seres y realidades, eras incontaminable, inalterable y bajo ningún concepto mudable, tampoco tenía por averiguada y explicada la causa del mal. Sin embargo, cualquiera que ella fuese, veía que debía buscarse de modo que no me viera obligado por su causa a creer mudable a Dios inmutable, no fuera que llegara a ser yo mismo lo que buscaba [ser causa del mal].
Así, pues, buscaba aquélla [la causa del mal], mas estando seguro y cierto de que no era verdad lo que decían aquéllos [los maniqueos], de quienes huía con toda el alma, porque los veía buscando el origen del mal repletos de malicia, a causa de la cual creían antes a tu sustancia capaz de padecer el mal, que no a la suya capaz de cometerlo.
5. Ponía atención en comprender lo que había oído de que el libre albedrío de la voluntad es la causa del mal que hacemos, y tu recto juicio, del que padecemos; pero no podía verlo con claridad. Y así, esforzándome por apartar de este abismo la mirada de mi mente, me hundía de nuevo en él, e intentando salir de él repetidas veces, otras tantas me volvía a hundir.
Porque me elevaba hacia tu luz el ver tan claro que tenía voluntad como que vivía; y así, cuando quería o no quería alguna cosa, estaba certísimo de que era yo y no otro el que quería o no quería; y ya casi, casi me convencía de que allí estaba la causa del pecado; y en cuanto a lo que hacía contra voluntad, veía que más era padecer que obrar, y juzgaba que ello no era culpa, sino pena, por la cual confesaba ser justamente castigado por ti, a quien tenía por justo. Pero de nuevo decía:
¿Quién me ha hecho a mí? ¿Acaso no ha sido Dios, que es no sólo bueno, sino la misma bondad? ¿De dónde, pues, me ha venido el querer el mal y no querer el bien? ¿Es acaso para que yo sufra las penas merecidas? ¿Quién depositó esto en mí y sembró en mi alma esta semilla de amargura, siendo hechura exclusiva de mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor, ¿de dónde procede el diablo? Y si éste de ángel bueno se ha hecho diablo por su mala voluntad, ¿de dónde le viene a él la mala voluntad por la que es demonio, siendo todo él hechura de un creador buenísimo?
Con estos pensamientos me volvía a deprimir y ahogar, si bien no era ya conducido hasta aquel infierno del error donde nadie te confiesa (Sal 6,6), al juzgar más fácil que padezcas tú el mal, que no sea el hombre el que lo ejecuta.


CAPÍTULO IV: Incorruptibilidad esencial de Dios
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6. Así, pues, me empeñaba yo en buscar las demás cosas, como ya había encontrado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y por eso confesaba que tú, fueses lo que fueses, debías ser incorruptible. Porque nadie ha podido ni podrá jamás concebir cosa mejor que tú, que eres el bien sumo y excelentísimo. Ahora bien, siendo certísimo y muy verdadero que lo incorruptible debe ser antepuesto a lo corruptible, como yo entonces lo anteponía, podría ya con el pensamiento concebir algo mejor que mi Dios, si tú no fueras incorruptible.
Pero allí donde veía que lo incorruptible debe ser preferido a lo corruptible, allí decía yo haberte buscado y por allí deducir la causa del mal u origen de la corrupción, la cual de ningún modo puede violar tu sustancia, de ningún modo en absoluto; puesto que ni por voluntad, ni por necesidad, ni por ningún caso fortuito puede la corrupción dañar a nuestro Dios, ya que él es Dios y no puede querer para sí sino lo que es bueno, y aun él es el mismo bien, y la corruptibilidad no es ningún bien.
Tampoco puedes ser obligado a algo contra tu voluntad porque tu voluntad no es mayor que tu poder, y lo sería en caso de que tú pudieras ser mayor que tú, puesto que la voluntad y el poder de Dios son el mismo Dios. ¿Y qué puede haber imprevisto para ti, que conoces todas las cosas y todas existen porque las has conocido?
Pero ¿a qué tantas palabras para demostrar que no es corruptible la sustancia de Dios, cuando si fuera corruptible no sería Dios?


CAPÍTULO V: Incertidumbres sobre el origen del mal
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7. Buscaba yo el origen del mal, pero lo buscaba mal, y ni aun veía el mal que había en el mismo modo de buscarle. Ponía yo delante de los ojos de mi alma toda la creación (así lo que podemos ver en ella, como es la tierra y el mar, el aire y las estrellas, los árboles y los animales, como lo que no vemos en ella, cual es el firmamento del cielo, con todos los ángeles y seres espirituales, pero éstos como si fuesen cuerpos colocados en sus respectivos lugares, según mi fantasía) e hice con ella [la creación] como una masa inmensa, especificada por diversos géneros de cuerpos, ya de los que realmente eran cuerpos, ya de los que como tales fingía mi fantasía en sustitución de los espíritus.
E imaginaba yo esta masa inmensa, no cuanto ella era realmente —que esto no lo podía saber—, sino cuanto me placía, aunque limitada por todas partes; y a ti, Señor, como a un ser que la rodeaba y penetraba por todas partes, aunque infinito en todas las direcciones, como si hubiese un mar único en todas partes e infinito en todas direcciones, extendido por la inmensidad, el cual tuviese dentro de sí una gran esponja, bien que limitada, la cual estuviera llena en todas sus partes de ese mar inmenso. De este modo imaginaba yo tu creación, finita, llena de ti, infinito, y decía:
He aquí a Dios y he aquí las cosas que ha creado Dios, y un Dios bueno, inmenso e infinitamente más excelente que sus criaturas; pero como bueno, hizo todas las cosas buenas; y ¡ved cómo las abraza y llena! Pero si esto es así, ¿dónde está el mal y de dónde y por qué parte se ha colado en el mundo? ¿Cuál es su raíz y cuál su semilla? ¿Es que no existe en modo alguno? Pues entonces, ¿por qué tememos y nos guardamos de lo que no existe? Y si tememos vanamente, el mismo temor es ya ciertamente un mal que atormenta y despedaza sin motivo nuestro corazón, y tanto más grave cuanto que, no habiendo de qué temer, tememos. Por tanto, o es un mal lo que tememos o el que temamos es ya un mal. ¿De dónde, pues, procede éste, puesto que Dios, bueno, hizo todas las cosas buenas: el Mayor y Sumo bien, los bienes menores, pero Criador y criaturas, todos buenos? ¿De dónde viene el mal? ¿Acaso la materia de donde las sacó era mala y la formó y ordenó, sí, pero dejando en ella algo que no convirtiese en bien? ¿Y por qué esto? ¿Acaso siendo omnipotente era, sin embargo, impotente para convertirla y mudarla toda, de modo que no quedase en ella nada de mal? Finalmente, ¿por qué quiso servirse de esta materia para hacer algo y no más bien usar de su omnipotencia para destruirla totalmente? ¿O podía ella existir contra su voluntad? Y si era eterna, ¿por qué la dejó por tanto tiempo estar por tan infinitos espacios de tiempo para atrás y le agradó tanto después de servirse de ella para hacer alguna cosa? O ya que repentinamente quiso hacer algo, ¿no hubiera sido mejor, siendo omnipotente, hacer que no existiera aquella, quedando él solo, bien total, verdadero, sumo e infinito? Y si no era justo que, siendo él bueno, no fabricase ni produjese algún bien, ¿por qué, quitada de delante y aniquilada aquella materia que era mala, no creó otra buena de donde sacase todas las cosas? Porque no sería omnipotente si no pudiera crear algún bien sin ayuda de aquella materia que él no había creado.
Tales cosas revolvía yo en mi pecho, apesadumbrado con los devoradores cuidados de la muerte y de no haber hallado la verdad. Sin embargo, de modo estable se afincaba en mi corazón, en orden a la Iglesia católica, la fe de tu Cristo, Señor y Salvador nuestro; informe ciertamente en muchos puntos y como fluctuando fuera de la norma de doctrina; mas con todo, no la abandonaba ya mi alma, antes cada día se empapaba más y más en ella.


CAPÍTULO VII: Nueva discusión sobre el problema del mal
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11. Ya me habías sacado, Ayudador mío5 de aquellas ligaduras [de las enseñanzas de los matemáticos]; y aunque buscaba el origen del mal y no hallaba su solución, mas no permitías ya que las olas de mi razonamiento me apartasen de aquella fe por la cual creía que existes, que tu sustancia es inconmutable, que tienes providencia de los hombres, que has de juzgarles a todos y que has puesto el camino de la salud humana, en orden a aquella vida que ha de sobrevenir después de la muerte, en Cristo, tu hijo y Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, que recomiendan la autoridad de tu Iglesia católica.
Puestas, pues, a salvo estas verdades y fortificadas de modo inconcuso en mi alma, buscaba lleno de ardor de dónde venía el mal. Y ¡qué tormentos de parto eran aquellos de mi corazón!, ¡qué gemidos, Dios mío! Allí estaban tus oídos y yo no lo sabía. Y como en silencio te buscara yo fuertemente, grandes eran las voces que elevaban hacia tu misericordia las tácitas contriciones de mi alma.
Tú sabes lo que yo padecía, no ninguno de los hombres. Porque ¿cuánto era lo que mi lengua comunicaba a los oídos de mis más íntimos familiares? ¿Acaso percibían ellos todo el tumulto de mi alma, para declarar el cual no bastaban ni el tiempo ni la palabra? Sin embargo, hacia tus oídos se encaminaban todos los rugidos de los gemidos de mi corazón y ante ti estaba mi deseo (Sal 37,9); pero no estaba contigo la lumbre de mis ojos, porque ella estaba dentro y yo fuera; ella no ocupaba lugar alguno y yo fijaba mi atención en las cosas que ocupan lugar, por lo que no hallaba en ellas lugar de descanso ni me acogían de modo que pudiera decir: «¡Basta! ¡Está bien!»; ni me dejaban volver adonde me hallase suficientemente bien. Porque yo era superior a estas cosas, aunque inferior a ti; y tú eras gozo verdadero para mí sometido a ti, así como tú sujetaste a mí las cosas que criaste inferiores a mí. Y éste era el justo temperamento y la región media de mi salud: que permaneciese a imagen tuya y, sirviéndote a ti, dominase mi cuerpo. Pero habiéndome yo levantado soberbiamente contra ti y corrido contra el Señor teniendo como escudo mi dura cerviz (Job 15,26) estas cosas débiles se pusieron también sobre mí y me oprimían y no me dejaban un momento de descanso ni de respiración.
Cuando yo las miraba me salían al encuentro amontonada y confusamente de todas partes; mas cuando pensaba en ellas se me oponían las mismas imágenes de los cuerpos a que me retirase, como diciéndome: «¿Adónde vas, indigno y sucio?» Pero estas cosas habían crecido en mí a causa de mi llaga, porque me humillaste como a un soberbio herido (Sal 88,11) y me hallaba separado de ti por mi hinchazón, y mi rostro, hinchado en extremo, no dejaba a mis ojos ver.

CAPÍTULO VIII: Estímulos saludables y secretos (top)

12. Pero tú, Señor, permaneces eternamente y no te aíras eternamente contra nosotros (Sal 101,13), porque te compadeciste de la tierra y ceniza y fue de tu agrado reformar nuestras deformidades. Tú me aguijoneabas con estímulos interiores para que estuviese impaciente hasta que tú me fueses cierto por la mirada interior. Y bajaba mi hinchazón gracias a la mano secreta de tu medicina; y la vista de mi mente, turbada y obscurecida, iba sanando de día en día con el fuerte colirio de saludables dolores.

CAPÍTULO IX: La lectura de los libros neoplatónicos (top)

13. Y primeramente, queriendo tú mostrarme cuánto resistes a los soberbios y das tu gracia a los humildes (Sgo 4,10) y con cuánta misericordia tuya ha sido mostrada a los hombres la senda de la humildad, por haberse hecho carne tu Verbo y haber habitado entre los hombres (Jn 1,14), me procuraste, por medio de un hombre hinchado con descomunal soberbia, ciertos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín.
Y en ellos leí —no ciertamente con estas palabras, pero sí sustancialmente lo mismo, apoyado con muchas y diversas razones— que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, Y Dios era el Verbo. Este estaba desde el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él no se ha hecho nada. Lo que se ha hecho es vida en él; y la vida era luz de los hombres, y la luz luce en las tinieblas, mas las tinieblas no la comprendieron. Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, no es la luz, sino el Verbo, Dios; ése es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que en este mundo estaba, y que el mundo es hechura suya, y que el mundo no le reconoció. Pero no leí allí que él vino a casa propia y los suyos no le recibieron, y que a cuantos le recibieron les dio potestad de hacerse hijos de Dios creyendo en su nombre (Jn 1,1-12).
14. También leí en estos libros que el Verbo, Dios, «no nació de carne ni de sangre, ni por voluntad de varón, ni por voluntad de carne, sino de Dios» (cf. Jn 1,13). Pero no leí en ellos que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14).
Igualmente, encontré en aquellos escritos, dicho de diversas y múltiples maneras, que el Hijo tiene la forma del Padre y que no fue rapiña juzgarse igual a Dios por tener la misma naturaleza que él (Flp 2,6). Pero no dicen los pasajes siguientes: que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y reconocido por tal por su modo de ser; y que se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo que Dios le exaltó de entre los muertos y le dio un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre (Flp 2,7-11).
Allí se dice también «que antes de todos los tiempos, y por encima de todos los tiempos, permanece inconmutablemente tu Hijo unigénito, coeterno contigo, y que de su plenitud reciben las almas para ser felices y que por la participación de la sabiduría permanente en sí son renovadas para ser sabias». Pero no encontré allí que murió, según el tiempo, por los impíos y que no perdonaste a tu Hijo único, sino que le entregaste por todos nosotros (Rm 5,6). Porque tú escondiste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeñuelos (Mt 11,25), a fin de que los trabajados y cargados viniesen a él y les aliviase, porque es manso y humilde de corazón, y dirige a los mansos en justicia y enseña a los pacíficos sus caminos (Sal 24,9) viendo nuestra humildad y nuestro trabajo y perdonándonos todos nuestros pecados (Sal 24,18).
Pero aquellos que, elevándose sobre el coturno de una doctrina, digamos más sublime, no oyen al que les dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11,29), aunque conozcan a Dios no le glorifican como a Dios y le dan gracias, antes se desvanecen con sus pensamientos obscureciéndoseles su necio corazón, y diciendo que son sabios se hacen necios (Rm 1,21-22).
15. Y por eso leía también en aquellos escritos [neoplatónicos] que la gloria de tu incorrupción había sido trocada en ídolos y simulacros varios, en la semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y serpientes (Rm 1,23), es decir, en aquel manjar de Egipto por el que Esaú perdió su primogenitura, porque el pueblo primogénito, volviendo de corazón a Egipto, honró en lugar de ti a la cabeza de un cuadrúpedo, inclinando tu imagen —su alma— ante la imagen de un becerro comiendo hierba (Hch 7,39).
Estas cosas encontré allí, mas no comí de ellas, porque te plugo, Señor, quitar de Jacob el oprobio de disminución, a fin de que el mayor sirviese al menor, llamando a los gentiles a ser tu herencia.
También yo venía de los gentiles a ti y puse la atención en el oro que quisiste que tu pueblo transportase de Egipto (Ex 11,2), porque era tuyo dondequiera que se hallara; y dijiste a los atenienses por boca de tu Apóstol que en ti vivimos, nos movernos y somos, como algunos de las tuyos dijeron (Hch 17,28), y ciertamente de allí eran aquellos escritos. Pero no puse los ojos en los ídolos de los egipcios, a quienes ofrecían tu oro los que mudaron la verdad de Dios en mentira y dieron culto y sirvieron a la criatura más bien que al creador (Rm 1,25).

CAPÍTULO X: Más claridad de espíritu encontrada en estos libros sobre el Ser divino (top)

16. Y alertado por aquellos escritos que me intimaban a retornar a mí mismo, entré en mi interior guiado por ti; y lo pude hacer porque tú te hiciste mi ayuda (Sal 29,11). Entré y vi con el ojo de mi alma, comoquiera que él fuese, sobre el mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, una luz inmutable, no esta vulgar y visible a toda carne ni otra cuasi del mismo género, aunque más grande, como si ésta brillase más y más claramente y lo llenase todo con su grandeza. No era esto aquella luz, sino cosa distinta, muy distinta de todas éstas.
Ni estaba sobre mi mente como está el aceite sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino estaba sobre mí, por haberme hecho, y yo debajo, por ser hechura suya. Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce.
¡Oh eterna Verdad, y verdadera Caridad, y amada Eternidad! Tú eres mi Dios; por ti suspiro día y noche, y cuando por vez primera te conocí, tú me tomaste para que viese que existía lo que había de ver y que aún no estaba en condiciones de ver. Y reverberaste la debilidad de mi vista, dirigiendo tus rayos con fuerza sobre mí; y me estremecí de amor y de horror. Y advertí que me hallaba lejos de ti en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: «Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí».
Y conocí que por causa de la iniquidad corregiste al hombre e hiciste que se secara mi alma como una tela de araña (Sal 38,12), y dije: «¿Por ventura no es nada la verdad, porque no se halla difundida por los espacios materiales finitos e infinitos?» Y tú me gritaste de lejos: Al contrario, Yo soy el que soy (Ex 3,14); y lo oí como se oye interiormente en el corazón, sin quedarme lugar a duda, antes más fácilmente dudaría de que vivo, que no de que no existe la verdad, que se percibe por la inteligencia de las cosas creadas (Rm 1,20).

CAPÍTULO XI: Precariedad de las criaturas

17. Y miré las demás cosas que están por bajo de ti, y vi que ni son en absoluto ni absolutamente no son. Son ciertamente, porque proceden de ti; pero no son, porque no son lo que eres tú, y sólo es verdaderamente lo que permanece inmutable. Pero para mí el bien está en adherirme a Dios (Sal 72,28), porque, si no permanezco en él, tampoco podré permanecer en mí. Pero él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas (Sab 7,27); y tú eres mi Señor, porque no necesitas de mis bienes (Sal 15,2).

CAPÍTULO XII: Todo lo que se corrompe es bueno, porque tiene ser (top)

18. También se me dio a entender que son buenas las cosas que se corrompen, las cuales no podrían corromperse si fuesen sumamente buenas, como tampoco lo podrían si no fuesen buenas; porque si fueran sumamente buenas, serían incorruptibles, y si no fuesen buenas, no habría en ellas, qué corromperse. Porque la corrupción daña, y no podría dañar si no disminuyese lo bueno. Luego o la corrupción no daña nada, lo que no es posible, o, lo que es certísimo, todas las cosas que se corrompen son privadas de algún bien. Por donde, si fueren privadas de todo bien, no existirían absolutamente; luego si fueren y no pudieren ya corromperse, es que son mejores que antes, porque permanecen ya incorruptibles. ¿Y puede concebirse cosa más monstruosa que decir que las cosas que han perdido todo lo bueno se han hecho mejores? Luego las que fueren privadas de todo bien quedarán reducidas a la nada. Luego en tanto que son en tanto son buenas. Luego cualesquiera que ellas sean, son buenas, y el mal cuyo origen buscaba no es sustancia ninguna, porque si fuera sustancia sería un bien, y esto había de ser sustancia incorruptible —gran bien ciertamente— o sustancia corruptible, la cual, si no fuese buena, no podría corromperse.
Así vi yo y me fue manifestado que tú eras el autor de todos los bienes y que no hay en absoluto sustancia alguna que no haya sido creada por ti. Y porque no hiciste todas las cosas iguales, por eso todas ellas son, porque cada una por sí es buena y todas juntas muy buenas, porque nuestro Dios hizo todas las cosas buenas en extremo (Gn 1,31).


CAPÍTULO XIII: Todas las criaturas alaban a Dios
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19. Y ciertamente para ti, Señor, no existe absolutamente el mal; y no sólo para ti, pero ni aun para la universidad de tu creación, porque nada hay de fuera que irrumpa y corrompa el orden que tú le impusiste. Pero en cuanto a sus partes, hay algunas cosas tenidas por malas porque no convienen a otras; pero como estas mismas convienen a otras, son asimismo buenas; y ciertamente en orden a sí todas son buenas. Y aun todas las que no dicen conveniencia entre sí, la dicen con la parte inferior de las criaturas que llamamos «tierra», la cual tiene su cielo nuboso y ventoso apropiado para sí.

CAPÍTULO XIV: Despertar de Agustín en Dios (top)

20. No están sanos (Sal 37,4) aquellos a quienes les desagrada alguna de tus criaturas, como no lo estaba yo cuando me desagradaban muchas de las cosas hechas por ti. Pero porque mi alma no se atrevía a decir que le desplacía mi Dios, por eso no quería conocer por tuyo lo que le desagradaba.
Y de aquí también que mi alma fuera tras la opinión de las dos sustancias, en la que no hallaba descanso, y dijese cosas extrañas. Mas retornando de aquí, se había hecho para sí un dios difuminado por los infinitos espacios de todos los lugares, y le tenía por ti y le había colocado en su corazón, haciéndose por segunda vez templo de su ídolo, cosa abominable a tus ojos.
Pero después que pusiste fomentos en la cabeza de este ignorante y cerraste mis ojos para que no viese la vanidad (Sal 118,37), me dejó en paz un poco y se adormeció mi locura; y cuando desperté en ti, te vi de otra manera infinito; y esta visión no procedía de la carne.

CAPÍTULO XV: Verdad y falsedad de las criaturas (top)

21. Y miré las otras cosas y vi que te son deudoras, porque son; y que en ti están todas las finitas, aunque de diferente modo, no como en un lugar, sino por razón de sostenerlas todas tú, con la mano de la verdad, y que todas son verdaderas en cuanto son, y que la falsedad no es otra cosa que tener por ser lo que no es.
También vi que no sólo cada una de ellas dice conveniencia con sus lugares, sino también con sus tiempos, y que tú, que eres el solo eterno, no has comenzado a obrar después de infinitos espacios de tiempo, porque todos los espacios de tiempo —pasados y futuros— no podrían pasar ni venir sino obrando y permaneciendo tú.

CAPÍTULO XVI: Noción del pecado o perversidad de la voluntad (top)

22. Y conocí por experiencia que no es maravilla que al paladar enfermo sea tormento aun el pan, que es grato para el sano, y que a los ojos enfermos sea odiosa la luz, que a los puros es amable. También desagrada a los inicuos tu justicia mucho más que la víbora y el gusano, que tú criaste buenos y aptos para la parte inferior de tu creación, con la cual los mismos inicuos dicen aptitud, y tanto más cuanto más desemejantes son de ti, así como son más aptos para la superior cuanto te son más semejantes.
E indagué qué cosa era la iniquidad, y no hallé que fuera sustancia, sino la perversidad de una voluntad que se aparta de la suma sustancia, que eres tú, ¡oh Dios!, y se inclina a las cosas ínfimas, y arroja sus intimidades, y se hincha por de fuera.

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7. Las artes liberales

La instrucción cristiana: Libro II

CAPÍTULO XVIII: No debe despreciarse lo bueno que dijeron los autores profanos (top)

28. Pero sea cierto o no lo que contó Varrón, nosotros no debemos rehusar la música por la superstición que de ella tengan los profanos, siempre que podamos sacar alguna utilidad para entender las Santas Escrituras. Pues no porque tratemos de las cítaras y otros instrumentos que nos valen para conseguir el conocimiento de las cosas espirituales, nos mezclamos en las frívolas canciones teatrales de ellos. Tampoco debemos dejar de aprender a leer porque, según dicen, haya sido Mercurio el que inventó las letras. Asimismo no hemos de huir de la justicia ni de la virtud porque los gentiles les edificaron templos y prefirieron adorarlas en piedras antes que llevarlas en el corazón. Antes bien, el cristiano bueno y verdadero ha de entender que en cualquiera parte donde hallare la verdad, es cosa propia de su Señor; cuya verdad, una vez conocida y confesada, le hará repudiar las ficciones supersticiosas que hallare aun en los Libros sagrados. Duélase y apártese de los hombres que «conociendo a Dios no le glorificaron ni le dieron gracias como a tal, sino que se envanecieron en sus pensamientos y entenebrecieron su corazón; y diciendo dentro de sí mismos, somos sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible por un remedo de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de serpientes» (Rm 1,21ss).

CAPÍTULO XIX: Dos clases de ciencias que se hallan en los gentiles (top)

29. Para explicar mejor el pasaje anterior, que es de máxima importancia, diremos que existen dos géneros de ciencias que se cultivan también en las costumbres de los gentiles. Uno es el de aquellas cosas que han sido instituidas por los hombres. El otro es el de aquellas que notaron se hallaban ya instituidas o lo fueron por Dios. Lo que fue instituido por los hombres en parte es supersticioso y en parte no lo es.

CAPÍTULO XXVII: Algunas ciencias no instituidas por los hombres ayudan a la inteligencia de las Escrituras (top)

41. Aquellas otras cosas que los hombres conocieron y publicaron sin inventarlas ellos, sino que acaecieron en los tiempos pasados o fueron instituidas por Dios, donde quiera que se aprendan, no deben considerarse como instituciones de los hombres. De ellas, unas pertenecen a los sentidos corporales, otras al entendimiento. Las que se perciben por el sentido corporal, o las creemos por haber sido narradas, o las percibimos como demostradas, o las presentamos como experimentadas.

CAPÍTULO XXVIII: En cuánto ayuda la historia (top)

42. Todo cuanto nos refiere la que se llama historia sobre lo sucedido en los tiempos pasados, nos ayuda en gran manera para entender los Libros santos, aunque se aprenda fuera de la Iglesia, en la instrucción escolar de la puericia. Pues por las olimpíadas y nombres de los cónsules, no pocas veces averiguamos muchas cosas; así la ignorancia del consulado en que nació el Señor y en que murió, llevó a muchos al error, juzgando que el Señor padeció a los cuarenta y seis años de edad, por haber dicho los judíos que esos años tardaron en edificar el templo, el cual era imagen del cuerpo del Señor. Ahora bien, sabemos por la autoridad del Evangelio que se bautizó alrededor de los treinta años42; pero cuántos años vivió en el mundo después de este hecho, aunque pueda colegirse por el mismo texto de la relación de sus acciones, sin embargo, para que no aparezca niebla alguna que obscurezca la verdad, por la historia profana comparada con el Evangelio, se conoce más clara y ciertamente. Entonces se verá que no se dice en vano que el templo fue edificado en cuarenta y seis años, pues no pudiendo referirse este número a la edad de Jesucristo, se refiere a otra enseñanza más oculta del cuerpo humano, del que no se desdeñó vestirse por nosotros el Hijo Unigénito de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas.
43. Ya que hablo de la utilidad de la historia, dejando a un lado la de los griegos, ¡cuan grave cuestión resolvió nuestro Ambrosio a los calumniadores del Evangelio que leían y admiraban a Platón, los cuales se atrevieron a decir que todas las sentencias de nuestro Señor Jesucristo, que se veían obligados a propagar y admirar, las aprendió de los libros de Platón, dando por razón que no puede negarse que Platón existió mucho antes de la venida humana del Señor! ¿Acaso el mencionado obispo, considerada la historia profana y viendo que Platón fue en tiempo de Jeremías a Egipto, donde se hallaba por aquel entonces el profeta, no demostró que es mucho más probable que más bien Platón bebió en nuestra doctrina mediante Jeremías, de modo que así bien pudo enseñar y escribir las cosas que se alaban con razón en sus escritos? Anterior a los libros del pueblo hebreo, en quien resplandeció el culto de un solo Dios y de quien según la carne descendió nuestro Señor, no fue ni aun Pitágoras, de cuyos sucesores aseguran los gentiles que Platón aprendió la teología. Por tanto, examinados los tiempos, resulta mucho más creíble que Platón y Pitágoras más bien tomaron de nuestros libros todo lo bueno y verdadero que dijeron ellos, que no nuestro Señor Jesucristo de los de Platón, lo que sería una locura creerlo.
44. Aun cuando en la narración histórica se cuentan también las instituciones humanas pasadas, no por esto se ha de contar la misma historia entre las instituciones humanas, porque las cosas que ya pasaron y no pueden menos de haberse cumplido, deben colocarse en el orden de los tiempos, de los cuales Dios es el creador y administrador. Una cosa es la narración de las cosas sucedidas y otra enseñar las por hacer. La historia narra fiel y útilmente los hechos; los libros de los agoreros y todos los de tal jaez intentan enseñar, con la arrogancia de un instructor y no con la fidelidad de un testigo, las cosas que han de suceder o han de observarse.

CAPÍTULO XXIX: Cuánto contribuye a la inteligencia de las Escrituras el conocimiento de los animales, hierbas, etc. y, sobre todo, de los astros (top)

45. Hay también una narración semejante a una explicación en la que se enseña a los ignorantes no las cosas pasadas, sino las presentes. A este género pertenece todo lo que se escribió de la situación de los lugares, de la naturaleza de los animales, de los árboles, de las hierbas, de las piedras y demás cuerpos. De toda esta clase ya hemos tratado anteriormente, y enseñamos que el conocimiento de estas cosas ayudaba a resolver las dificultades de las Escrituras, no usándolas como signos para remedios o instrumentos de alguna superstición, pues ya hemos distinguido y separado aquel género supersticioso de este libre y lícito. Una cosa es decir «si bebes la infusión de esta hierba machacada no te dolerá el vientre», y otra distinta decir «si te cuelgas al cuello esta hierba no te dolerá el vientre». En el primer caso, se aprueba el zumo saludable de la hierba; en el segundo, se condena la significación supersticiosa. Es cierto que cuando no hay encantos, invocaciones y «caracteres», no pocas veces es dudoso si las cosas que se atan o de cualquiera manera se aplican al cuerpo para sanarle, obran o en virtud de su naturaleza, y en tal caso pueden aplicarse libremente, o proviene aquel efecto de alguna ligadura significativa, lo cual con tanto más cuidado ha de evitarlo el cristiano, cuanto más eficaz y provechoso aparece el remedio. Cuando se halla oculta la causa de la virtud, lo interesante es la intención con la que cada cual lo usa, pero sólo si se trata de la salud y del buen estado de los cuerpos, ya sea respecto a la medicina o a la agricultura.
46. Tampoco el conocimiento de los astros es una narración histórica, sino más bien una descripción; de ellos, pocos son los que menciona la Escritura. Así como es conocido por muchos el movimiento de la luna, el cual se aplica para celebrar solemnemente todos los años la Pasión del Señor, así también por muy pocos es conocido sin error alguno el nacimiento y el ocaso y las demás posiciones de los astros. Este conocimiento, aunque de suyo no tenga que ver con la superstición, sin embargo, en poco o casi en nada ayuda al esclarecimiento de las Divinas Escrituras; es más, en gran manera le impide, por la atención infructuosa que requiere; por esto y por la relación que tiene con el perniciosísimo error de los que predicen los fatuos hados, es más útil y decoroso despreciarlo. Tiene también esta creencia, aparte de la exposición de las cosas presentes, algo semejante a la narración de las cosas pasadas, porque en la posición y movimiento actual de los astros, puede llegarse sin vacilación al conocimiento de sus carreras pasadas. Tiene también el estudio exactas conjeturas de cosas venideras, no supersticiosas y de mal agüero, sino calculadas y ciertas, no para que intentemos aplicarlas al conocimiento de nuestros hechos y eventos, como hacen los genetlíacos en sus delirios, sino en cuanto pertenece al conocimiento de los mismos astros. Porque, así como el que hace cálculos sobre la luna al observar la luz que hoy tiene puede decir la magnitud que tuvo hace tantos años y la que tendrá muchos años después en igual día, igualmente suelen responder de cada uno de los astros los peritos en el cálculo de ellos. Por lo tanto, ya queda dicho lo que a mí me parece del estudio y del uso que puede hacerse de esta ciencia.

CAPÍTULO XXX: De la utilidad que suelen reportar las artes mecánicas (top)

47. Existe otra clase de artes que tiene por objeto la fabricación de alguna cosa, ya permanezca después del trabajo del artífice, como por ejemplo una casa, un banco, un vaso y otras muchas cosas semejantes, o ya presten algún ministerio a la operación de Dios, como la medicina, la agricultura y el gobierno; o, finalmente, terminen con la acción todo su efecto, como los bailes, las carreras y las luchas. En todas estas artes, la experiencia de lo pasado hace conjeturar también lo por venir, pues ningún artífice de ellas mueve los miembros cuando trabaja, si no enlaza la memoria de lo pasado con la esperanza de lo venidero. El conocimiento de estas artes se ha de tomar de paso y como a la ligera en la vida humana, no para ejercerlas, a no ser que algún deber nos obligue a ello, de lo cual no tratamos al presente, sino para poder juzgar y no ignorar por completo lo que la Escritura pretende insinuar, cuando inserta expresiones figuradas tomadas de estas artes.

CAPÍTULO XXXI: Utilidad de la dialéctica. Y qué debemos decir del sofisma (top)

48. Resta que hablemos de aquellas artes y ciencias que no pertenecen a los sentidos del cuerpo, sino a la razón o potencia intelectiva del alma, entre las cuales se llevan la palma la dialéctica y la aritmética. La dialéctica es de muchísimo valor para penetrar y resolver todo género de dificultades que se presentan en los Libros santos. Sólo que en ella se ha de evitar el prurito de disputa y cierta pueril ostentación de engañar al adversario. Hay muchos llamados sofismas que son falsas conclusiones de un raciocinio, y la mayor parte de las veces, de tal modo imitan a las verdaderas, que no sólo engañan a los lerdos, sino también a los de agudo ingenio, a no ser que estén atentos. Cierto hombre propuso esta cuestión a otro que hablaba con él: «Lo que yo soy, tú no lo eres», el otro convino; en parte era verdad, aunque no fuese más que por ser éste astuto y el otro sencillo. Entonces éste añadió: «Luego yo soy hombre»; habiendo concedido el otro, concluyó el primero: «Luego tú no eres hombre». Este género de conclusiones capciosas lo detesta la Escritura, según creo, en aquel pasaje donde dijo: El que habla sofísticamente es aborrecible43. También suele llamarse sofístico el discurso no capcioso, pero que emplea adornos de palabras con más abundancia de la que conviene a la gravedad.
49. Hay también conclusiones legítimamente deducidas de un raciocinio, que son en sí falsas; pero que se siguen del error de aquel con quien se disputa, las cuales deduce el hombre prudente y docto, para que, avergonzado con ellas aquel de cuyo error se siguieron, abandone el error que sostenía, porque si quisiera permanecer aún en él, tendría por fuerza que admitir aquellas conclusiones que condena. Así el Apóstol no deducía conclusiones verdaderas, cuando decía «ni Cristo resucitó», y al decir «vana es nuestra predicación, vana es vuestra fe» (1Cor 15,14), y todas las cosas que allí se siguen, las cuales son falsas; porque Cristo resucitó, y tampoco la predicación de los que anunciaban tales cosas era inútil, ni vana la fe de los que las creían. Sin embargo, estas conclusiones verdaderamente falsas se deducían de la relación que tenían con la sentencia de los que afirmaban que no existía la resurrección de los muertos; pero rechazadas estas falsas proposiciones, las que serían verdaderas de no darse la resurrección de los muertos, la consecuencia es que se da la resurrección de los muertos. Luego como exista conexión lógica, no sólo entre las verdaderas conclusiones, sino también entre las falsas, es fácil aprender, aun en las escuelas que no tienen que ver con la Iglesia, la verdad y la lógica de la conexión. Pero la verdad de las sentencias se ha de buscar en los Libros santos y eclesiásticos.

CAPÍTULO XXXVII: Utilidad de la retórica y dialéctica (top)

55. Cuando se aprende la retórica, más bien la debemos emplear para exponer lo que hemos entendido, que para entender lo que ignoramos. Mas aprendidas la lógica y dialéctica que enseñan las reglas de las consecuencias, definiciones y distribuciones, ayudan mucho a quien intenta aprender, con tal que se aparte del error, de los que piensan que, habiendo aprendido estas artes, están ya en posesión de la misma verdad que conduce a la vida eterna. Bien que sucede muchas veces que los hombres consiguen más fácilmente las mismas cosas para cuya consecución se aprenden tales artes, que las complicadas y fastidiosas reglas de tales disciplinas. Como si alguno queriendo dar reglas para andar, avisara que no se debe levantar el pie que queda atrás, a no ser que estuviese ya asentado el de adelante, y después describe minuciosamente de qué modo conviene mover las articulaciones de los pies y las corvas de las rodillas. Sin duda dice verdad, porque no se puede andar de otro modo, pero es más fácil que anden los hombres haciendo esto, que se den cuenta al hacerlo o lo entiendan al oírlo. Los que no pueden andar se preocupan mucho menos de estas cosas que no pueden conocer con la experiencia. Así también, muchas veces ve más pronto el ingenioso que una conclusión no es valedera, que capta las leyes de la consecuencia. El rudo no ve la falsedad de la conclusión, pero mucho menos los preceptos sobre ella. En todas estas reglas, más es muchas veces lo que nos deleita el panorama de la verdad, que lo que nos ayudan ellas al juzgar y disputar; a no ser que cuente a su favor el que con ellas se ejercitan los ingenios si es que no se hacen más malignos y soberbios, es decir, que tiendan a engañar con preguntas y cuestiones aparentes; o que piensen están en posesión de una gran cosa por tener conocimiento de estas reglas, y por ello se antepongan a los hombres buenos e inocentes.

CAPÍTULO XXXVIII: La ciencia de los números, o aritmética, no es institución humana, sino hallada por los hombres en la misma naturaleza de las cosas (top)

56. La ciencia de los números, a cualquier lerdo se le ocurre que no ha sido instituida, sino más bien indagada y descubierta por los hombres. Pues no acontece como con la primera sílaba de la palabra «Italiae», a la que pronunciaron los antiguos breve, y por el querer de Virgilio se hizo larga. Pero ¿quién podrá hacer, aunque se le antoje, que tres veces tres no sean nueve, o que no pueda constituir el nueve el cuadrado de tres, ni el triple con relación al mismo tres, o uno y medio referente al seis ni el doble de ninguno porque los números impares no tienen mitad exacta? Por lo tanto, ya se consideren en sí mismos, ya se apliquen a las leyes de la geometría o de la música, o de otros movimientos, siempre tienen reglas inmudables que no han sido en modo alguno instituidas por los hombres, sino sólo descubiertas por la sagacidad de los hombres ingeniosos.
57. Cualquiera que ame todas estas cosas de tal suerte que pretenda darse tono entre los ignorantes, y no busque más bien de dónde procede el que sean verdaderas las que él averigua que son tales y de dónde tienen otras el ser no sólo verdaderas, sino también inmudables, como él ha comprendido que lo son; y así, subiendo desde la figura de los cuerpos llegase a la mente humana, y encontrándola mudable, pues unas veces es docta y otras indocta, constituida, sin embargo, entre la inmudable verdad superior a ella y las demás mudables inferiores, y no dirigiera todas estas cosas al amor y alabanza del mismo Dios de quien conoce que proceden todas, este hombre podrá aparecer docto, pero en modo alguno es sabio.

CAPÍTULO XL: Debemos aprovechar lo bueno que se dijo por los autores paganos (top)

60. Si tal vez los que se llaman filósofos dijeron algunas verdades conformes a nuestra fe, y en especial los platónicos, no sólo no hemos de temerlas, sino reclamarlas de ellos como injustos poseedores y aplicarlas a nuestro uso. Porque así como los egipcios no sólo tenían ídolos y cargas pesadísimas de las cuales huía y detestaba el pueblo de Israel, sino también vasos y alhajas de oro y plata y vestidos, que el pueblo escogido, al salir de Egipto, se llevó consigo ocultamente para hacer de ello mejor uso, no por propia autoridad sino por mandato de Dios, que hizo prestaran los egipcios, sin saberlo, los objetos de que usaban mal; así también todas las ciencias de los gentiles, no sólo contienen fábulas fingidas y supersticiosas y pesadísimas cargas de ejercicios inútiles que cada uno de nosotros, saliendo de la sociedad de los gentiles y llevando a la cabeza a Jesucristo ha de aborrecer y detestar, sino también contienen las ciencias liberales, muy aptas para el uso de la verdad, ciertos preceptos morales utilísimos y hasta se hallan entre ellas algunas verdades tocantes al culto del mismo único Dios. Todo esto es como el oro y plata de ellos y que no lo instituyeron ellos mismos, sino que lo extrajeron de ciertas como minas de la divina Providencia, que se halla infundida en todas partes, de cuya riqueza perversa e injuriosamente abusaron contra Dios para dar culto a los demonios; cuando el cristiano se aparta de todo corazón de la infeliz sociedad de los gentiles, debe arrebatarles estos bienes para el uso justo de la predicación del Evangelio. También es lícito coger y retener para convertir en usos cristianos el vestido de ellos, es decir, sus instituciones puramente humanas, pero provechosas a la sociedad, del que no podemos carecer en la presente vida.
61. ¿Pues qué otra cosa ejecutaron muchos y buenos fieles nuestros? ¿No vemos con cuánto oro, plata y vestidos salió cargado de Egipto el dulcísimo doctor y mártir beatísimo Cipriano? ¿Con cuánto Lactancio, Victorino, Optato e Hilario, sin citar a los que viven? ¿Con cuánto salieron innumerables griegos? Esto lo ejecutó el primero el siervo fidelísimo de Dios, Moisés, de quien se escribió que se hallaba instruido en toda la sabiduría de los egipcios (Hch 7,22). Jamás hubiera prestado la inveterada superstición de los gentiles a todos aquellos varones, y sobre todo en aquellos tiempos en que, rechazando el yugo de Cristo perseguía a los cristianos, las ciencias útiles que poseía, si hubiera sospechado que habían de ser empleadas en el culto del único Dios, con el que se destruiría el culto vano de los ídolos. Sin embargo, dieron su oro, plata y vestido al pueblo de Dios que salía de Egipto, ignorando de qué modo todo aquello que daban lo cedían en obsequio de Cristo. Sin duda aquello que tuvo lugar en Egipto y narró el Éxodo, fue una figura presignificativa de esto. He dicho esto sin perjuicio de otra igual o mejor inteligencia.

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