1. Así, pues, el Padre es mayor que el Hijo. Y ciertamente es mayor porque le da el ser todo lo que él mismo es: le concede ser la imagen de sí mismo, que no puede nacer, por el misterio de su nacimiento; le engendra de sí mismo para que reproduzca su forma; lo renueva otra vez de la forma de siervo a la forma de Dios; y habiendo nacido en su gloria Cristo según el Espíritu, concede de nuevo a Jesucristo estar en su gloria como Dios según la carne después de haber muerto. (De Trinitate IX 54).
2. [...] ¿Podemos ignorar la enseñanza del apóstol, que dice: 'Ciertamente, en la confesión de todos es grande el misterio de la piedad que se ha manifestado en la carne, ha sido justificado en el Espíritu, visto por los ángeles, predicado a los gentiles, creído en este mundo, recibido en gloria'?
No hay en ello necesidad, sino misericordia; no es debilidad, sino misterio de la gran piedad; y ya no es un misterio oculto en el secreto, sino manifiesto en la carne, y ya no es débil a causa de la carne, sino justificado en el Espíritu. [...] Al haber piedad hay misterio; al haber misterio se da el conocimiento de la carne; al haber conocimiento en la carne hay justificación en el Espíritu.
Pues una vez que ha sido visto, viene la predicación; después de la predicación, la fe, y todo lo perfecciona la asunción en la gloria, porque la asunción en la gloria es el misterio de la gran misericordia, y por esta fe en la economía de la salvación nos preparamos a ser acogidos en la gloria del Señor. (De Trinitate XI 9).
1. Jn 20,17
3. La economía de este gran misterio de piedad hizo que el que era Padre en virtud del nacimiento divino, fuera también Dios respecto a la condición humana que el Hijo asumió, pues el que estaba en la forma de Dios fue hallado en la forma de siervo. No era siervo, pues era, según el Espíritu, Dios Hijo. [...] Dios, ciertamente, es Padre por el nacimiento eterno del Dios unigénito; pero por lo que se refiere a la condición de siervo de este último, no podemos pensar que tenga un Señor más que en cuanto siervo. (De Trinitate XI 13).
4. Así, pues, cuando existía en la forma de siervo el que antes estaba en la forma de Dios, el hombre Jesucristo, dijo: 'Subo a mi Padre y vuestro Padre, y a mi Dios y vuestro Dios'. Si el siervo ha dicho esto a los siervos, ¿cómo esta expresión no será la de un siervo? [...] Por esto, el Padre es Padre para él, como lo es para los hombres, y Dios es Dios para él, como lo es para los siervos. (De Trinitate XI 14).
2. 1Cor 15,24-28
2.1. Traditio Regni
5. Cristo entregará, por lo tanto, el reino al Padre no de modo que al entregarlo pierda su poder, sino que nosotros, hechos semejantes a la gloria de su cuerpo, seremos el reino de Dios, pues no dice: Entregará su reino, sino: Entregará el reino, es decir, nos entregará a nosotros, convertidos en reino de Dios por la glorificación de su cuerpo. Y también a nosotros nos llevará al reino, según lo que se ha dicho en los evangelios: 'Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo'. (De Trinitate XI 39).
2.2. Subjectio
6. Por lo mismo, el Dios unigénito se humilla y obedece al Padre hasta morir en la cruz. ¿Cómo se ha de entender que se ha de someter al Padre cuando todo se haya sometido a él? Sólo se puede comprender porque esta sumisión no significa una nueva obediencia, sino el misterio de la economía de salvación, porque la obediencia ya existe y la sumisión se ha de producir en el tiempo. (De Trinitate XI 30).
7. La palabra del apóstol habla de las cosas futuras como ya hechas, como corresponde a la potencia de Dios, pues lo que se ha de llevar a cabo en la plenitud de los tiempos tiene ya consistencia en Cristo, en el que está toda la plenitud; y todo lo que ha de suceder es, más que una novedad, el desarrollo del plan de salvación. (De Trinitate XI 31).
8. No es ningún misterio oculto que todas las potencias contrarias han de ser aniquiladas [...] La eliminación no es lo mismo que la sumisión, pues aniquilar el poder adverso es quitarle el derecho al poder para que no pueda subsistir y abolir el dominio de su reino mediante la eliminación de su poder. [...] Pero la sumisión que es propia de la obediencia y de la fe es la demostración de una aceptación libre o de un cambio. (De Trinitate XI 32).
9. Existe también otra sumisión, que consiste en el paso de una naturaleza a otra cuando algo, dejando de ser lo que es se somete a aquello cuyo modo de existir pasa. Pero no deja de ser lo que era para no existir más, sino para convertirse en algo más elevado; nuestro cuerpo se somete con el cambio para pasar a la condición de esta otra naturaleza que recibe. (De Trinitate XI 35).
10. Que Dios lo sea todo en todas las cosas significa la elevación de nuestra humanidad asumida. Aquel que, existiendo en la forma de Dios, fue hallado en la forma de siervo, de nuevo ha de ser confesado en la gloria de Dios Padre. [...] Se trata sólo de un designio de salvación, no de un cambio; continúa existiendo en la naturaleza en que existía.
Pues aquella sumisión del cuerpo por medio de la cual lo que él tiene de carnal es absorbido en la naturaleza espiritual, determina que sea Dios todo en todas las cosas aquel que, además de Dios, es también hombre; es nuestra humanidad la que llega a alcanzar este estadio. Y también nosotros progresamos hasta hacernos conformes con la gloria del que es hombre como nosotros. [...] Una vez hecho conforme con la gloria del cuerpo de Dios, se eleva hasta hacerse imagen del Creador según el modelo establecido para el primer hombre. (De Trinitate XI 49).